Entrevistas

“Un glorioso experimento”: la italiana Feltrinelli desembarca en Latinoamérica

Natalia Rovira

Conversamos con Carlo Feltrinelli, autor de Senior service (Anagama), en la inauguración de la librería uruguaya que lleva su sello.


Por Valeria Tentoni. Fotos de Natalia Rovira.


Carlo Feltrinelli fuma sin parar en la terraza del Hotel Montevideo, a diez pisos de altura, unos cuarenta metros sobre el nivel del mar que, en esta ciudad uruguaya, en realidad es río. En unas pocas horas se inaugurará la primera librería latinoamericana de Feltrinelli, el gigante italiano cuya historia comenzó su padre hacia 1955 y hoy día despliega un “mosaico”, como lo llamará el propio entrevistado, que incluye 122 librerías, diez editoriales, una fundación, una biblioteca pública consultada a diario por miles de investigadores, así como alianzas con proyectos como la cadena de librerías La Central en España y absorciones como la del sello Anagrama, desde donde pronto comenzará a funcionar, también, un catálogo en español con el sello Feltrinelli. “Mi rol es, simplemente, el de estar ahí, en el centro, manteniendo las piezas juntas”, dirá sobre la intensa tarea que lo ocupa: ni más ni menos que la de evitar que ese mosaico se convierta en un laberinto.

No está solo en estas tierras. El desembarco uruguayo cuenta con socios tanto locales como argentinos (Pablo Braun y Alejandro Lagazeta, quienes ya trabajan juntos en Escaramuza, y Juan Castillo, propietario de Puro Verso), y tiene lugar en una de las librerías más bellas e impresionantes de todo el continente: se trata del edificio Pablo Ferrando, en la peatonal Sarandí de Ciudad Vieja, construido en 1917 como sede del primer instituto óptico del país. Allí, hasta hace unos meses, funcionaba la librería Más puro verso (uno de sus fundadores, de hecho, es parte del nuevo proyecto). Completamente refaccionada, esta obra majestuosa de arquitectura art nouveau alojará unos 60.000 títulos, además de un café y una nutrida agenda de actividades.

Mientras tanto, Carlo todavía fuma. Habla un castellano esforzado pero correcto, aprendido de quien llamará su segundo padre, Tomás Maldonado, teórico del diseño argentino. Al igual que su madre, Inge, Maldonado es responsable de que aquel niño —que pasaba del cuaderno de tareas a una conversación casual con García Márquez como invitado a la cena, que escribía cartas a un padre viajero en busca de los diarios del Che o la última novela de Henry Miller, y que escuchaba pacientemente cómo le leían antes de dormir— se convirtiera en jinete de este caballo de Troya en el que se han traficado las más nobles ideas con la mejor literatura de nuestra era.

Escritor de un único libro que no se llama a sí mismo escritor, Carlo dedicó ese esfuerzo a la biografía de su padre, el mítico Giangiacomo Feltrinelli. Senior Service, publicado en 1999, cuenta la historia de una editorial, de una biblioteca, de un país, de un partido, de una esperanza y una desilusión común. De un hombre, también. Otro hombre que fumaba mucho y creía, firmemente, que “leer un libro en papel es una acción revolucionaria” y que “el grado de civilización de un país depende de lo que la gente lea”.

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No llegaste a ver a tu papá en acción como editor, porque cuando falleció eras muy chiquito. ¿Cómo lograste aprender de él?

Después de la muerte de Giangiacomo, tuve la fortuna de contar con mi mamá y también con los amigos de mi padre, la “vieja guardia". Ellos me narraron muchas anédcdotas de mi padre, pero la verdad es que también aprendí del catálogo. Todavía hoy sigo descubriendo su amplitud, la articulación profunda de las colecciones. Hay una variedad de propuestas impresionante, es una maravilla. Y además están las historias editoriales alrededor de muchos de estos libros, las historias de las personas que se hicieron cargo de cada colección. Hay un diálogo constante con estas historias. Tengo el orgullo de poder decir que origen de Feltrinelli está honrado por nuestro catálogo actual, que se desarrolla y mantiene su calidad con muchísimos nuevos autores y autoras.

También, imagino, descubrís su labor a través de la biblioteca.

La biblioteca Feltrinelli, hoy fundación, cuenta con trescientos mil libros de consulta. Si te descuidás, te podés perder ahí. La historia de su creación es increíble e intenté narrarla en Senior Service, cómo fue construida en los años cincuenta, viajando por Europa, comprando archivos y correspondencias. Es impresionante la energía que transmite, la fuerza; es como una droga. Hay mucha gente que trabaja conmigo, personas que sienten que esta no es solamente una empresa de libros y librerías, sino que aquí hay una vocación iluminista. Hemos tenido años muy difíciles, errores... Es inevitable, ¿no? Pero al final se impone esta vocación, este imperativo de mis padres. Porque después de la muerte de Giangiacomo, mi madre Inge siguió adelante. Y lo hizo con todo el mundo en contra, con los diarios acusando a mi padre de terrorista, con los bancos tratándonos muy mal. Hemos tenido libros secuestrados, por ejemplo. Después de la muerte de Giangiacomo, muchos autores se fueron. No se sabía si la editorial podría sostenerse. Había abogados que recomendaban reducir todo a siete títulos por año, como bandera. En ese momento teníamos ocho o nueve librerías: me recomendaban venderlas a todas. Publicar mucho menos al año, hacerlo de modo decorativo. En ese momento, mi mamá dijo que no. Decidió que debíamos mantener un papel importante, cuidar el legado. Y fue con mucho sacrificio. En los años ochenta, empezamos nuevamente a abrir librerías en el sur de Italia, en lugares donde casi no había ninguna: Bari, Nápoles, Palermo. La respuesta del mundo estudiantil y de los lectores, en general, fue increíble. Después, la parte editorial ganó mayor crédito. Muchos autores y autoras regresaron, otros llegaron por primera vez, como Doris Lessing, Angela Carter, Isabel Allende o Marguerite Duras. Fueron todas muy exitosas. La Fetrinelli sumó jóvenes autores como Antonio Tabucchi, Stefano Benni y Gianni Celatti, quienes relanzaron el sello. Avanzamos con la red de librerías.

¿Por qué eligieron ir hacia el sur con las librerías en Italia? Da la sensación de que es una región rezagada o quizás despreciada por el resto del país.

No había librerías buenas en el sur. Las pocas que había eran muy tradicionales, aburridas, deslucidas. Las librerías Feltrinelli llegaron con mejores catálogos, con la posibilidad de hacer actividades y funcionar como espacios culturales. En los años 80, esto era una rareza. Hoy por hoy no es tan diferente. El año pasado abrimos una librería en Tarento, una ciudad marítima en la Puglia donde está la industria siderúrgica más grande de Europa. Allí hay un escándalo típicamente italiano, nadie sabe qué hacer con eso, lo han comprado los indios y tiene un problema de contaminación severo —por esa industria mucha gente muere de cáncer—, pero es una ciudad a la vez importante, con puerto. Y allí no había librerías. Bueno, el año pasado abrimos una Feltrinelli y está funcionando muy bien.

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Hago el paralelo por la idea de abrir una librería en Montevideo, un país hermoso pero pequeño; es muy particular la decisión de comenzar el desembarco latinoamericano por acá.

Una de las características del mundo de los libros y la edición es la imprevisibilidad. Si estamos aquí, es precisamente por la imprevisibilidad. No es una estrategia que se haya desarrollado largamente, con consultas y demás. La experiencia con Anagrama y La Central nos ha dado cierta credibilidad, juntos hemos hecho un trabajo fantástico, Anagrama está en un momento espléndido. Pero también es cierto que la experiencia con los socios locales fue clave. Nos entendimos desde un primer momento. Decidimos relanzar esta librería, Más puro verso, que estaba en plena crisis. Una serie de coincidencias nos trajeron hasta acá, y actuamos con un valor simbólico muy claro: afianzar la relación entre América Latina y Europa. Feltrinelli ha sido un puente muy importante en este plano, si contamos la historia de mi padre con Cuba y demás. Quizás pueda venir una estrategia de ahora en adelante, pero por ahora este es un glorioso experimento.

¿Hay un componente grande de intuición en lo que hacen?

Sí, bueno, hay buenas intuiciones y malas intuiciones. También hemos tenido intuiciones muy malas. Pero, al final, después de setenta años, creo que las intuiciones buenas han sido más que las equivocadas. En este caso es una intuición feliz.

Roberta Cesana, en un artículo de la web de Fundación Feltrinelli, cuenta que tu padre ya había decidido, cuando fundaron la biblioteca, separar a la literatura latinoamericana de la española. Y que había pronosticado que en Latinoamérica vendrían cosas grandes.

Sí, pero en la Fundación no hay literatura. Hay muchísimos libros, pero son documentales. La idea, desde el principio, fue hacer una biblioteca internacional, no solamente concentrada en Italia, en el fascismo y el antifascismo, la resistencia, todo eso. Cada país tiene su sección. Tenemos archivos, por ejemplo, muy importantes de Chile. Hay otro sobre Estados Unidos, sobre el mundo underground. Hay archivos sobre China, archivos muy particulares sobre la Guerra Civil en España... En un momento, durante la dictadura, ahí se conservó el archivo del Partido Comunista brasilero. Son trescientos mil volúmenes, un millón de cartas, ochenta mil periódicos. Todo eso está disponible para consulta pública. Siempre hay fila para entrar. Muchas personas quedan afuera y vuelven al día siguiente. Desde hace unos años la biblioteca está en el subsuelo de un edificio muy moderno que construyeron los arquitectos suizos Herzog & de Meuron, y la sala de lectura, que para mí es la más bella del mundo, está en el último piso, entre las nubes.

¿Este edificio fue parte de tu gestión?

Sí. Hay presentaciones, actividades... Es un espacio cultural. Además, allí se hacen muchas investigaciones sobre temas como el futuro del trabajo, de la democracia, las luchas sociales, la sustentabilidad, los cambios urbanos, la opinión pública, los cambios en la era digital. En una colección de libros que se llama Annali, publicamos una muestra de la investigación más importante de cada año. Es un ámbito no solo de conservación, sino también de debate y divulgación. El archivo es una posibilidad de conectarse con el mundo actual y de comprender los cambios, los recorridos de las ideas. En ese sentido, es un archivo dinámico. No nos interesaba una museificación de la biblioteca.

¿La decisión de comprar Anagrama cómo surgió?

Anagrama se fundó en 1969 y, de hecho, el nombre de la editorial está tomado del título de un libro de Feltrinelli: Senso e anagramma, de Giancarlo Marmori. Feltrinelli fue una inspiración, en algún sentido, para Herralde, que luego fue muy amigo de Inge. Conocí a Jorge siendo un niño. En 2009 me propuso la idea de trabajar juntos, en Frankfurt, y empezamos con una participación muy pequeña. La relación siempre fue de lo más cordial y afectuosa. A finales de 2018 compramos el total. Para mí Herralde es un gigante, su trabajo, su obsesión por los libros y su labor con los autores es una fuente de inspiración fundamental. El catálogo de Anagrama es otra brújula, un pozo del que brotan libros fantásticos. De hecho, vamos a comenzar una Fundación Feltrinelli – Anagrama en Barcelona el próximo año. Es un proyecto que está comenzando ahora con la idea de trabajar alrededor del tema de la bibliodiversidad, tanto en el mundo editorial como en el de las librerías en España y América Latina. También buscaremos dar oportunidades de formación.

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Tengo entendido que Feltrinelli va a lanzar libros en español, comenzando con Valeria Luiselli, ¿cierto?

No, en realidad el primer libro de Feltrinelli Editores será El doctor Zhivago, de Borís Pasternak, nuestro primer bestseller. Después viene Luiselli.

¿Y cómo es hacer otro sello en español? ¿No compite con Anagrama?

No... Es algo muy natural, muy simple. El sello Feltrinelli, de hecho, nace dentro de Anagrama.

¿Qué los distinguirá?

En principio nos vamos a dedicar a publicar libros que no hayan sido escritos originalmente en español, serán solo traducciones. El de Valeria Luiselli, en original, está en inglés. Nos dedicaremos a recuperar clásicos y también a publicar libros con una cierta perspectiva epocal. Pero, en realidad, no sé si diría que hay una diferencia grande. Los libros finalmente convivirán, no hay posibilidad de choque.

¿Cuál sería tu rol? ¿Vas a intervenir como editor fuerte al modo de tu papá?

Mi trabajo, en realidad, es estar ahí. Mi único mérito, todos estos años, ha sido precisamente ese: el de estar ahí. Y el de sostener la unión de este mosaico: las librerías, la fundación, la editorial, los otros sellos editoriales. No es que no intervenga en nada, me gusta muchísimo la labor editorial y esa es probablemente la tarea que siento más afín. Pero tengo la fortuna de tener un gran equipo de trabajo, y por eso todo funciona. Claro que siempre hay inconvenientes, es lo normal, pero seguimos adelante.

Sos autor de un único libro, Senior service, que además escribiste sin contarle a nadie, ¿no?

No era exactamente un secreto, aunque es cierto que mientras lo estuve escribiendo no le conté a nadie. Me gustó la experiencia, pero realmente no sabía si publicarlo o no. No soy un escritor. Fue un one shot.

Además de un retrato de tu padre y de un documental de época, es un libro sobre tu figura como hijo de Giangiacomo Feltrinelli. Contás escenas como una en la que, por ejemplo, sos un niño, estás en tu casa, quizás haciendo la tarea, y llega Gabriel García Márquez a cenar. Y esto era algo natural. ¿Qué pensás de la infancia que tuviste, rodeada de todos estos escritores?

No sé si era natural, era mi condición humana. Si sé que, de repente, comprendí que la Feltrinelli era una institución importante. Y me convertí en un servidor de ella. Sé que fui muy afortunado, también de tener a mi madre y a mi segundo padre, Tomás Maldonado, gran sostén en cada momento difícil de la Feltrinelli. Su enorme cultura cosmopolita y su curiosidad intelectual han aportado no poco al carácter de la fundación. Él ha aportado siempre el justo equilibrio al trabajo de mi madre. Maldonado fue como un padre para mí, pero sin sufrir todos los problemas de un vínculo padre-hijo, lo cual fue muy liberador. Él nos ayudó a superar momentos muy difíciles.

¿Qué destacarías del mundo del libro latinoamericano?

Hay situaciones muy diferentes de país a país, y dentro de cada país hay distintas realidades. Hay casos como la Argentina, que es una montaña rusa. Conozco algo de México, Colombia, hoy descubro Uruguay. Me da la sensación de que hay una gran vitalidad en las pequeñas editoriales. Hoy he hablado con el editor de Tinta limón, y su trabajo es sorprendente. Veo que hay ferias de editoriales independientes y eso es bello y muy importante. Veo vitalidad también en las librerías. Aquí en Montevideo, por ejemplo, pienso en Puro verso, Escaramuza, La lupa... Vi muchos jóvenes viniendo a las librerías uruguayas y eso no siempre pasa en Italia. Aunque puede ser una observación un poco ingenua. Y hay autores muy muy interesantes. Pienso en Mariana Enriquez, Benjamín Labatut, la propia Luiselli. Son voces importantes también en Europa. Pienso que seguirán llegando grandes escritores desde América Latina, ojalá una nueva ola.

¿Cuál es tu diagnóstico de la salud del libro?

Yo soy un convencido de que el libro es insustituible. Es el instrumento más eficaz para la continuidad cultural, para el desarrollo de una cultura profunda. En un momento tan primitivo y peligroso de la humanidad como el que estamos viviendo, el libro es un arma poderosa a la que aferrarse políticamente, civilmente. Creo que la lectura y la música son instrumentos para la redención.

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