Poesía

Corazón tan rojo

Una lectura de Mi descubrimiento de América, las magníficas crónicas de viaje de Vladímir Maiakovski, publicadas por Entropía.

Por Valeria Tentoni.


“Como se dice/ el incidente está zanjado,/ la barca del amor/ se estrelló contra la vida cotidiana./ Estoy en paz con la vida. Inútil, recordar/ dolores/ desgracias/ y ofensas mutuas. (Maiakovski, 1930, fragmento final antes de despedirse de este mundo)”: esa leyenda acompañaba la cita en el muro de Mario Ortíz, hace unos días. En nada se parece el ánimo del futurista ruso entonces al que ostenta apenas un lustro antes en Mi descubrimiento de América, las crónicas que acaba de editar Entropía con traducción de Olga Korobenko. Allí, Maiakovski narra sus viajes a Cuba, México y Estados Unidos, entre 1925 y 1926, que continuaban un periplo que lo había llevado por reuniones y cónclaves desde principios de la década por lugares como Berlín y París.


Durante esos años de viajes, el poeta de la revolución soviética se dedicó también a generar piezas de propaganda. Al igual que Fogwill y Shua (quien sugiere que la escritura de poesía y la de textos publicitarios está muy emparentada), trabajó redactando slóganes y consignas junto al diseñador gráfico, pintor y fotógrafo Ródchenko. La agencia que tuvieron se llamó Mayakovski-Ródchenko Advertising-Constructor.


La gracia con que observa, recorta y traslada a la hoja lo que ve en su recorrido intercontinental, la velocidad que levantan sus párrafos y una alegre y curiosa vehemencia se explican desde la necesidad: “Para mí, el contacto con todo aquello que respira vida casi sustituye la lectura de libros”, dice en el arranque, subido al vapor Espagne, donde viaja con gente de todo el mundo que va en busca de trabajo. Arriba a La Habana, luego a la ciudad de México, donde lo pasea Diego Rivera y se enamora de la amabilidad de los locales al punto de prometerse un regreso que nunca cumplirá.


Su afilado radar encuentra el punctum en todas las fotos que le pasan por delante a velocidad supersónica. Como Gabriel García Márquez en De viaje por los países socialistas, los suyos son traslados exploratorios en los que la información aparece condimentada por detalles significativos, pinceladas caprichosas que vuelven al libro seductor. Así, mientras nos enteramos de por qué les decían “gringos” a los gringos, cómo se alimenta cada clase en las ciudades o cómo duermen los inmigrants en los barcos, aparecen secciones como:



Un conductor en México no es responsable por las lesiones ocasionadas (¡haber ido con más cautela!); por eso el término de vida sin lesiones es de diez años. Una vez en diez años todo el mundo tiene accidentes. Claro, hay gente que aguanta veinte años sin ser atropellada, pero lo hace a costa de los que sufren accidentes cada cinco años.



El automóvil será uno de los portentos que más atención suya se llevará. También en su azorado arribo a Nueva York, luego a Detroit y Chicago, en fin, a América –término apropiado por Estados Unidos, una apropiación sobre la que reflexionará, así como sobre el lugar del dinero en ese país–. La visión de esa epilepsia de consumo y los destellos del ámbar en combustión constante impresionarían al poeta y dramaturgo. Así describirá, por caso, su visita a la fábrica de autos Ford, donde encuentra a los empleados bajo las luces que todavía no eran fluorescentes, volviéndose poco a poco impotentes, zumbando bajo los disparos de la electricidad –una magia que había conocido por primera vez, en un paseo con su padre en Bardad, pueblo que llevó luego su nombre. Fue mientras lo acompañaba en una de sus rondas a caballo como guardia forestal que se encontró con lo que describió como un “brillo más claro que el cielo”, según detalla Federico Gorbea en el prólogo a la antología de Ediciones 29. “¡Escuchen!/ Las estrellas están iluminadas,/ ¿quiere decir esto/ que le son necesarias a alguien/ que alguien desea su existencia,/ que alguien está echando/ margaritas a los puercos?”, aparece en el primer poema de ese tomo.


Maiakovski afirma en este breve y poderoso encuentro de sus crónicas, “el derecho y la necesidad que tiene el poeta de reorganizar y reciclar el material visible, en vez de pulir lo que es evidente a simple vista”.

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