Entrevistas Autores argentinos

"Hoy escribo desde la alegría"

Una entrevista a Gabriela Cabezón Cámara, que acaba de publicar su tercer libro, Romance de la negra rubia (Eterna Cadencia Editora).

Gabriela Cabezón por  Marcos Brindicci (3) Foto: Marcos Brindicci

Por Cecilia Boullosa.

La de Romance de la Negra Rubia debe haber sido una de las presentaciones de libros más convocantes de las que se tenga recuerdo. La gente se amontonaba en la escaleras, en cada rincón de Eterna Cadencia, hacía fila en la vereda e incluso algunos no pudieron entrar. Literalmente, no cabía una persona más. Pero unas horas antes de que empezara la velada, que incluyó lecturas y música y que duró hasta las 11 de la noche, Cabezón Cámara estaba ansiosa como una cumpleañera, nerviosa ("No me gusta esto del rol de anfritriona, tener que estar muy en el centro"), pero así y todo con ganas de hablar de su tercer libro, Romance de la Negra Rubia, que, según su perspectiva, completa una especie de "trilogía oscura" junto a La virgen cabeza y Le viste a cara a Dios. "Lo que estoy escribiendo hoy, una historia sobre la china de Fierro, es mucho más luminoso".

La novela comienza con la protagonista quemándose a lo bonzo. ¿Qué te interesaba de la idea del sacrificio?

Me resulta muy fascinante que siga funcionando hoy como en la Edad Antigua. Me parece que es un fenómeno antropológico, no ya cultural. Te dicen sacrificios humanos y vos pensás en la era pre-cristiana o en la América anterior a la conquista, en el sacrificio humano religioso. Pero, sin embargo, sigue funcionando. Esta novela empezó a escribirse en  mi cabeza en febrero de 2002 cuando ya la crisis era un desastre y vi una foto en Clarín. La foto, en blanco y negro, mostraba en el centro un tipo prendiéndose fuego y las botas de dos milicos, dos canas, saliendo de cuadro,  claramente huyendo. Eso pasó en Neuquén. El pobre tipo tenía 31 años, 7 hijos, era canillita y estaba resistiendo un desalojo. Había dicho "si entran me prendo fuego" y entraron y se prendió fuego. Lo llevaron a un hospital, el tipo agonizó unos quince días, se murió y mientras tanto desalojaron a la gente. El día que se murió hubo una batalla campal entre los compañeros de él y la policía.  A los 15 o 20 días el gobierno de Neuquén decide, cual Zeus tronante, darles una casa a las mismas personas que antes había desalojado, pero pone como condición que se casen. Entonces la siguiente foto que se ve en el diario era de unos tablones sobre caballetes, mucha gente y arroz que caía. Porque les imponen, graciosamente, que se casen y formalicen sus vínculos ante la ley. Me pareció que lo que había hecho este hombre al quemarse había funcionado como una ofrenda.

Pero en el caso de Gabi, la protagonista de Romance de la Negra Rubia, se salva y se arrepiente de haberse quemado.

Se arrepiente después, ella sobrevive y piensa ¡tendría que haber matado a los canas!

El sacrificio se muestra como forzado por las circunstancias o por alguien, no hay un sacrificio autónomo o voluntario.

Si lo pensás en términos de cristianismo hasta el propio Cristo dice, como Bartleby, "preferiría no hacerlo". O si revisás la correspondencia de los militantes de los ´70 la palabra sacrificio aparece tantas veces, con una frecuencia tan abrumadora, aunque ellos no tenían la menor idea de la envergadura del sacrificio del que estaban hablando porque pasó después. No, voluntario no es, pero a veces se tiene conciencia. Por ejemplo en Ifigenia en Áulide, de Eurípides, ella se resiste inicialmente a ser sacrificada por Agamenón, pero al final se entrega por el bien del padre.

¿Esa idea que te quedó rumiando desde que viste esa foto cómo se fue transformando durante todos estos años?

En esa epoca yo tenía muchos problemas para sentarme a escribir. Me parecía que todo lo que hacía era malo. Tenía muchos problemas en general. Entonces la fui a ver a Diana Bellesi con dos ideas empezadas y ella me dijo por qué no seguimos con una y esa una era La virgen cabeza. Hace unos años volví con esta historia, me puse a escribirla, escribí algo mucho más sacado, con una prosa más aspera, más violenta, más exacerbada la furia, que después no me gustó. Ahora lo releeo y no está tan mal pero era otra cosa. Y empecé otra vez y salió esto.

Con La virgen cabeza contaste que te había pasado algo similar. De empezar con una prosa más furiosa y después ir graduándola, moderándola.

Creo que lo que me movía antes para escribir era una especie de furia. Ese era el primer empujón. Ahora no me pasa: me llevan a escribir la alegría y las ganas de jugar. A mí me costó mucho poder largarme, pero una vez que ves que hay algo tuyo que es un objeto, que algo salió de tu cabeza, me resultó muy estimulante. Y pude reconectar con esta alegría que me provocaba escribir y dibujar cuando era chiquita. Romance de la negra rubia es el último de una trilogía oscura. Esa primera versión era en tercera persona, pero me cuesta la tercera, me hace enojar, me parece muy trucha. No me gusta ninguna clase de discurso en el que no se sabe quién habla ni desde donde. Son discursos de los que desconfío.

¿Cuáles serían los elementos que encadenan la trilogía?

La virgen está contada como una opera cumbia, rima como una canción. Le viste la cara a dios es un libro escrito en octosílabos y acá la idea del romance remite a esa cuestión formal de los romances, esos relatos más épicos, entre líricos y narrativos. También hay una cuestión con el desalojo en todos: en ser expulsado del propio territorio, en no tener soberanía sobre sí mismo. Lo que estoy escribiendo ahora es más luminoso, más divertido. Es la historia de la china de Fierro, que en Fierro apenas aparece, ni siquiera se sabe el nombre. Y acá yo me pongo a contar. Es una chica rubia perdida en el medio de la pampa que nadie sabe de donde salió. Fierro se la gana al negro que él mata. Ella tiene 14 años cuando empieza el libro, tendría 12 cuando empieza a estar con él, dicen que Fierro se casó con ella para poder cojérsela con la bendición de Dios porque la veía muy nenita. Y cuando se lo llevan a Fierro en vez de hacer como la Difunta Correa que lo sale a buscar, le deja los dos pibes a un matrimonio de peones que eran copados y se va con una inglesa que pasa, siente algo medio de familia con ella que también es rubia. Y se van de viaje juntas a cruzar el desierto, que es todo un desafío porque es un territorio tan de Aira. Es un desafío hacerlo y no hacer un Aira. Pero lo mío es más sobre los vínculos amorosos que van creando entre ellas dos y un perrito, después se cruzan con un peón...

¿Cómo trabajaste la prosa para lograr el efecto de lirismo que recorre toda la novela?

Teniendo en cuenta que la palabra es sonido. Es como si fuera una música, como si fuera una canción. Si no la escucho es que no está funcionando. Suelo prestar mucha atención a la materialidad de la palabra y la materialidad de la palabra es básicamente sonido. También es signo, pero todavía con eso no juego.

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