La medida de lo abierto
Alejandra López
Martes 15 de setiembre de 2026
“La literatura, materia opaca, tiene una relación privilegiada con lo abierto”, escribe Consiglio en una nueva entrega de sus columnas.
Por Jorge Consiglio.
Hay personas que, antes de dormir, hacen algo parecido a ordenar un cuarto, acomodan ideas, pensamientos, imágenes. Hace poquito, no más de una semana, Pérez Guzmán me contó que, para conciliar el sueño, se pone a pensar en lo que él llama cuestiones cerradas. La expresión me pareció ideal; da cuenta de lo metódico, de lo sistemático, de lo regular. Para Pérez Guzmán, un asunto cerrado es el que no tiene aristas ni zonas dudosas ni puntos de fuga; en otras palabras, un acto cuya secuencia puede reconstruirse pormenorizadamente hasta que, en algún momento, ya no queda nada por hacer. La construcción de un banco de madera, por ejemplo. Dijo que logra fugarse de la vigilia imaginando el conjunto de operaciones que hace posible ese cometido. Primero hay que decidir las medidas: la altura del asiento, su profundidad, el ancho total, la distancia entre las patas. Acto seguido, diagramar los ángulos. Si las patas están ligeramente abiertas hacia afuera, hay que calcular la inclinación y trasladarla a la tabla con escuadra y lápiz, procurando que las cuatro piezas respondan a una misma geometría. Luego viene el corte: marcar, serruchar, revisar. A continuación, los encastres. Hay que trabajarlos con cuidado porque una cosa es que dos piezas se encuentren y otra muy distinta que puedan sostenerse juntas sin depender exclusivamente de un tornillo. También se debe estimar el espesor del material, determinar la profundidad de cada acople, comprobar que las piezas entren con cierta resistencia y, si hiciera falta, corregirlas con un formón. Una vez hecho esto, es menester medir de nuevo la altura de las patas: una pequeña diferencia convertiría el banco en un artefacto inestable. Recién entonces se procede al lijado: primero un papel más áspero para suprimir irregularidades, después otro más fino para suavizar los lados y redondear apenas los bordes. Finalmente, aceite, cera o barniz. Esperar el secado, revisar la superficie y, de ser necesario, hacer una última pasada de lija. En algún punto, el banco está ahí. El asunto, entonces, se cierra.
Lo interesante es que Pérez Guzmán no necesita hacer el banco, le alcanza con recorrer mentalmente el procedimiento. Su imaginación trabaja como un taller que, a diferencia de los verdaderos, no precisa materiales, herramientas ni espacio. Y en ese tránsito hay algo que explica, según él, por qué consigue dormirse: cada operación conduce a otra hasta que la sucesión misma se precipita y concluye en el sueño. No existen preguntas suspendidas ni decisiones pendientes. El banco se agota felizmente en su propia tautología. Los asuntos abiertos suponen lo contrario, involucran incertidumbre; es decir, no están constituidos por una secuencia de acciones capaz de garantizar de antemano un resultado. En un asunto abierto, el final no solamente resulta desconocido, también puede carecer de uno único y necesario. Se bifurca, retrocede, cambia de sentido; de hecho, suele generar consecuencias que no estaban previstas en su comienzo.
En términos más o menos teóricos, se podría decir que lo cerrado produce un efecto teleológico: cada paso encuentra su justificación en el que sigue y el conjunto termina orientándose hacia una finalidad reconocible. Lo abierto, en cambio, suspende esa relación: más que eliminar el propósito, lo vuelve hipotético. El sujeto avanza sin saber exactamente hacia dónde va y, sobre todo, sin poder garantizar que aquello que encuentra al final se parece a lo que imaginaba al principio. Es momento de decirlo: Pérez Guzmán es escritor. Por lo tanto, conoce de sobra esta diferencia. Escribir, de acuerdo con su criterio, pertenece al universo de lo abierto. Se parte de una imagen inicial, una situación, una frase, incluso una idea bastante precisa de lo que se quiere hacer; pero en cuanto se empieza a escribir aparece una zona en la que las cosas se vuelven indóciles: un personaje toma una decisión que no estaba prevista, una palabra arrastra otra, una escena que parecía secundaria empieza a ocupar el centro, un detalle insignificante toma una fuerza que obliga a reorganizar lo anterior. La escritura se parece menos a fabricar un banco que a entrar en un lugar cuya distribución todavía no se conoce.
Pienso en lo abierto y se me viene a la cabeza Zama, de Di Benedetto. El protagonista de la novela es, entre otras muchas cosas, un sujeto atrapado en una espera que no consigue cerrarse. Su vida se organiza alrededor de una resolución que siempre está por llegar: el traslado, el reconocimiento, la salida de ese territorio, la posibilidad de recuperar una posición; pero el tiempo pasa y aquello que debería concluir se convierte en dispositivo de postergación. Cada expectativa, en un flujo constante, genera otra expectativa. En efecto, la novela trabaja precisamente sobre la imposibilidad de que esa resolución se produzca de acuerdo con un orden tranquilizador. No se trata de decir que la peripecia en Zama simplemente "es" un asunto abierto. La clave de lectura sostiene que el texto convierte la apertura en condición de experiencia. Diego de Zama no domina la secuencia de los acontecimientos y, cuanto más intenta encontrar una manera de cerrarla, más se expone a lo imprevisible. El mundo, en este caso, no se comporta como un banco que uno pueda construir siguiendo instrucciones: la expectativa elude necesariamente su cumplimiento.
La literatura, materia opaca, tiene una relación privilegiada con lo abierto. Un relato puede cerrarse en su último párrafo, pero esa clausura material no significa que haya eliminado la incertidumbre. Siempre la conserva, la concentra o la desplaza. Ningún relato responde todas las preguntas que genera. Cierra una acción, pero deja abierto el horizonte de sentidos. Quizá la diferencia entre lo cerrado y lo abierto se pueda pensar como una divergencia entre dos modos de administrar el tiempo. En lo cerrado, el tiempo es acumulativo: cada operación reduce la cantidad de posibilidades hasta llegar a una configuración posible; en lo abierto, hace lo contrario: cada acontecimiento puede multiplicar las posibilidades. Por eso construir un banco puede resultar una buena estrategia para dormir, mientras que escribir un cuento, aunque también consista en una sucesión de decisiones, puede mantener despierto a cualquiera.
De ahí viene, supongo, la vieja costumbre de contar ovejitas. Su eficacia depende de que las ovejas sean intercambiables y previsibles. Una, dos, tres, cuatro. La quinta no introduce ninguna novedad respecto de la cuarta. La serie continúa sin acontecimientos. Contar ovejas es construir mentalmente un mundo cerrado o, por lo menos, un mundo en el que las variaciones han sido eliminadas. En más de un sentido, la repetición funciona como promesa. Pero ¿qué pasaría si entre la oveja número treinta y la treinta y uno apareciera un elefante? Un elefante perfectamente concreto, desmesurado, fuera de escala, avanzando entre el ganado ovino con parsimonia absurda. La cuenta se interrumpiría de golpe. Surgiría la pregunta: ¿de dónde salió? Y enseguida: ¿hay que incorporar esta bestia al rebaño? Ya no habría manera de sostener la operación inicial. El sueño, necesitado de previsibilidad, encontraría así un obstáculo narrativo.
Lo estrafalario tiene, en este sentido, una función precisa: introduce una variable allí donde esperábamos repetición. La oveja número treinta y uno confirma la regla; el elefante la destruye. La literatura suele hacer algo semejante: definitivamente interrumpe las series que parecían seguras. Introduce una anomalía en medio de una secuencia y nos obliga a reconsiderar el conjunto. La escritura mantiene abierta la posibilidad de que aparezca algo que no estaba previsto. Por eso Pérez Guzmán piensa en asuntos cerrados antes de dormirse: busca una superficie mental sin accidentes, un universo en el que, después de lijar los bordes, no queden astillas pendientes.