Columnas

Constelaciones 

Cielos estrellados y un ensayo de Giuseppe Caputo en esta nueva columna de María Sonia Cristoff alrededor del ensayo, un género que se mantiene siempre "cerca de la infancia".


Por María Sonia Cristoff.


Hace no tanto, en una de mis vueltas al Sur, me sumé a un plan que me propuso mi hermana. Nos adentramos en la meseta, entonces. En el trayecto nos cruzamos con guanacos, liebres, choiques y, por momentos, más allá, con la línea del océano, que aparecía y desaparecía como una divinidad esquiva. Cian, me dijo mi hermana, así se llama ese color azul verdoso que a veces puede tener el mar. Y después, cuando empezó a oscurecer, me dijo azul abisal. Para cuando llegamos a destino, era de noche. Perfecto, a eso íbamos, a encontrarnos con un grupo de personas que se juntan a mirar el cielo de noche. Sacamos las mantas, los ponchos, la petaca con ron. Intercambié un par de frases, no muchas, porque el sobrentendido del grupo es no solo adentrarse en la meseta para evitar la contaminación lumínica de la ciudad sino también la cháchara. Apoyé la espalda en el suelo con un alivio infinito. Se escuchaba el océano golpeando allá abajo entre las rocas y no mucho más. Apenas alguien, cada tanto, señalaba algo que veía en el cielo -una estrella fugaz, una constelación, un satélite, una distancia en años luz-, mientras yo solo podía entregarme al estupor, al traspapelamiento perceptual que significó para mí comprobar, recién entonces, hasta qué punto la noche es luminosa, hasta qué punto paradójica, una proliferación de estrellas y reverberaciones lumínicas que apenas dejan espacio mental para la oscuridad plena interrumpida por estrellitas lánguidas, exangües, con la que solemos asociarla, con la que solía asociarla.

Me he acordado de ese registro como un consuelo, más bien como una fe, en algunos de mis insomnios recientes, y me vuelvo a acordar ahora, en mi cuarto de hotel en Bogotá, mientras leo Coro nocturno, el ensayo que Giuseppe Caputo escribió para la muestra Nocturnos. Archivo de la noche, que acabo de ver en la Biblioteca Nacional, precisamente porque en el primero de los microensayos que componen ese texto Giuseppe recuerda una tarde en la que se quedó dormido en la playa, tan dormido que no se dio cuenta de que había anochecido, y entonces, al despertar, se encontró frente a “un tropel de soles que estallaban sobre soles estallando sobre estrellas -una gran luz incesante, colectiva, con algunos huequitos de oscuridad”. Qué hermosa manera de decirlo, pienso, tan precisa y a la vez tan oblicua. Y entonces me acuerdo de una de las definiciones de ensayo que más me gustan, esa de Brian Dillon que dice que un buen ensayo debe ser una confluencia de exactitud y evasión, una forma que instruya, seduzca y desconcierte en la misma medida. Vengo notando en estos días que, con esto de que vine a Bogotá para, entre otras cosas, dar un taller sobre el género, esas definiciones que he ido rescatando con el tiempo, que he ido atesorando con el tiempo, dan vueltas alrededor de mi cabeza como constelaciones cotidianas.

Sigo leyendo. Al pensar la noche se activa una conciencia bipolar, dice Giuseppe para referirse a esa condición paradojal que mencioné antes: la noche es esa convivencia de oscuridad y luz, sí, pero también de melancolía y frenesí, de inocencia y aprendizaje, de retiro anacoreta y fiesta colectiva, de miedos paralizantes y destapes transformadores, de butacas estratificadoras y recovecos desclasantes, de burocracia laboral y escritura salvadora, de terror dictatorial y emancipación política. Me vuelven a la cabeza imágenes de las cosas que vi hoy en la muestra, cosas imprevistas y alucinadas, cosas como hallazgos súbitos, y no me extraña que, como dice Ximena Gama en su texto curatorial, haya decidido que el ensayo de Giuseppe, quien ya había abordado las confluencias más disímiles de noche y luminosidad a lo largo de su magnífica novela Un mundo huérfano, fuera la chispa que la encendió. Tal vez por eso Nocturnos es una muestra que bien puede recorrerse como un ensayo visual, una que fue pensada -dice Ximena en ese mismo texto- no ilustrando un tema sino alterando el archivo, sacando piezas patrimoniales del ocultamiento explícito o del otro, el que supone leerlas siempre desde un mismo lugar, haciéndolas cómplices de una solidificación de los sentidos, del status quo. Ahí me acuerdo de Martín Cerda, de lo que dice en La palabra quebrada: la indagación -y la instigación, agregaría- que se propone el ensayo nunca es edificante sino desestabilizadora, cuestionadora, porque, independientemente de las formas que tome, su fin último es desenmascarar los discursos monolíticos y opresivos.

Termino de leer. Me recuesto, cierro los ojos, me quedo yo también con esas palabras, con esas imágenes, dejo el texto de Giuseppe desplegado sobre la cama. Y cuando digo desplegado no exagero: la sucesión de microensayos que lo componen fueron impresos en un gran papel como de afiche callejero, como de formato sábana. Otra vez la paradoja, la bipolaridad: por un lado el afiche callejero que promueve una fiesta, una movida y, por el otro, instigada por la literalidad de la sábana, la posibilidad de guardarse, de meterse en la cama. Una cama en la que ya estoy, de hecho. Prendo el televisor que tengo enfrente y busco canales de noticias locales, porque nada me gusta más que hacer eso en un cuarto de hotel del país que sea. En todos los canales hablan del nuevo poder presidencial que acaba de asumir en Colombia, uno más entre las derechas que vemos expandirse por toda nuestra América Latina, uno más entre las formas más o menos similares, más o menos desoladoras, que en el presente toma “la horrible noche” de la época de la Conquista, la horrible violencia y expoliación de la Conquista de la que, me entero por Nocturnos, habla el himno nacional colombiano. Una horrible noche de la que, ilusamente, creíamos habernos en gran parte liberado. O al menos creí. Apago las noticias, apago todo. Me agarra un frío de esos que vienen desde adentro. Manoteo el texto que había dejado desplegado, me cubro con él, me cobijo, me arropo. Vuelvo a cerrar los ojos. Se me vuelven a aparecer imágenes de la muestra, de su lógica de cielo estrellado, de sus multiplicaciones propiciantes, esperanzadoras, de sus asociaciones del orden de la poesía -no por lo que a esta se le supone de bella, sino por lo que tiene de disruptiva, de desestabilizante, de conspirativa.

Y en un momento se me aparece también, nítido, el mural enorme que se reveló ante mis ojos cuando, después de ver la muestra, cuando creía que me iba, que salía de la Biblioteca, lo que en cambio me pasó fue que, gracias a la desorientación en la que me había dejado la experiencia, erré el camino y fui interceptada por esa imagen que Rafael Yockteng, ilustrador y diseñador gráfico, estaba justo terminando de pintar en una nueva sala que, por lo que me contó, estará dedicada a las infancias. En el mural hay animales de todo tipo que acá, arropada y con los ojos entornados, vuelvo a ver: un tapir, un oso hormiguero, un cocodrilo, una perra que alguien rescató en los alrededores, un chancho, una gallina, una zarigüeya con las crías encima. Van todos como en una estampida feliz, colorida, como señalándonos un camino. Qué ganas de sumarme, pienso, decido. Y mientras lo hago, mientras tomo ese ritmo, creo que ya adentrándome en el sueño, me acuerdo de otra de mis definiciones favoritas, una que da Herbert Read en “Sobre algo en particular”, donde dice que, al escribir ensayos, es importante nunca ceder a la costumbre, a los sentidos solidificados del status quo, de los poderes alienantes: para evitar esos peligros, agrega, es fundamental mantenerse siempre cerca de la infancia.

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