Dos potencias se saludan
Alejandra López
Martes 18 de agosto de 2026
Martín Kohan escribe el increíble cruce entre Borges y Mick Jagger.
Por Martín Kohan.
Mick Jagger no sólo es famoso: fue famoso desde muy joven. Por ser una estrella de rock (solamente el mundo del fútbol procura estrellatos comparables), el líder de una banda superlativa; pero además porque su rostro es de esos inconfundibles, es de esos inolvidables, es el ícono de sí mismo. Mick Jagger es muy famoso y lo fue desde muy joven. Es difícil que le pasara el tener que sorprenderse al ver que otro, algún otro, lo conocía. Podría no haberle pasado nunca. Y sin embargo, le sucedió. ¿Con quién? Con Jorge Luis Borges.
María Kodama se lo contó a Mario Mactas y Mario Mactas lo contó en un libro (Esclava de la libertad, Ediciones de la Flor). Ocurrió en España. Estaba Borges, estaba Jagger, no exactamente para la misma cosa, pero sí en un mismo lugar. Jagger es un asiduo lector de Borges; razonablemente, lo admira muchísimo. Aquel día, allá en España, apenas supo que nada menos que Borges estaba también ahí, se acercó a saludarlo con fervor. Borges le preguntó su nombre (porque, claro, no podía verlo). “Mick Jagger”, respondió Mick Jagger. “Ah, sí”, dijo entonces Borges, “usted es uno de los Rolling Stones”. Y así fue como ocurrió, porque no se lo esperaba, que a Jagger lo sorprendió que hubiese uno que lo conocía (le pasó al revés que a Dahlmann en “El sur”: “Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera”).
Me gustan esos momentos en los que una celebridad, habitualmente admirada, se rinde de admiración ante otra celebridad (mi caso favorito es cuando Diego Maradona se alborozó por la posibilidad de ver en persona ¡a Chespirito! Y es que muchas de sus tardes, como muchas de las de tantos, fueron felices gracias a “El Chavo”). La sorpresa de Mick Jagger al ver que el otro, ahora, lo conocía, respondió evidentemente a una idea que suscitaba Borges, no menos que la literatura de Borges, que es que estaba siempre medio en otro mundo, siempre un poco en otra cosa, ajeno a la realidad contingente. Algo de eso había, en efecto, en su figura personal, producto en parte de su ceguera (Daniel Mordzinski acertó a fotografiar eso: no ya a Borges, aunque Borges consta en la imagen, sino su ajenidad); algo de eso hay, en efecto, en su literatura, bajo el poder singular de crear otros universos (Ana María Barrenechea lo desarrolló en La expresión de la irrealidad en la obra de Borges).
Claro que uno puede detenerse también en el retrato de Milton Sills o en la sopa de tapioca de “Emma Zunz”, en la publicidad de cigarrillos o en el alfajor santafesino de “El aleph”, o en las bolitas de miga de pan de “El sur”, para pasar considerar también esas huellas de lo prosaico a las que Borges daba lugar en sus textos. Lo mundano tiene cabida en la ambición de trascendencia, acaso para hacerla posible. La lengua poética entra en contraste con la lengua prosaica, sí, y por ahí pasa la literatura; pero no por ajenidad o por desconocimiento, sino por su poder de transformarla, para darle otra función.
Mick Jagger admirador de Borges, sin reverencias vacuas y sin pompas de solemnidad. Y Borges conocedor de Mick Jagger, sin Topper y sin pañuelito al cuello. Es sólo literatura. Pero me gusta.