Prólogos

Escribir los sueños

Fuente: Página/12

Elvio E. Gandolfo presenta Sueños (Híbrida) del investigador de cine, profesor y director de festivales como el BAFICI Fernando Martín Peña, quien participará del Filba.




Por Elvio E. Gandolfo.





Cuando las decenas de textos de este libro fueron apareciendo en Facebook, no los leí. Le pasé por arriba con la vista a un par, y me dije: «Fernando se hace el que sueña. Esto es demasiado consciente». Claramente no era así. Pero tengo una relación de desconfianza con los sueños, o más bien, con los sueños escritos. Una y otra vez un «libro de sueños» me despierta expectativas y después me defrauda. Recuerdo uno de sueños de Graham Greene, por ejemplo. No estoy del todo seguro, pero también uno de sueños de Fellini. En ambos casos me daba la sensación de que lo que aparecía ahí, en la página, era como un «tráiler» no muy conseguido de lo que debía de haber sido el sueño original. Y apilados de a docenas, me iban matando de aburrimiento. Por lo general se usaba el mismo tiempo verbal: «Estaba en una terraza… Corría por una carretera… Me acercaba a una mujer…». Tanto el tono de tráiler (o «cola», o «sinopsis») como la chatura del estilo me fastidiaban, pero por suerte solían ser libros cortos: los terminaba. Incluso recuerdo una ocasión en que tenía que pasar unas horas con mi nieto en su casa. Como él ya había empezado a perderse por entero en la PC con «youtubers» españoles, mexicanos o chilenos, me puse a buscar qué hacer. Revisando la biblioteca vi que en la casa había un ejemplar de El discurso vacío de Mario Levrero. Como es un libro corto que admiro y no releo desde hace tiempo, pensé: «Creo que me da bien para leerlo entero». Fui avanzando, con el desafío de terminarlo en mente. De pronto venía un sueño. Un rato, después, otro. Ante el tercero, pensé con desagrado: «Oh, no, otro sueño», y lo salteé. Lo raro es que no los recordaba de un par de lecturas anteriores. Y cuando contaba la experiencia a otros lectores, me decían asombrados que ellos tampoco.


Muchas veces pensé en leer La interpretación de los sueños de Freud. Como mi hija estudió psicología, incluso lo tuve a mano. Pero nunca lo hice. Para cortar la racha negativa, sí leí dos libros que tienen que ver con los sueños que me gustaron mucho. Uno fue La gran ventana de los sueños de Fogwill. Pero ahí el sistema es distinto: se acomodan hileras de sueños de tema parecido, se teoriza, se opina, se divaga, y hay de verdad un libro, no una mera hilera de sueños. El otro es un libro raro de un dibujante centroeuropeo, el único que escribió: El otro lado, de Alfred Kubin. Es el único extenso libro que transmite el funcionamiento rarísimo de los sueños, ayudado por los dibujos del autor.



El tercero ha sido esta recopilación de sueños de Fernando Peña. Mientras leía las primeras páginas pensaba divertido que ese ha sido un efecto paradójico de Internet. En vez de liquidar para siempre los libros, ha ido produciendo libros compuestos a partir de publicaciones parciales en la red. Uno reciente que recuerdo es el diario del crítico y ensayista Alberto Giordano: fue usado para consolidar una convalecencia de un período depresivo, escrito en decenas de fragmentos a través del tiempo. En ambos casos, el total es mucho más que la suma de las partes. El sistema no es para nada a prueba de fracasos: seguramente habrá numerosos libros basados en publicaciones previas fragmentadas que serán sonoros fracasos en alcanzar el funcionamiento unificado, potenciador, de un libro. (Hablando de fragmentos, los guionistas de Marvel deberían tener en cuenta este sueño de Peña: «Soñé con una superheroína que despedazaba a sus enemigos con la mirada. Se llamaba Fragmenta»). 


Conozco a Peña desde hace numerosos años. Desde el principio me pareció que, además de ser «el hombre del cine» para tantos espectadores y especialistas, siempre fue un excelente autor y armador de libros. El primero que escribió, recuerdo, tenía que ver con los cómicos del cine mudo, y sirvió para que se unieran con Mario Levrero, en la época en que él todavía era un autor de culto estricto, en su mutua admiración total por Buster Keaton y el Gordo y el Flaco. En algún caso, como el extraordinario volumen que unía a los directores de los 60 y los de los 90, imperaba la capacidad de estructurar materiales diversos de distintos autores. En algún otro, se unían las dos capacidades, de autor y compilador. Escribió uno sobre la película de Fritz Lang Metrópolis, a la vez breve y genial. Recuerdo que lo iba leyendo y pensando en cosas que me habría gustado que el libro incluyera. De inmediato, el libro las incluía. Esa sensación de «ser leído» por el autor, en vez de a la inversa, es extraordinaria, rara.


Ahora que leo los sueños de Peña, advierto que esa capacidad es automática. Aunque él mismo no se dé cuenta, funciona por sí sola. Ante todo, va dejando un rastro personal inconfundible. No sólo aparece el gran Fabio Manes un par de veces. Además, se citan actrices y directores del cine argentino, que reúnen la extraordinaria curiosidad y amplitud de Peña para ese campo. O la pesadilla de llegar muy tarde y mal en la organización de un ciclo. O algún «tic» especial de lenguaje. En caso de que llegara de una vez el tan pronosticado apocalipsis, y sólo quedara de su ahora ya bastante voluminosa y variada obra escrita una página de este libro, aquella donde usa la expresión de que una película está «en fílmico», y no «en celuloide», el sobreviviente que la encontrara menearía la cabeza, divertido, y pensaría: «Esto lo escribió Fernando Martín Peña».

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