Poesía

Paula Peyseré: “Un poema necesita tiempo”

Valeria Tentoni

La poeta, autora de libros como Las afueras (Siesta) y Los ejemplos (Caleta Olivia), es también docente en talleres literarios. Con ella continuamos nuestra nueva serie de entrevistas: Depósito de poetas.


Por Valeria Tentoni.


Nacida en Buenos Aires en 1981, Paula Peyseré publicó los libros ¡España, qué hermosa eres! (Guacha Editora, 2005), Las afueras (Siesta, 2007), Telepatía (Determinado Rumor, 2012), Predicciones (Ediciones Presentes, 2012), Todo el tiempo de cero (Club Hem, 2015) y Los ejemplos (Caleta Olivia, 2019), así como los fanzines La puerta y Los muebles (2023). Formada en el taller literario de Margarita Roncarolo, Peyseré, a su vez, coordina desde hace años talleres de poesía donde acompaña procesos de escritura ajenos.

La entrevistamos para la segunda entrega de Depósito de poetas, un nuevo ciclo de entrevistas grabadas en la librería que tuvo como primera invitada a Laura Wittner y pronto, esperamos, se convertirá en podcast. Estos son los destacados de ese intercambio:


¿Cuándo considerás que un poema está terminado?

Para mí, para que un poema esté terminado tiene que pasar tiempo. Un poema necesita tiempo. Capaz no cambie mucho en ese transcurso, pero lo necesito. Ahora leo algo de Los ejemplos y le sigo cambiando cosas cuando lo leo en voz alta. No porque crea que es mejor, sino porque siento que puedo seguir probando cosas todavía. Y lo que me viene pasando últimamente es que si no le encuentro un grupo de pertenencia a un poema, me resulta totalmente inconcluso. Tengo varios poemas medio largos que están fuera de serie -o sea, están solos, huérfanos-, y esos para mí son poemas que no terminan de tener forma. No son parte de algo más grande, en términos espirituales. No por otra cosa. No por la idea de libro, sino por la idea de formar parte de una especie de mundo, un pequeño mundo.

¿Y a tus poemas viejos volvés, por ejemplo? Publicaste el primero en 2003, una plaqueta, La racha.

La racha es mucho más viejo, creo que del 99, 2000, no sé. Empezamos con una editorial chiquita que se llamaba Guacha Editora, de fanzines. Primero fue La racha, o Llorona fue el primero. Después ¡España, qué hermosa eres!, que era una prosa poética. Esos fueron tres fanzines, y después libritos.

Guacha Editora fue un proyecto con compañeros del taller de Margarita Rocanrolo. ¿Cómo fue empezar como autopublicándote con amigos?

Fue re natural. Yo, de hecho, aliento un montón a la gente a autopublicarse, sobre todo cuando “empieza”, porque es importante aprovechar esas ganas primeras. Quiero decir algo, y lo digo con mis amigues. No hay que esperar una autorización externa. Después, con el tiempo, todo cambia, como cualquier cosa. Pero hace dos, tres años también me volví a autopublicar, hice un fanzine, porque tenía ganas de sacar algo muy urgente. A mí me gusta hacer los libritos. Es placentero. La editorial que teníamos se llamaba Guacha, y tenía el símbolo de una fábrica. Era de una tipografía que había en Word, de símbolos; hace 25 años no había tantas imágenes. Fotocopiábamos, todo diseñado muy a lo fanzine punky, la maqueta era armada con plasticola.

¿Y te acordás de cuando publicaste por primera vez en formato libro? ¿Cambió algo?

Me acuerdo de publicar en libro, tapa dura. Sí, creo que cambió algo. Algo de mi sensación al escribir. Tardé mucho, lo corregí, lo cambié un montón de veces. Aparte era en ese momento, para mí, era un libro gordito y largo. Entonces le dediqué mucho tiempo a ese libro, para la experiencia que yo tenía hasta ese momento. Después igual lo editó Santiago Llach, Malena Rey también. Ellos hicieron la maqueta. Fue emocionante porque hicimos una presentación con kamishibai. Fue un libro que ocupó espacio, que implicó a varias amigas.

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¿Y te acordás qué idea de poesía tenías en ese momento?

A la poesía siempre la relacioné con algo muy musical. Desde que soy chica, antes de hacer libritos, siempre me gustó cantar, inventar letras. Tengo muchas poesías o cuentitos inventados que hacía en la primaria. Y siempre fue un impulso musical. Creo que Las afueras fue para mí la primera sensación de mirar lo que estaba escribiendo desde afuera y pensar en qué estoy contando. Aparte de que suena lo que estoy cantando, preguntarme por qué estoy contando. Tomar una decisión ahí. Y la idea de escribir se volvió un poco más conceptual para mí, ya no tan musical. Igual siento que hasta el día de hoy para mí es algo muy natural. Mi forma de escribir es como si estuviera haciendo un trotecito. Como lectora también me gusta mucho pensar otras cosas. Lo formal, sobre todo. Entonces, cuando me leo a mí misma, también pienso: ¿qué forma tiene esto que estoy haciendo? Reescribo mucho, no diría corrijo sino que reescribo mucho. A veces se me va la mano.

¿Te acordás por qué empezaste a escribir poesía o de dónde lo sacaste?

Siempre me gustó escribir. No gané ningún premio ni tengo ningún recuerdo específico, pero sí, siempre escribí, siempre inventé cosas. Encontré algunos cuentitos de segundo, tercer grado, y hay cosas muy divertidas ahí. Siempre me divertí escribiendo.

¿Y ahora? ¿Cómo es escribir ahora?

Y ahora me tengo que concentrar un montón. Me parece un signo de la época, también, ahora hay que concentrarse más para todo, o por lo menos eso pareciera. Tengo que hacer un esfuerzo para sentarme a hacer algo. Y con la escritura es algo parecido. Esa idea de que tenés ganas de escribir algo, te raptan las ganas y vas y lo escribís, en realidad no pasa mucho. A la vez, siento que tengo que escribir. Siempre está la idea de que cuando tenga tiempo me voy a sentar a escribir, o tenés una imagen y decís bueno, esto ya lo voy a escribir.

¿Cómo es en tu caso la llegada del poema? ¿Se te ocurre un verso, ves algo o te sentás a escribir?

En general, entro en una especie de grupo de poemas. Cada vez que escribo, vuelvo a ese grupo o serie. Ahora tengo muchas a la vez. Elijo una y cada vez que me siento voy y retomo. A ver qué dije, y lo vuelvo a decir. Siempre trabajo en series, excepto algunos poemas que sí me llegan sueltos. Son pocos, como “Les guardianes del oído”, un poema que leí un montón en el último tiempo. Y después otro que siempre vuelve a dar vueltas, que grabamos con gamelanes, unos instrumentos de la India. Es un poema que se llama “Truenos, rayos, hongos”. Ya habíamos hecho una versión con Paula Trama hace como diez años. Es un poema que retomo cada tanto y lo uso para otras cosas, pero está solo en el mundo, entonces yo siento que no termina de existir, medio como una canción.

¿Cómo enseñás a escribir poesía en tus talleres? Eras alumna de Margarita, y ahora sos maestra.

No sé si soy maestra, yo me considero más como alguien que acompaña a leer y escribir. Marga lo que más nos enseñaba era a pensar. ¿Qué dije? ¿Qué quiero decir con esto? No para cerrarlo, sino para poder decir bueno, a ver, esto está abierto, ¿puedo sacar algo de acá? Entonces ahí releíamos y de alguna forma volvíamos al poema tratando de considerar aquello. De pensar bueno, a ver, voy de vuelta, lo puedo decir un poquito mejor. Era una especie de enseñanza sobre la corrección o la reescritura, una transmisión del poder preguntar, de saber preguntar. Y yo siempre creo que trato de insistir con esto: si una le pregunta al poema qué dije y cree tener la respuesta exacta y no hay ningún verso suelto, ningún verso caído, no sirve de mucho el poema. Tiene que haber algo que vos no sepas qué es, no sé si en el poema o en el grupo de poemas. Tiene que haber algo que vos no entiendas, que de alguna forma te supere, te exceda en sentido. Cuando leés un poema que está todo cerrado, perfecto, se entiende, se pone explicativo, lleno de lugares comunes, no me gusta. Aunque puede haber igual un poema llenísimo de lugares comunes y que eso sea, precisamente, lo que funciona.

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