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Arthur Schnitzler, una soledad irreductible

Por Adan Kovacsics

"Su obra es enorme; pero sus Diarios alcanzan dimensiones gigantescas, superlativas. Los comenzó en 1879, cuando no había cumplido siquiera los diecisiete años de edad". Ediciones UDP publica los Diarios de Arthur Schnitzler (1862-1931), figura emblemática tanto de la Viena finde-siècle como de la Austria surgida de la Primera Guerra Mundial. 

Por Adan Kovacsics.

 

Arthur Schnitzler, el autor de La ronda, de El teniente Gustl, de Relato soñado, de La señorita Else, de una gran obra que discurre como un puente entre los siglos XIX y XX, no cesó de escribir sus Diarios. Su obra es enorme; pero sus Diarios alcanzan dimensiones gigantescas, superlativas. Los comenzó en 1879, cuando no había cumplido siquiera los diecisiete años de edad. A partir de esa fecha, y hasta su muerte, dejó constancia prácticamente todos los días de sucesos, emociones, dudas, encuentros, estrenos y publicaciones. Creó así un opus ingente, que ocupa diez volúmenes en la edición póstuma de la Academia de las Ciencias austríaca (1981-2000).

Schnitzler nació y murió en Viena. Así como cabe trazar el recorrido de uno de sus personajes más singulares y conocidos, el teniente Gustl –quien, tras recibir una afrenta por parte de un simple ciudadano, deambula por la ciudad, herido en su honor y dispuesto a suicidarse–, cabe también dibujar un mapa con los jalones más importantes de la vida del autor en la capital austríaca. La Praterstrasse, donde nació; las casas en el centro urbano donde vivió desde su infancia hasta su casamiento; el barrio residencial de Cottage, en el distrito XVIII, donde residió hasta su muerte; los teatros en los que se estrenaban sus obras; los cafés y restaurantes que frecuentaba; las residencias de sus amantes, los hoteles donde tenían lugar las citas...

Pese a los diversos viajes que realizó, pese a la buena acogida que obtuvieron sus dramas en Berlín, fue básicamente en Viena donde desarrolló Schnitzler su carrera literaria, que emprendió a despecho de las presiones de su padre –un afamado laringólogo, fundador y primer director de la Policlínica General Vienesa–, quien abrigaba el deseo de que su hijo mayor asumiera, por así decirlo, su herencia en el campo de la medicina. Arthur Schnitzler estudió, en efecto, medicina, trabajó en la celebérrima policlínica, así como en el hospital general de Viena; sustituyó a su padre durante las ausencias de éste y abrió incluso una consulta propia. Además, colaboró en diversas revistas especializadas, trabajando como corrector de estilo en la de su padre o como redactor de otra publicación fundada asimismo por su progenitor: la Internationale Klinische Rundschau (donde también daba a conocer sus escritos un médico llamado Sigmund Freud), o publicando, por ejemplo, en 1889, un texto sobre el tratamiento de la afonía mediante la hipnosis. Sin embargo, su vocación era otra: la literatura, lo cual suponía una constante fuente de conflictos con su progenitor. Mientras era estudiante, y luego, mientras ejercía su profesión de médico, no cesó de escribir poemas, dramas, algún relato. Él mismo admitiría que poco de lo escrito en aquellos años valía la pena. Las tensiones que provocó esa necesaria doble vida fueron enormes.

El 30 de marzo de 1885, Schnitzler recibía el título de doctor en medicina. Un año después comenzaba a publicar en revistas literarias. Poco a poco fue afianzando su reputación en este otro ámbito. Dos hechos contribuyeron de manera fundamental a su consolidación como escritor. El primero, el encuentro con Olga Waissnix, esposa del dueño de un renombrado hotel fundado en 1823 en Reichenau, en la zona prealpina al sur de Viena. Ella confió en el escritor Arthur Schnitzler y lo animó a seguir la carrera literaria. Apenas pudieron verse, porque el marido miraba con recelo la amistad de su esposa con ese joven. Schnitzler escribiría en una ocasión a Olga Waissnix: «En todos estos años quizá sólo hemos vivido juntos un breve día». Ella murió a los treinta y cinco años de edad. Poco antes de fallecer escribió a Schnitzler: «Usted ha sido desde luego lo más hermoso de mi vida». Así resume el autor austríaco Hans Weigel esa amistad que duró casi doce años: «Sin Olga Waissnix, Schnitzler quizá no habría llegado a ser escritor y desde luego no habría sido el escritor que fue».

El otro hecho decisivo para la evolución literaria de Schnitzler fue el contacto, desde comienzos de la década de los noventa del siglo xix, con los literatos del café Griensteidl, el grupo llamado Joven Viena, al que pertenecían Paul Goldmann, Richard Beer-Hofmann, Hugo von Hofmannsthal, Felix Dörmann, Felix Salten, Raoul Auernheimer, Peter Altenberg y, tangencialmente, también Karl Kraus. Se trataba de un círculo heterogéneo que, no obstante, desempeñó un papel crucial a la hora de conectar la literatura austríaca con las corrientes europeas del momento. Su líder y portavoz fue Hermann Bahr, quien había vivido un tiempo en París. Su intención era incorporar a la poseía, a la narrativa y a la dramaturgia en lengua alemana los impulsos procedentes de Francia: el simbolismo, la literatura de la decadencia, el arte por el arte. Schnitzler, que formaba parte del grupo, no comulgó con todas sus tendencias y propuestas literarias, pero sí estableció relaciones duraderas, a las que se refiere con asiduidad e inteligencia en los diarios.

También contribuyó a este proceso de afianzamiento en la escritura la muerte del padre, el 2 de mayo de 1893. Aunque durante un tiempo continuó ejerciendo la medicina, a partir de ese momento Schnitzler se dedicó con más ahínco a escribir. El 3 de septiembre empezó el drama Armes Mädel (‘Pobre muchacha’), que luego titularía Liebelei (‘Amorío’). Lo concluiría el 4 de octubre y, estrenado dos años más tarde en el principal teatro de la ciudad, el Burgtheater, le daría el espaldarazo definitivo como dramaturgo.

Esa época –la de los años previos y posteriores al cambio de siglo– resultó estar llena, además, de intensas relaciones amorosas, en muchos casos simultáneas. Schnitzler, erotómano al que aterraba la abstinencia sexual, fue apuntando entre 1887 y 1892 el número de coitos que consumaba durante sus encuentros, y elaboraba a partir de ello estadísticas anuales en sus diarios, que más de una vez parecen redactados por Leporello. Con la mirada fría del científico anotaba, ya a los dieciocho años, que el amor no era más que «pulsión sexual asociada a envidia». Por otra parte, sin embargo, no dejaba de reflejar sus sentimientos de afecto y de culpa. En su obra fue, de hecho, pionero a la hora de plasmar el sometimiento de la mujer por el hombre. Sus figuras femeninas dejaron de ser meras proyecciones masculinas y cobraron autonomía hasta el punto de que uno de los puntos fuertes de su obra son precisamente los retratos de mujeres.

También está profusamente presente a lo largo de los diarios la música. Schnitzler tocaba el piano con pericia y pasión. Sus anotaciones ponen de manifiesto esta afición y, además, la importancia que en aquel período finisecular revistió para algunos la figura de Gustav Mahler, contra quien se urdieron toda suerte de intrigas durante el tiempo en que fue director de la Ópera de Viena. Sin embargo, Mahler contó con un público fiel que lo apoyó hasta el final, como se comprueba leyendo a Schnitzler, quien lo consideraba «el más grande de los compositores vivos», y junto con su madre no cesaba de interpretar a cuatro manos sus obras.

Los diarios son una ventana que permite a los lectores echar un vistazo a la vida social de la Viena fin-de-siècle; en particular, de la sociedad judía liberal, a la que el autor pertenecía y que tan importante papel desempeñó en aquel tiempo. Las reuniones, los bailes, los amores con las jóvenes de aquella burguesía, deseadas y deseantes, pero al mismo tiempo respetuosas con las reglas que les imponía su posición social, la relación con muchachas procedentes de las clases populares, las célebres «dulces muchachitas» (süsse Mädel). Pero también la correosa corriente reaccionaria y antisemita que se manifestó luego en los ataques contra Schnitzler y su obra por parte de la prensa conservadora (del Reichspost, por ejemplo, diario cercano a los postulados cristiano-sociales, o del Kikeriki, revista satírica de carácter nacionalista) y de otros medios, así como se hizo patente, décadas más tarde, en los disturbios y agresiones que se produjeron a raíz del estreno de La ronda en Viena.

El antisemitismo estaba muy arraigado en la sociedad vienesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y se plasmaba políticamente en el hegemónico Partido Social-Cristiano, fundado por el alcalde de la ciudad, Karl Lueger. El libro fundacional del sionismo, El Estado judío, fue escrito por Theodor Herzl en ese ambiente. Herzl y Schnitzler eran prácticamente coetáneos; ambos se conocían, frecuentaban los mismos círculos. Schnitzler leyó el libro de Herzl en cuanto se publicó. Sin embargo, como muchos judíos liberales de la época, veía el movimiento sionista con escepticismo y distancia. Eso sí, contrariamente a otros escritores de origen judío, no negaba la existencia en el Imperio austro-húngaro (como en toda Europa) de una profunda corriente antisemita a la que fue muy sensible. Tenía siempre presente su ser judío. Y si en algún momento lo olvidaba, el antisemitismo dominante se lo recordaba.

La realidad política y social se manifestó asimismo con todo su peso cuando un tribunal de honor del ejército austro-húngaro desposeyó a Schnitzler de su rango de oficial (concretamente, de médico jefe en la reserva) por haber escrito y publicado El teniente Gustl, una obra cuyo contenido había «perjudicado y desacreditado», según la sentencia, al ejército. Schnitzler fue degradado el 21 de junio de 1901 in absentia, pues nunca se presentó ante el tribunal para defenderse.

Por otra parte, fue asimismo un período de apertura a la modernidad, al progreso, a los avances de la técnica. Ello se pone de relieve en los diarios, en los que se alude a menudo, por ejemplo, a la bicicleta, que empezaba a popularizarse, y a la que Schnitzler enseguida se aficionó; de inmediato se apuntó también a la novedad que suponía el teléfono; también aparecen el automóvil y el avión, al que recurre como medio de transporte ya en los años veinte (en avión viajó a Venecia tras enterarse del suicidio de su hija Lili). Además, acudía con frecuencia a las salas de cine y se interesó y colaboró en las versiones cinematográficas de su obra: por ejemplo, en Elskosvleg, una película danesa muda de 1914 basada en Amorío, con guión del propio Schnitzler; también en The Affairs of Anatol, dirigida por Cecil B. DeMille (1921); o en La señorita Else, rodada en 1929, con Elisabeth Bergner en el papel protagonista y con guión del autor.

En agosto de 1903, Arthur Schnitzler se casó con la cantante Olga Gussmann, madre de su hijo Heinrich, nacido un año antes. A partir de entonces, los diarios se convierten también en sismógrafo de un matrimonio, de sus altos y bajos y, en particular, de las crisis que desembocaron en el divorcio dieciocho años más tarde. Los diarios toman nota igualmente de los buenos y malos momentos económicos, pues así como antes apuntaba el número de sus relaciones sexuales, Schnitzler registraría luego sus gastos e ingresos.

Los diarios de Arthur Schnitzler dejan constancia de sus relaciones sociales, literarias y amorosas y permiten entrever el andamiaje de la sociedad vienesa de la época, pero son al mismo tiempo –a veces básicamente– el lugar donde se apuntan las dudas, las dificultades, los obstáculos internos, los atascamientos, los ahogos a la hora de escribir. A los diarios podía confesar él su eterna insatisfacción con su obra, pero también el convencimiento de su valor cuando la veía tratada con rechazo o con displicencia. En este sentido, son un documento descarnado de franqueza. Leer los diarios de Arthur Schnitzler significa entrar en la cocina de la creación literaria, significa conocer la génesis de sus textos, sus interrupciones, sus lentos desplazamientos hasta llegar a la versión definitiva, y supone asimismo recorrer la literatura de finales del siglo xix y comienzos del xx, pues están presentes no sólo las propias creaciones, sino también las de otros, las de Ibsen, Thomas y Heinrich Mann, Karl Kraus o Hugo von Hofmannsthal, por nombrar a algunos.

 

Schnitzler, como tantos otros, se encontraba de vacaciones, concretamente en Suiza, cuando el 1 de agosto de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, que supuso un corte profundo en su vida y en su obra. Él no se sumó a las voces intelectuales que jalearon el esfuerzo bélico y, por tanto, la catástrofe. Contrariamente a otros autores, consiguió mantener una postura independiente, de distancia y de reserva respecto a los catastróficos acontecimientos, sin participar en ninguno de los coros periodísticos y propagandísticos. Con esa distancia y reserva vio también la llegada de la nueva época después de la guerra, la caída de la monarquía y el establecimiento de la república. Cuando ésta se proclamó, el 12 de noviembre de 1918, escribió: «Ha acabado un día de relevancia histórica mundial. Visto de cerca no parece tan grandioso». Schnitzler no creía ni en sistemas ni en regímenes, sólo en personas. Eso sí, pronto notó cambios en la recepción de sus obra. La crítica empezó a considerarlo un autor caduco, representante de un «mundo desaparecido », el de la monarquía. Aun así, siguió cosechando éxitos y reconocimientos, también en el plano privado. Por ejemplo, Sigmund Freud, quien lo consideraba su «doble» y a quien él, a su vez, respetaba sobremanera (había leído sus escritos psicoanalíticos fundamentales y apuntaba con regularidad sus sueños), le manifestaba su admiración. Con todo, los años veinte fueron para él, en el fondo, un tiempo de agobios y tristezas, jalonado por el divorcio de Olga Gussmann, la muerte en un accidente automovilístico de su amiga Vilma Lichtenstern, y sobre todo el suicidio en Venecia de su hija Lili, que acababa de casarse con un fascista italiano.

Schnitzler cesó de escribir sus diarios a los sesenta y nueve años. La última frase es del 19 de octubre de 1931, dos días antes de su muerte. Había recibido un ejemplar de un libro de su amigo y admirador Egon Friedell y apuntó meticulosamente: «Comencé a leer la Historia cultural de la Edad Moderna de Friedell, volumen 3».

Los diarios de Schnitzler, escritos con un propósito de registro, pero también con una intención estética, ocupan un terreno intermedio y experimental entre el alma del escritor y su literatura. En ellos se ven las semillas de sus obras, se observan los primeros indicios de cómo un un dolor o una intuición se convierten poco después en una creación literaria. El 24 de septiembre de 1897 nacía muerto el hijo que esperaba su amante Marie Reinhardt. El 30 de ese mismo mes apuntaba: «Tras la muerte del niño sentí profundamente que existía una relación entre su muerte y mi falta de interés por el pequeño antes de que naciera». Ese mismo día comenzaba a escribir Camino a campo abierto, novela que trata de la relación entre el músico y aristócrata Georg von Wergenthin y Anna Rosner, una profesora de música perteneciente a la pequeña burguesía. Ella queda embarazada, pierde al bebé justo después del parto, y la relación entre ambos acaba en la nada.

Además de constituir un semillero y registro de su obra literaria, los diarios son asimismo reflejo cabal de la personalidad del autor. Considerado un consumado psicólogo en sus dramas y relatos, no cesó de analizarse en las páginas que escribía para sí mismo. Por otra parte, sus características psíquicas se manifiestan también en ocasiones en que no alberga la intención de examinarse. Así, por ejemplo, su ánimo proclive a ver la decadencia en el entusiasmo, de vislumbrar la muerte en los momentos de intensidad vital. El 27 de enero de 1896, en una época de éxitos tras el estreno de Amorío y la publicación del relato Morir, apunta: «En vez de abrigar la sensación de haber llegado ahora a lo alto, sólo tengo la siguiente: en diez o quince años esto se acabará».

Los diarios de Arthur Schnitzler son el documento de una soledad profunda e irreductible. Mientras hacía llegar al público sus creaciones, seguía escribiendo sistemáticamente algo que era sólo para sí mismo, trabajando mediante la escritura en un muro invisible, en una enorme masa oculta, como las cordilleras que se levantan bajo la superficie del océano. Cabe señalar, no obstante, que Schnitzler tenía muy presente la posibilidad de que sus diarios se publicaran. En su disposición testamentaria del 16 de agosto de 1918 se refirió a ello. Y en un anexo del 23 de julio de 1924 manifestó el deseo de que se empezara a pasar en limpio el manuscrito inmediatamente después de su muerte. De hecho, se comenzó antes a hacerlo; su secretaria concluyó en julio de 1931 una copia de los diarios que llegaba hasta el año 1882; tras la muerte del autor, continuó hasta 1912. Es decir, Schnitzler sabía perfectamente que algún día se publicarían. Es más, les concedía un gran valor; temía su pérdida; los guardaba en una caja fuerte. Durante diferentes períodos los escribió –con pluma de acero hasta 1917 y a lápiz a partir de entonces– con un ligero desfase temporal, basándose en apuntes tomados en agendas y en blocs de notas. En una conversación con Alma Mahler (que tuvo lugar el 24 de marzo de 1928, y a la que ella se refiere en su autobiografía) afirmó ser muy consciente de que él no pertenecía al grupo de los más grandes escritores; aun así, dijo, estaba convencido de que los diarios, cuando se publicaran, estarían a la altura de la obra de los más grandes.

 

Cuando las tropas de Hitler entraron en Viena el 12 de marzo de 1938, la ex mujer y viuda de Schnitzler, Olga, tuvo que emigrar. Dada la situación, no podía llevar consigo el inmenso legado del escritor. Pidió entonces ayuda a un estudiante inglés, Eric A. Blackall, quien se hallaba precisamente en la capital austríaca, trabajando en su tesis doctoral sobre Adalbert Stifter. El estudiante reaccionó con prontitud. Enseguida se puso en contacto con la Universidad de Cambridge para ofrecerle como donación los manuscritos y otros objetos de Schnitzler, y recibió una respuesta inmediata y positiva. Oficialmente, pues, el legado pasó a pertenecer a partir de entonces a la biblioteca de la universidad inglesa. Conservado en la casa de Schnitzler en la Sternwartestrasse, en el distrito XVIII, se convirtió en propiedad de una institución británica, y el despacho que lo contenía quedó debidamente sellado por el consulado. El sello en la puerta de esa habitación impidió la entrada en la misma de los destacamentos policiales que en las semanas siguientes a la anexión de Austria registraron la casa en varias ocasiones con la intención de confiscar cuanto pudieran.

La obra de Schnitzler, considerada «decadente», estaba por supuesto prohibida en la Alemania nazi. En su correspondencia con los responsables de la universidad, Blackall se comunicaba mediante siglas, seudónimos y palabras en clave: el legado era el «hijo». El 23 de mayo de 1938 doce grandes baúles arribaron intactos a Gran Bretaña; al día siguiente llegó también Olga Schnitzler, que permaneció un tiempo en el país para ayudar a revisar y ordenar el material, parte del cual se llevó luego a Estados Unidos. No puede afirmarse categóricamente que los diarios estuvieran incluidos en el material que llegó a la biblioteca de Cambridge. Sea como fuere, sí estuvieron en Estados Unidos y sí se encontraban en el llamado «legado privado» de Schnitzler (diarios y correspondencia) que su hijo Heinrich trajo de vuelta de América cuando regresó a Viena en 1957. Hoy en día el manuscrito de los diarios de Arthur Schnitzler se halla en el Archivo de la Literatura en lengua alemana de Marbach, donde fue depositado el año 1982.

 

El objeto de esta edición, que, por así decirlo, resume en uno solo los diez volúmenes que los diarios de Schnitzler ocupan en la edición de la Academia de las Ciencias austríaca, es ofrecer una idea lo más amplia y cabal posible de su contenido. Además de hacerse una lectura detallada del original, se estudiaron las obras del autor, así como los textos biográficos canónicos de Ulrich Weinzierl, de Konstanze Fliedl, de Reinhard Urbach, de Giuseppe Farese, de Hartmut Scheible, para tener en cuenta, a la hora de la selección, los datos, momentos y relaciones esenciales y decisivos de su vida.

El autor de esta selección es consciente de haber incumplido en cierta medida la voluntad expresa del autor, quien en su disposición testamentaria del 16 de agosto de 1918 manifestaba que los diarios no habían de ser «abreviados». La edición de la Academia de las Ciencias austríaca cumplió con este requisito, pero nuestro caso es distinto, pues estamos hablando de una traducción, de hacer llegar el texto a un público lector de habla castellana al que no se le puede exigir el mismo conocimiento ni el mismo interés por el autor y sus circunstancias que a los lectores de lengua alemana. Algún día tal vez se acometa la descomunal y hermosa tarea de traducir íntegros los diarios; en cualquier caso, hasta entonces habrá un volumen que servirá para introducirse en esta obra que el propio autor valoraba altamente.

Así y todo, se ha procurado proceder con el máximo respeto al espíritu de los diarios. La mayoría de los apuntes correspondientes a un día determinado se han mantenido íntegros, con sólo muy contadas excepciones, para que el lector pueda captar con exactitud la forma y el funcionamiento del texto. La única modificación que se ha introducido afecta a las iniciales. Para nombrarlas, Schnitzler recurría muy a menudo a las iniciales de las personas a las que mencionaba: no tanto por un afán de ocultamiento como para agilizar y simplificar la escritura (su letra, por cierto, es considerada muy difícil de descifrar). Para esta edición en castellano, sin embargo, se ha decidido poner los nombres completos, para facilitar así la lectura y la identificación de las personas aludidas. Sólo se han conservado las iniciales cuando es presumible que las empleara el autor con un propósito de ocultación, como ocurre sobre todo en el caso de las amantes. Así, por ejemplo, Marie (Mizi) Glümer es, en los diarios, Mz. Más adelante, a partir de la relación de Schnitzler con Marie (Mizi) Reinhard, se convierte en Mz. I, mientras que Marie Reinhard pasa a llamarse Mz. II o Mz. Rh. En estos casos, y en otros similares, era aconsejable mantener estas iniciales. Otro detalle: se ha conservado el modo en que Schnitzler se refería sistemáticamente a su cuñado Markus Hajek, nombrándolo solamente por su apellido, Hajek a secas, sin emplear nunca su nombre de pila, con lo que denotaba la distancia que mediaba entre ellos.

En la presente edición están representados, uno tras otro, aunque no siempre con la misma extensión, todos los años que abarcan los diarios, desde 1879 hasta 1931. De este modo puede el lector conocer la evolución del escritor desde sus años de juventud hasta su muerte. Tal ha sido uno de los criterios axiales que han guiado al antólogo a la hora de escoger los textos. Otro ha sido ofrecer un abanico lo más amplio posible de las reflexiones, de las inquietudes, de los sentimientos, de las relaciones y de las obras de Schnitzler. Por supuesto, queda un poso de insatisfacción. Una antología es una selección destinada sobre todo a resaltar y hacer brillar los textos y pasajes que no incluye. Aun así, se ha intentado reflejar con el máximo respeto posible el esfuerzo y la obra de unos de los principales autores de la mítica Viena fin-de-siècle.

 

 

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