Bartleby, el inmortal
Miércoles 19 de febrero de 2014
Una lectura de Preferiría no hacerlo, que incluye "Bartleby el escribiente" de Herman Melville seguido de tres ensayos sobre Bartleby de Gilles Deleuze, Giorgio Agamben y José Luis Pardo.
Por Edgardo Scott.
¿Cuántos relatos hoy, después de más de ciento cincuenta años, reciben el interés de Bartleby, el escribiente? Publicado en 1856 (de paso, año en que nació Freud, es decir: parte de la modernidad) el cuento de Melville, como bien detectó Borges, prefigura lo kafkiano y define el relato psicológico. La editorial española Pre-textos lo ha puesto nuevamente en circulación, pero en una bellísima edición que incluye además del relato tres ensayos sobre ese texto; los ensayos de Gilles Deleuze, Giorgio Agamben y José Luis Pardo.
¿Por qué Bartleby? ¿Por qué ese cuento largo y sencillo que por momentos parece rozar la fábula se ha vuelto un ícono de estos tiempos? Sin dudas, en un primer nivel está su aparente facilidad, su estructura de chiste: se trata de un personaje que ante varios pedidos de su jefe sólo sabe responder “preferiría no hacerlo”. Pero más allá de esa repetición, de ese argumento entre cómico y absurdo, lo que ha merecido la atención e interpretación de tantos escritores y autores (recordemos la gran novela de Vila-Matas, Bartleby y compañía; y recordemos sobre todo esa maravilla que es Peripecias del no, de Luis Chitarroni) reside en que esa respuesta, “preferiría no hacerlo”, que Deleuze rápida y acertadamente indica como fórmula, encierra sentidos diversos, todos decisivos.
En el primer ensayo del libro, “Bartleby o La fórmula”, Deleuze subraya que esa fórmula posee una función-límite. Agramatical, dice. “Erige una zona de indiscernibilidad, de indeterminación, innecesariamente creciente, entre las actividades preferidas y las no preferibles”. Deleuze se vale de Bartleby para arremeter contra la sociedad –y el estado– patriarcal capitalista o socialista y acaba por nombrarlo “nuevo Cristo y hermano de todos nosotros”. Es cierto: toda una tradición literaria de oficinistas, de hombres grises que sin embargo alojan un Zaratustra, también podría comenzar con Bartleby. Pero en la lectura de Deleuze hay algo demasiado ejemplar, demasiado, podría decirse (y paradójicamente) oficial en su lectura de Bartleby. Lee, mira a Bartleby con optimismo e indulgencia, con buenos ojos. Si en un punto de fuga Bartleby se ha convertido en una cita snob, en un personaje más de Woody Allen, Deleuze opta por festejar el chiste sin gracia.
El ensayo de Agamben en cambio (“Bartleby o De la contingencia”) es menos superficial; de entrada lo anuncia: “hay también una constelación filosófica para Bartleby”. A partir de la fórmula, “preferiría no hacerlo”, Agamben rastrea e indaga la potencia que dicha fórmula representa. Una potencia de no aristotélica, ya que “toda potencia de ser o de hacer algo es siempre, al mismo tiempo, potencia de no ser o de no hacer”. Agamben hace de Bartleby, siguiendo a Diógenes, un escéptico: “un ser capaz, desde una potencia pura, de soportar el “no más que” entre el ser y la nada, demorarse hasta el final en la impotente posibilidad que sobrepasa a uno y a otra, esta es la prueba de Bartleby”.
Por último, el ensayo de José Luis Pardo, “Bartleby o De la humanidad” desarrolla toda una genealogía del “copista” y para eso establece una historia de la literatura que en verdad sólo puede nutrirse de textos antiguos en tanto prevalezca el concepto de escritura. Pardo explica la vigencia de Bartleby por su condición marginal, poco novelesca.
Todos los ensayos tienen un rigor y una erudición extraordinaria. Sin embargo, tal vez convenga releer el Bartleby. Y en esa relectura poner el acento en el narrador, en el abogado, dueño del estudio. ¿O acaso no es Charles el gran personaje de Madame Bovary? El escribiente Bartleby es un fantasma; parece un sueño, una alucinación, un síntoma del abogado. Bartleby, en su pacífica resistencia, en su sorprendente y reiterada deserción, manifiesta toda la libertad que el abogado (sensato, aplomado, o como él mismo se define al comienzo del relato “un hombre de cierta edad”) no tiene. Y acaso preferiría tener. El escribiente, en cambio, conserva el poder de elección intacto. Es una elección. Y no es que Bartleby no responda nunca; Bartleby no es un autómata, ni un compadrito ni un bobo; simplemente no accede, no responde –tomando un aforismo lacaniano– a la demanda. Bartleby parece tener una sensibilidad especial para las órdenes o mandados del dueño del estudio que no tienen un valor propio, que no responden a una lógica de los actos y las cosas; cuando Bartleby sospecha ese cariz, se ata a su mástil, se aferra a su fórmula; Bartleby parece comprender cuando el abogado no quiere algo sino simplemente quiere pedir. Por eso es lúcido que Agamben sitúe el campo de la contingencia.
Retomando el inicio. Si Bartleby se ha difundido como chiste, tal vez es porque de ese modo oculta su carácter trágico. Se trata de una tragedia post-moderna, una tragedia absurda. Pero tragedia al fin. ¿O los que viven citando el “preferiría no hacerlo” han olvidado el final de Bartleby? Si seguimos hablando, leyendo y discutiendo el Bartleby de Melville es porque hay algo demasiado humano en ese hombre que lleva el contenido, la enunciación del “preferiría no hacerlo” hasta las últimas consecuencias. Pálido, austero, casi calladamente, Bartleby es un pariente de Antígona.