Entrevistas

Laura Wittner: “En la escritura, a la música la siento en primer plano”

La poeta, traductora y autora de libros para niñas y niños, autora de Se vive y se traduce, visitó el depósito de la librería para leernos sus versos.


Por Valeria Tentoni.


Nacida en Buenos Aires en 1967, Laura Wittner es poeta. Comenzó a publicar sus libros en los años 90, época en la que compartió proyectos y formación con autores como Fabián Casas, Daniel Durand o Mario Varela (también cineasta y director del documental “La vida que te agenciaste”, donde se cuenta esta historia). Obras como La tomadora de café o Balbuceos en una misma dirección ahora están reunidas en el tomo Lugares donde una no está (poemas 1996-2016) por Gog & Magog, y después de ese salió Traducción de la ruta. Mientras tanto, para niños y niñas publicó libros como Dime cómo vuelas, Los entusiasmos, Mi tortugo y Justo antes de dormir, entre muchos otros.

Hace poco, Wittner participó del ciclo de entrevistas en vivo del Club Eterno con Anne-Sophie Vignolles: allí conversaron, en especial, sobre su último libro, Diario de la menopausia (Bosque energético). Pero hubo un libro en prosa antes que ese: el ensayo Se vive y se traduce (Entropía), por el cual todavía no la habíamos entrevistado. Allí, la poeta aborda la práctica que sostiene desde hace largos años, entregando versiones de autores como Katherine Mansfield, M. John Harrison, Gianni Rodari y Leonard Cohen, entre otros. “¿Qué es traducir?” se pregunta una y otra vez en sus páginas.

“¿Cómo es que leo una oración en inglés y mi cerebro elige y ordena palabritas en castellano? A veces trato de frenar el mecanismo en algún punto para observarlo y creo enloquecer”, escribió.


Al leer y releer varios libros tuyos, aparece la sensación de que la traducción es la operación base de lo que hacés, de alguna manera, ¿no?

Qué lindo, me gusta pensarlo así, pero no sé si lo pensé siempre así. Escribo desde que soy chica, y en esa época no sabía otro idioma que castellano, pero es lindo igual pensarlo desde la base de la traducción en el sentido de trasvasar, de pasar una cosa de un lugar a otro, de probar cosas nuevas. Quizás la base es esto de girar, de mirar para un lado y para el otro, y de ver lo que pasa en ese giro. Creo que escribir un poco tiene que ver con eso.

Traducir de realidad a palabra, también.

Claro, de realidad a palabra. El momento en la infancia en que una descubre que puede escribir a mí me pareció muy novedoso; ya tenía mucho mirado y dije bueno, ahora lo puedo pasar a palabra. A ver qué se puede hacer nuevo con esto. Obviamente estoy inventando lo que estoy diciendo porque tenía seis años, qué se yo lo que dije, pero me gusta pensarlo así.

¿Y había muchos libros en tu casa?

Sí, había libros, como hay en muchas casas. En mi casa familiar la biblioteca ocupaba la pared principal del living, y después mi mamá y mi papá en su cuarto tenían otra pequeña biblioteca. También teníamos una mi hermana y yo. Los libros eran una presencia en cada cuarto de la casa, sin ser idealizados ni celebrados, o sea, ni mi mamá ni mi papá se dedicaron a nada que tuviera que ver con la literatura, pero era algo que estaba ahí. Era natural ver a mi mamá o a mi papá en el acto de leer, incluso de leer revistas, de recibir el diario todos los días, de comprar, no sé, la Revista Humor.

Cuando empezaste a escribir para chicos, ¿volviste a eso? ¿Pudiste pensar en que quienes leerían lo que estabas escribiendo iban a ser tan chiquitos como vos cuando tenías esa biblioteca?

Un poco, sí. Cuando empecé a escribir para chicos yo tenía treinta y cinco, treinta y ocho años, pero después rápidamente tuve hijos y fue más la mirada puesta en ellos, en que mis lectores iban a ser tan chiquitos como ellos. Si bien lo primero que escribí para chicos fue antes de tener hijos, fue muy poquito antes, entonces después se dio paralelamente a leer con ellos las cosas que les gustaba leer, no lo mío. De vez en cuando creo que todavía vuelvo a esa percepción de cómo era, sobre todo escuchar antes de yo saber leer, que me leyeran, porque también me leían; una actividad habitual era sentarme al lado de mi mamá o de mi papá y que me leyeran. Mi papá nos leía bastante antes de ir a dormir, o a veces traía la guitarra y nos cantaba. No era obligatorio, no era “hay que leer”, pero bueno, era una de las cosas que se hacían. Se jugaba, se leía. Y a veces vuelvo a esa percepción de escuchar al otro leerte mirando vos el libro, mirando el dibujo de las palabras que no podés descifrar, mirando las ilustraciones. A veces me esfuerzo por recuperar esa sensación.

En muchos de tus libros trabajás con rima, hay un grado de música muy alto, y pienso en que tu papá alternaba entre leerles y tocarles la guitarra.

Sí, en la escritura, a la música la siento en primer plano. Es un poco lo que me lleva, lo que me agarra y me tira, vamos por acá y no por acá, porque por acá está esta música. También cuando escribo para no chicos lo hago así, me parece, pero cuando escribo para chicos le doy rienda suelta total, porque está mucho más aceptado. Igual no es tan fácil a veces que lo acepten. Si bien la rima volvió mucho a la literatura infantil en los últimos veinte años, cuando yo empecé a escribir para chicos nadie en Argentina escribía con rima, parecía algo de otra época. Lo que pasa es que yo traía de mi infancia todas mis referentes, sobre todo María Elena Walsh y Elsa Bornemann y José Sebastián Tallón. Pero ahora sí se escribe mucho con rima. El problema, a veces, con las editoriales es que necesitan vender los derechos de traducción, y les resulta problemático el asunto de rimar en otra lengua. Se puede hacer perfectamente, en realidad. Lo primero que yo traduje para chicos eran unas nanas inglesas que había que reinventar en unas ediciones chiquititas de Sudamericana. Por supuesto que se puede hacer, pero los editores cuando van a comprar derechos si ven que es con métrica regular y con rima piensan esto va a ser un lío, va a haber que reconstruir la rima, y lo que se reconstruya va a tener que tener que ver con la ilustración que ya está. Pero se puede hacer perfectamente y se hace.

Pienso en El pájaro cucurucho, que tradujiste, y está lleno de rimas, de juegos de palabras y de chistes.

Todo eso comprimido tal vez en un poema de diez versos, y con una ilustración de la que no podés alejarte del todo.

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En Se vive y se traduce contás que cuando te proponen en Blatt & Ríos traducir Bocetos de natación, la idea te tienta pero contra tu voluntad. Decís que habías decidido no traducir más novelas porque no se puede vivir de eso.

Las traducciones son esfuerzos gigantes que llevan mucho tiempo de trabajo, muchísimo. Y me da la sensación de que a mí me llevan más tiempo que a otra gente, conozco gente que traduce muchísimo más rápido. Yo soy muy lenta para todo, sobre todo para traducir. Vuelvo atrás, dudo en cada palabra, me pierdo divagando en búsquedas. Cuando no existía Internet, yo traducía mucho más rápido. Traducía con cuatro o cinco diccionarios, y en un cuaderno me anotaba las cosas que no había podido resolver, les volvía a dar una vuelta, buscaba a alguien que supiera de esos temas si necesitaba consultar o me iba a una biblioteca a investigar. Yo traduje, al principio, con máquina, después con computadora, una computadora que no tenía Internet. Pero ahora, teniendo en la misma herramienta con la que traducís la herramienta para investigar, ya directamente me olvido los regímenes preposicionales, se me va toda la certeza y tardo muchísimo. Y lo que me pasa, más que nada en los últimos años, que casi no traduje más novelas, es que me duele el cuerpo. No puedo estar tanto tiempo sentada en la computadora, me empieza a doler todo. Necesito moverme, y si a cada rato me muevo, no avanza la traducción. Hace poquito traduje una especie de nouvelle para Caballo negro, que todavía no salió, de Nathaniel Hawthorne. Es un cuento escrito en 1840 y pico, con todo lo que eso implica, y yo me dije bueno, es cortito, lo voy a hacer. Yo no sé la cantidad de tiempo que tardé, absurda. Es un trabajo que me lo pagaron por adelantado y me lo gasté en las dos primeras compras del supermercado. Dos meses, tres meses después yo seguía trabajando... Y eso que me lo pagaron bien, o sea, dentro de lo que se paga.

Claro, pero no se puede calcular tan fácil el tiempo que llevará, ¿no? Porque es un trabajo de escritura.

Exacto, no se puede calcular. Y traducir es un trabajo que para mí implica un compromiso mayor que mi propia escritura. Porque yo de última puedo decir desisto, o termino acá, esta es la extensión que le quiero dar; o puedo decir bueno, esto no me quedó del todo bien, pero es lo que puedo. Pero cuando tengo el compromiso con otra persona, que es el autor o autora de lo que yo estoy traduciendo, necesito que quede lo mejor realmente posible. No hay manera de escaparme de eso como si puedo escaparme de mi escritura, que después de todo nadie la está esperando tan ansiosamente. Cuando firmas un contrato para traducir, tenés que entregar tu trabajo bien hecho.

Me pregunto si hay libros que hubieses deseado traducir a pesar de su extensión o su dificultad, que te hubiese encantado que te toquen a vos.

Al principio quería traducir todo. La primera vez que me dieron una novela para traducir era lo que yo había imaginado toda mi vida, una felicidad absoluta. Quería que me dieran todo. Yo iba a buscar el libro, que me daban en físico, a la editorial, al principio Sudamericana, después La Bestia Equilátera. Me volvía con ese libro en inglés a mi casa pensando esto es espectacular, esto lo voy a traducir yo y después va a existir en libro. No me importaba cuántas páginas tenía, ya en el colectivo empezaba a mirarlo... Después eso se me dio vuelta: no te puedo creer que yo esté bodoque lo tengo que traducir. Por más que me encantara, se me volvió muy sufrido. Pensaba: ojalá pudiera leer esto sin tener que traducirlo yo. Ahora lo que sí me gustaría es traducir poesía, libros de poemas. Eso lo pondría a hacer, porque un día traducís un poema, otro día otro... No es estar ocho horas sentada. Eso ya no lo puedo hacer más.

¿Es una práctica que no se puede sostener muchos años? Aira dejó de traducir también, por ejemplo.

La mayoría de la gente deja de traducir en un momento. Aunque hay gente que sigue, Inés Garland sigue traduciendo, me admira muchísimo, pero creo que es muy difícil sostenerlo en cierta edad. Especialmente si tenés que mantener una familia. Si tenés que mantenerte a vos solo, tal vez es distinto. Si no tenés que pagar alquiler y no tenés grandes gastos.

¿También das taller de traducción?

A veces, sí. Antes daba todas las semanas. Yo todo lo voy dejando. Además, yo no estudié traducción. Hay gente que enseña a traducir con herramientas más serias y pedagógicas, por un lado, y también con herramientas de haber estudiado traducción, que cuando empecé a traducir no encontré dónde estudiar traducción literaria. Yo empecé a traducir desde la escritura. Entonces no sé si enseño... En general, en los talleres lo que hacemos es que yo propongo un poema, que casi siempre se llevan y traen ya traducido. Alguna vez hemos traducido en vivo, pero en general cada cual trabaja ese poema en su casa, lo trae, y lo que hacemos es que cada quien lee su versión y vamos discutiendo entre todas y todos qué es mejor para cada uno de esos problemas. Sobre todo, con qué problemas nos enfrentamos al traducir la poesía en general, y con qué problemas nos enfrentamos al traducir este poema en particular. Y no es que yo diga no, esto se hace así, porque realmente muchas veces pensé algunas soluciones y otras personas que integran el taller pensaron soluciones que me parecen mejores, y tal vez a una persona se le ocurrió una solución genial para un verso y a otra para otro verso. Es más que nada eso, conversar y discutir y que cada cual pueda de ahí extraer herramientas para cuando después traduzca en su casa sin esa discusión, que me parece lo más fructífero: ver lo que hacen los demás con ese mismo problema.

Me encanta esto de plantearlo en términos de problemas y soluciones, que quizás cuando escribimos, no sé si es tan claro. ¿Con qué problemas te encontrás cuando escribís vos tu literatura, tus ensayos, tus poemas, y qué soluciones has ido, por ejemplo, descartando con el paso del tiempo?

Tengo la sensación, cuando leo cosas viejas mías, de que yo no cambié nunca. Uno de los problemas con el que me encuentro a veces es ese: noto que estoy volviendo a un mismo carril que ya fue transitado, a una misma ruta que ya está muy horadada por mí misma. Incluso a veces me pasa que cuando termino de escribir un poema, me digo: es el mismo que este otro que escribí hace veinte años. No tiene sentido, lo descarto.

No sé si se puede hacer otra cosa.

Claro, no sé si se puede hacer otra cosa. Hay gente que aconseja mucho: evitá repetirte. Yo me repito en todo, no solamente en la escritura. Por supuesto que trato de no repetirme en lo que me es doloroso, en lo que me es conflictivo. Bueno, para eso está el análisis. A veces uno lo logra y a veces no. No es que no reflexione y que no lo vea, pero es muy difícil no volver a eso. Yo para esto siempre me agarro del poema ese de Sonia Scarabelli que se llama "Ni para contar cinco”. Empieza diciendo: son muy poquitas al final las cosas sobre las que escribo, algo así. Y las enumera. No lo sé de memoria, pero es un poema hermosísimo. Y pienso siempre eso, que a una no le alcanza ni para contar cinco los temas, las cosas sobre las que escribe. Y de eso ya no me escapo, porque sé que aunque crea que estoy empezando por otro lugar, entro por otra puerta para volver a lo mismo.

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