Columnas

A la deriva

Alejandra López

Martín Kohan lee la última novela de Damián Tabarovsky, Línea de flotación (Mardulce).


Por Martín Kohan.


Es difícil pensar en un grado de compenetración mayor, en una forma de ensimismamiento más honda, que los de un nadador mientras nada. Apenas se tira y empieza a nadar, el mundo externo en general se desvanece, suplido por otro en el que existen solamente el agua y él (Agua, de Verónica Chen, o algunas escenas de La niña santa de Lucrecia Martel, plasman muy bien esta situación, en lo visual y en lo sonoro). Si presta atención a otros, los de los andariveles contiguos, porque compite, no es porque se anule el efecto de mundo aparte, de mundo suyo, sino porque hay vecinos que también lo habitan; si trasladara ese empeño de constancia y de brazadas al mundo real que hay afuera, el resultado sería distópico (como lo es “El nadador” de John Cheever). En los casos de esos nadadores que emprenden hazañas unipersonales (no compiten contra otros, sino contra su propio cansancio o su propia desazón), como el cruce a nado del Canal de la Mancha por ejemplo, se acentúan hasta lo absoluto la compenetración y el ensimismamiento: desafío de línea recta, de nadar de punta a punta, de aplicarse por completo a una sola cosa, absoluta.

De ahí la singularidad de Línea de flotación, la última novela de Damián Tabarovsky: cuenta un cruce a nado del Río de la Plata (ni su antes, ni su después: solamente cuenta el cruce), pero de un nadador que se distrae, que se desvía, que se dispersa, o de un narrador que se distrae, que se desvía, que se dispersa mientras cuenta eso que cuenta, una proeza indudable que se compone empero más que nada de monotonía. De por sí no habrá más que agua, y agua marrón por lo demás, una que todo lo opaca y lo oculta; una orilla que ya no se ve y otra orilla que no se ve todavía (es, claro, el río de Saer); el que nada, nada solo, sin un barco de asistencia a su lado, cuerpo y río y nada más. Hasta llegar a la mitad de la novela, ni siquiera sabemos si está cruzando desde Argentina hacia Uruguay o desde Uruguay hacia Argentina, hasta tal punto lo que le importa a Tabarovsky es el trayecto en sí, ni el punto de partida ni el punto de llegada, que no serán en lo esencial parte de la novela (hasta que en un momento se menciona, como al pasar, que se trata de un cruce a Uruguay: Línea de flotación se inscribe así en esa secuencia literaria que va de Amalia de Mármol a El Dock de Matilde Sánchez o El aire de Sergio Chejfec, pasando por “Juan se iba por el río”, el cuento desaparecido de Rodolfo Walsh).

De pronto aparece un barco belga, en el que va un paraguayo que fuma; después aparece una lancha en un curso sospechoso; después un crucero, que probablemente perdió el rumbo; después un barquito con dos obreros que hablan. Pasan, pasan y se van; pasan sin que pase nada con ellos, y así Tabarovsky conjuga la nada del pasar con la nada del nadar. El nadador de Línea de flotación pierde ni más ni menos que eso, la línea, y no la de la flotación (aunque en algún momento, sí: se hunde o se yergue), sino la del trayecto. Nada en extravío (no es que se extravíe, es que nada en extravío), no menos que el sentido (“el sentido se extravió, está claro”). “Nadar como una forma de digresión”, dice Tabarovsky, lo que en la novela no significa sino narrar como una forma de digresión. Porque el nadador mientras nada piensa, o el narrador mientras narra piensa; pero no se trata de un pensamiento orgánico, articulado, sistemático, el de una ficción teórica regular, sino de comentarios dispersos sobre frases sueltas, para que asomen y se pierdan (como el barco, como la lancha, como el crucero, como el barquito) Franz Kafka, Maurice Blanchot, Jean-Luc Nancy, etc. También ahí hay digresión, dispersión, desvío.

Y aun así al final llegan, el narrador y la novela, al otro lado. Al final se acaba el río (o el “mardulce”, como la editorial), y el otro lado aparece. Pero es como si apareciera por sí solo, por un puro dejarse estar, y no como un premio o un destino para el afán del que bracea y respira, del que patalea y resiste, del que se esfuerza con constancia, del que llega porque se decide a llegar.

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