Publican el legendario diario de Enrique Wernicke
Martes 01 de setiembre de 2026
“La lectura de Melpómene produce un efecto de lectura sobre la obra literaria que ya circulaba”, celebra Hernán Ronsino.
Por Hernán Ronsino.
Acaba de aparecer, finalmente, Melpómene (Editores Argentinos). Y eso es, sin duda, uno de los acontecimientos literarios del año. Melpómene es el diario del escritor Enrique Wernicke, autor entre otros de La ribera o El agua. Entre 1936 y 1968 llevó, minuciosamente, a la par de la escritura de sus libros un diario íntimo. El paso del tiempo y que se fuera hablando de ese diario enorme (de casi mil páginas) que se postergaba en su salida (aparecieron fragmentos en 1975, en la revista Crisis); todo eso hizo que se fuera creando una especie de misterio en torno al libro, que se volviera un volumen mítico. Es curiosa la construcción de esas esperas: un libro que salta su contexto y finalmente se edita cuando su época queda atrás. Lo cierto es que ese diario legendario acaba de pasar al acto.
Antes de hablar de la escritura del diario, hay que hablar de los libros que siempre estuvieron al alcance de los lectores, es decir, de la obra literaria de Wernicke. Publicados por oleadas, en pequeñas editoriales, La ribera, El agua y los cuentos completos son los que se reeditan de manera constante. Pero en esa obra también se destacan libros entrañables como Chacareros o La tierra del bien te veo (un libro que, según le escuche comentar en una entrevista, le gustaba leer al Indio Solari).
La lectura de Melpómene produce un efecto de lectura sobre la obra literaria que ya circulaba; y ese efecto tiene que ver con descubrir que no hay una separación tan grande entre la escritura íntima, la del diario, de la escritura literaria, si se quiere, las novelas o cuentos. Pero en especial leer Melpómene es leer momentos de la vida de Eduardo, el protagonista de La ribera. O leer La ribera es leer los dilemas íntimos de la vida del propio Wernicke. De hecho, La ribera es un diario, el registro que deja Eduardo y que su amigo Julio Martínez es quien debe hacerse cargo de esos papeles. El narrador como el autor muere a una edad temprana y deja sus papeles personales. El ensayo de esa escritura íntima aparece de manera permanente. La relación con las mujeres, el agobio por la existencia, la falta de reconocimiento, el desprendimiento de una vida para buscar la orilla, los soldaditos de plomo. Melpómene y La ribera se espejan.

Anota el 2 de noviembre de 1953 sobre la escritura de La ribera: “Debo tener en cuenta que me preparo a hacer lo que puedo en este momento: un libro humilde, pero que puede ser profundo (…) Yo deberé hacer ‘el desclasado total’. Un libro poético, como quería. Y fácil de hacer para mí. Y hondo. Veremos.”
Pero desde sus primeras entradas, en 1936, cuando Wernicke tiene 21 años, lo que aparece con notable potencia es la escritura. Una escritura asentada, con frases breves, despojada de adjetivos sobrecargados como podía leerse por esos años; es decir, la escritura que se ve en el diario, antes, incluso, de que sea un escritor con obra publicada, es una escritura que busca su propia forma. El 9 de abril de 1936 anota: “Desde esta noche quiero guardar memoria, para saber si mi vanidad y mi audacia tienen consistencia en algo firme, en una poderosa intuición”. Esa poderosa intuición, sin duda, está orientada en escribir una obra que se ordena en torno a un existencialismo que va macerándose en esos tiempos de entreguerras.
Adentrarse en la lectura de un diario, como se sabe, y se ha escrito mucho sobre esto, es enfrentarse al riesgo de ciertas miserias y oscuridades que toda vida, toda intimidad revela sin las máscaras de la ficción. Por ejemplo, es muy fuerte lo que ocurre con los diarios de José Donoso. Lo que descubre su hija Pilar al leer esos papeles que estaban alojados en una universidad de los Estados Unidos. Y el efecto que esa lectura tuvo en la propia Pilar que escribió un libro desgarrador como es Correr el tupido velo. En el caso de Wernicke, no está esa oscuridad donosiana, sin duda, nos enfrentamos más bien a una obsesión casi compulsiva por las mujeres y a una lucha por conseguir el mango, por hacer convivir el mundo laboral con el deseo de escribir. Algo de esta representación es evidente también en sus novelas, pero aparecen camufladas por las mediaciones de la ficción. El otro gran eje ordenador (además de pintar el clima cultural de los años cincuenta y sesenta) es la búsqueda de un sentido a las horas cotidianas; un sentido que la escritura y, en especial, la escritura de este diario le fue dando en esas horas más triviales y agobiantes de toda existencia. Melpómene, la musa de la tragedia, del canto y la armonía, le fue trazando a Wernicke el camino para encontrar ese sentido. La última entrada es de mayo de 1968, ya enfermo y a pocos meses de morir, Wernicke anota: “Es notable comenzar una nueva novela. Y más en este caso en que pretendo resumir la historia de mi vida”. Hasta el último momento vida y escritura se enredan. “Y sin embargo, escribe en esa última entrada del diario antes de que se impongan los síntomas finales, un deleite extraño me regocija”.