Columnas

Notas de un editor

Martín Kohan lee Lo que cabe en una carpeta, de Damián Ríos, y reflexiona sobre el valor de la universidad pública en la formación de quienes editanlos libros argentinos.


Por Martín Kohan.


Hay algo que me resultó especialmente significativo en esa especie de autorretrato de editor que propone Damián Ríos en “Editores”, uno de los textos que componen Lo que cabe en una carpeta. Es cuando dice: “Los editores en la Argentina somos, con excepciones honrosas, los malos estudiantes; los que escribimos uno o dos libros y nos fue más o menos bien, pero tampoco nos entusiasmamos”. Entiendo que sería un error leer esto que dice Ríos en clave de disminución, como un gesto de pura modestia, no importa si verdadera o falsa. Entiendo que es mejor leerlo en todo caso como un gesto arltiano, el que sirve para transformar en una fuerza y en un motor de impulso eso que en principio podría resultar una “falta”. Aquel Roberto Arlt que declaraba no haber terminado la escuela primaria (aunque en verdad sí la había terminado, según reveló Sylvia Saítta en Un escritor en el bosque de ladrillos), el Arlt de “escritor fracasado”, el que se decía que escribía “mal”, el que mostró (enseñanza en acto) cómo hacer de la carencia una potencia (carencia presunta, potencia real). No pasar de una cosa a la otra, sino convertir lo uno en lo otro. Porque a continuación Damián Ríos agrega: “Con esos saberes competimos en paridad con las multinacionales; no tenemos billetera, tenemos mucha información”.

Saberes que no necesariamente cuentan con una certificación institucional, que no cuentan con el incierto aval del “éxito” de los libros que “la pegan”. Saberes de los “malos” estudiantes, de libros que no alcanzaron a entusiasmar del todo en su “más o menos bien”, pero pasan por la amplificación de esa especie de dínamo que es la prepotencia de trabajo y promueven así todo un espectro de editores notables, que enriquecen admirablemente el universo de los libros argentinos, y que compiten con las poderosas multinacionales no siempre en paridad, sino a veces aun aventajándolas (en definitiva, otra lección arltiana: cómo hacerse lugar en el ámbito de la cultura cuando no se tiene dinero, cuando es “sin billetera”; qué clase de tensiones y conflictos pueden darse entre capital simbólico y capital sin más).

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Algunas líneas después, en ese mismo texto, Damián Ríos escribe: “En la Argentina hay universidad pública y gratuita y de tanta calidad, pero tanta, que incluso sus estudiantes más o menos pueden convertirse en excelentes editores”. Es una observación muy precisa, diría que fundamental. Porque de los “buenos” estudiantes, los redonditos, los cumplidores, ya se sabe: son los que se reciben, se diploman, acreditan su formación titulada, aceitan las estadísticas del logro, suman becas o proyectos en su haber, todo eso que llegado el caso consultan los que deciden cuánto y cómo se financia. Pero los saberes que ahí se ponen en juego, y lo que luego esos saberes pueden a su vez generar, no se agotan en el curso de los canales previstos por las carreras y sus jalones; los recorren, pero los trascienden, los ocupan, pero los desbordan, y en definitiva nutren también a los que, por lo que sea, no terminaron o terminaron más o menos, a los que tomaron otros rumbos, a los que se fueron por ahí. También en ellos esos saberes germinan y fructifican y alimentan provechosamente otros circuitos y otros ámbitos; eso que alguna vez pasó en las aulas (en las aulas y en los pasillos, en el patio y en los bares de los alrededores) no deja de nutrir otras zonas de la cultura argentina, ciertamente vitales, aunque no vaya a computarse en la cuadrícula del certificado analítico de materias ni a coronarse en el cum laude o en el honor del diploma de honor. Son saberes abiertos y disponibles, consistentes y a la vez fluidos, que circulan por acá o por allá, sostienen este proyecto o tal otro, hacen posible esto o aquello.

Lo que la universidad pública aporta a la sociedad argentina no se limita entonces a las prestaciones consignables en los casilleros correspondientes de las profesiones diplomadas o del rendimiento estrictamente académico. Es mucho más que eso. Y es mucho más que eso (aunque solamente con eso, ya sería un asunto grave) lo que se destruye cuando se la vacía y se la desfinancia. Es mucho más que eso (aunque solamente con eso, ya sería un asunto grave) lo que se desprecia cuando se degrada todo lo que tenga que ver con las prácticas del conocimiento, hoy que con tanta frecuencia aquello que decididamente se ignora es motivo de jactancia.

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