Poesía

Tres poemas de Francisco Garamona

Poesía argentina contemporánea

Tomados de Para siempre (Iván Rosado).

Compartimos tres piezas de Para siempre (Iván Rosado), último libro del rosarino Francisco Garamona, poeta, librero, músico y editor en Mansalva, quien empezó a escribir a los quince años. "Ya era un fanático de la lectura", nos contó cuando lo entrevistamos hace unos años en su librería, La Internacional Argentina.


De Garamona también son libros como Voy a decirte algo en secreto, Un tesoro local, Odio la poesía objetivista, Hola (con Vivi Tellas), o los discos Las armas dulces y Los sentimientos.


 


 



 


La vieja lengua


Suena la vieja lengua,


la lengua de esos muchachos y muchachas


ahora que ya no puedo oírla más.


Suena la vieja lengua,


aquella de los chistes tontos y las frases,


la misma que contenía los rudimentos


de nuestro intenso aprendizaje.


Era el tiempo de las lilas,


de las violetas muriendo en nuestras manos...


Cuando todavía nos sentíamos juntos,


capaces de enfrentar cualquier destino.


Las lentas campanadas repartían la tarde,


y el atardecer prometía las premuras de la noche.


¿Qué pasó que ahora ya no puedo oírla más?


Era dulce y áspera. Era muy dulce, ¿pero qué decía?


 


 


 


Mi parte misteriosa


Mi padre volvía a casa por la noche.


Yo le decía: ¿Papá, sos vos?


Él estaba cansado, había viajado mucho.


Tenía la cabeza blanca como la de un fantasma.


Su cuerpo flotaba a unos centímetros del suelo,


y sus pies no se oían porque no caminaba,


pero sí se sentía cómo su ropa iba rozando los muebles.


Buscaba en el fondo de la casa unos cuadernos


con su letra manuscrita.


Unos cuadernos que yo había cubierto con dibujos.


Revolvía cajas llenas de cosas viejas.


Yo le gritaba: Papá, por favor, dejanos dormir.


En la cama unos junto a otros estábamos sus hijos.


Éramos tres o cuatro esqueletos blancos y brillantes, de niños.


Afuera hacía frío y el viento aullaba


una canción muy triste.


 


 


 


Recíproco


Una vez tuve una lapicera de la suerte, 


la agarraba y ella se movía 


en mi mano trazando


cantidad de frases sobre el papel.


La había encontrado tirada


en el cordón de una vereda


cuando volvía a mi casa. 


Estaba ahí como esperándome. 


La levanté del suelo 


y la sostuve con mis manos. 


Recién veía en una película 


a un hombre que encontraba


una lapicera en la nieve


y me acordé de la mía.


Cuando después de un tiempo la perdí


pensé que no iba


a poder escribir más. 


Yo tenía 17 años.

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