Entrevistas

“María Moliner fue la lexicógrafa más importante de la historia de la humanidad”

Andrés Neuman visitó la librería para una entrevista alrededor de su nuevo libro, la biografía novelada de María Moliner, Hasta que empieza a brillar (Alfaguara).

Por Valeria Tentoni.


Andrés Neuman nació y pasó su infancia en Buenos Aires, pero terminó de criarse en Granada, España, país donde actualmente reside. Estudió Filología, trabajó como profesor universitario y a los veintidós años resultó finalista del Premio Herralde con su primera novela, Bariloche. Le siguieron La vida en las ventanas, Una vez Argentina, El viajero del siglo (Premio Alfaguara y Premio de la Crítica), Hablar solos, Fractura y Hasta que empieza a brillar, su último libro, una biografía novelada de la lexicógrafa María Moliner.

Además, ha publicado libros de cuentos como Alumbramiento y Hacerse el muerto y poemarios como Mística abajo, Vivir de oído e Isla con madre, que salió hace apenas un par de años. Obtuvo los premios Federico García Lorca, Antonio Carvajal e Hiperión de Poesía, el Firecracker Award for Fiction, otorgado por la comunidad de revistas, editoriales independientes y librerías de Estados Unidos, y la Mención Especial del jurado del Independent Foreign Fiction Prize. Formó parte de la lista Bogotá-39 y fue seleccionado por la revista británica Granta entre los mejores narradores en lengua española de su generación. Sus libros están traducidos a veinticinco lenguas.

“A mí me molesta mucho cuando alguien insinúa, por ejemplo, que no tenemos tiempo de leer, porque leer fabrica el tiempo que no tenemos. Hay que leer porque no tenemos tiempo, precisamente porque la literatura manufactura de otro modo el tiempo, abre huecos donde no había. Nunca vas a tener tiempo de leer si no leés. En eso se parece al tiempo del amor”, dirá en esta entrevista, un extracto de la grabación que verá la luz en el podcast Máquinas de escribir este 2026.



Recientemente publicaste novela nueva pero también un libro de poesía, ¿cómo imaginás te acompañarán estos géneros conforme pasen los años?

La poesía es más comprensiva con los estragos y asombros del tiempo, porque si vos te dedicas a la novela pura y dura, la novela de estructura, de creación, de personajes o simplemente de manejo de grandes estructuras, no sé si se puede sostener, salvo casos de salud absolutamente paranormales. Es muy exigente desde la disciplina física y desde la capacidad de atención. De pronto, la poesía te protege de ciertas cosas, en la novela sentís el estrago del tiempo, el desgaste, el no llegar, hay algo de ir muriendo antes de llegar a la orilla. La novela te muestra tus límites físicos y hasta emocionales, en términos de que es un proyecto un poco disparatado, digamos. Hoy en día escribir novelas es para mí una forma fructífera de locura, de resistencia frente a la lógica productiva, salvo que te dediques a cierto tipo de novelas que no nos interesa leer, pero si estamos hablando de literatura, es un proyecto desaforado escribir una novela, es decir que te obliga en muchos momentos a preguntarte si no carece de sentido estar nadando contracorriente de ese modo, contra tus propias energías, contra el ritmo del mundo, contra las dificultades intrínsecas de la estructura literaria. En cambio, creo que la poesía te aloja en un espacio en el que tiene sentido qué hago con el tiempo y qué hace el tiempo conmigo. Los poetas de la senectud, de algún modo, alcanzan el lugar natural de la poesía. No es contra natura, es hacia el extremo de la naturaleza. Estaba pensando en un poeta español, José Antonio Muñoz Rojas, que vivió casi 100 años. Llegó a esa edad escribiendo, no hecho un vegetal, cumplió un siglo en estado verbal y tenía un libro divino que se llamaba Objetos perdidos, donde contaba que ya nunca sabía dónde dejaba los anteojos, donde dejaba el vaso, que su casa se había convertido en un jeroglífico de objetos extraviados, era un hogar de objetos perdidos. No es que a pesar de su edad haya escrito ese libro, sino que sólo a esa edad se puede escribir ese libro, o que alcanzó esa edad para escribir ese libro. No lo estoy idealizando, al contrario, me parece que esas edades son tan extremas en ciertos sufrimientos y pérdidas. Una cosa que me interesa mucho en mi novela Fractura, por ejemplo, es qué pasa cuando te quedas sin pares, cuando sos el último superviviente de tu comunidad generacional. Es un tipo de soledad muy específica. Pero precisamente por eso, por la radicalidad de esos padecimientos, me parece que la poesía es la crisálida final, el punto de llegada. Decir, bueno, entonces el viaje a la semilla era esto, estar escribiendo un poema en este estado sin par.

Imagino que también el exilio puede ser un poco así, ¿no? ¿Cómo fue tu experiencia al irte a vivir a España tan chico? Me refiero a la experiencia como lector y escritor en ciernes en ese exilio.

Sí, es un poco así, de forma menos evidente, pero te vas encontrando con fragmentos de esa soledad. La mayoría de mi familia se fue, como es previsible imaginar, al principio de la dictadura. A mi tía Silvia, la hermana de mi papá, la secuestraron. Ella era librera, así que está bueno recordarlo esto en una librería, y tenía una librería de un título trágicamente metafórico que era “Jaque al libro”. Estuvo secuestrada, torturada, además estaba embarazada, e inexplicablemente ese niño que es mi primo Pablo, sobrevivió, reapareció, por una serie de gestiones muy azarosas, mi familia consiguió sacarlos y por supuesto salieron destrozados y corriendo, y entonces hicieron su vida en España. Pero mi mamá y mi papá se quedaron. Mi mamá era violista del Colón, de la filarmónica.

Esto se puede leer en Una vez Argentina.

Está ahí, tenés razón. Me alegra que mis padres decidieran resistir y quedarse, porque si no yo no hubiera tenido una infancia argentina. Estuve en Buenos aires hasta los 14 años recién cumplidos. Es toda mi infancia, y toda mi vida adulta, mi formación, mi vida profesional y familiar ahora es española, pero toda mi familia y mi infancia es argentina. En ese sentido estoy muy dividido, bifurcado, como queramos llamarlo. Recuerdo la salida de Argentina como una decisión irreversible, porque vendimos la casa y todo. Nos dijeron, a mi hermano y a mí: elijan tres juguetes. Y nos fuimos. Muy abruptamente terminó mi vida argentina y empezó la extraña vida española y además andaluza, porque si nos hubiéramos ido a Madrid o Barcelona hubiera sido como un movimiento clásico, pero no, nos fuimos a una pequeña, hermosa y remota ciudad de provincias andaluzas, Granada, que tiene 250.000 habitantes, y está rodeada de montañas. El primer día de escuela me di cuenta de que no se podía hacer un chiste en código compartido, y ahí empezó la sensación de exilio.

¿Ya escribías ahí? ¿Fuiste un niño escritor?

Sí, era un niño que escribía. Nunca sospeché que sería mi oficio, no tenía ni idea de qué trabajaría, pero sí tenía la certeza absoluta de que me iba a morir escribiendo por la sencilla razón de que es de las pocas cosas que se me hacían gozosas y soportables en la vida. Al escribir, se me refutaba el lugar común de que huía de la realidad. Es un refugio de lo real, porque en efecto la realidad es insoportable, y al ser insoportable la vivimos esquivando. Pero en cambio con la escritura yo sentía que por fin podía asentarme en lo real, que si no escribía, me desrealizaba. No lo ponía estas palabras, evidentemente es una conclusión a posteriori, pero quiero decir, solo sentía que estaba vivo de verdad cuando escribía. No sentía que me iba a otro lado, sino que decía estoy acá, soy yo. No sé quién soy, pero evidentemente estoy acá escribiendo. La sensación de aterrizar por fin en el instante. Eso me generó una especie de adicción inmediatamente, porque cuando no escribía o no leía sentía que me iba volviendo un fantasma, perdía cualidad real. Entonces claro, como no quería deshilacharme del todo, desarrollé esta adicción a escribir que para mí no tenía ningún matiz profesional, era un modo de aferrarme a lo poquito que era.

Pasando a tu nueva novela, hablabas hace un rato del tiempo que lleva escribir una, de lo monumental de un proyecto así. ¿Cómo fue con Hasta que empieza a brillar?

El interés por doña María, la razón más práctica, más concreta, de ese interés, es que estudié filología, me apasiona la lingüística, y cuando estudiaba el diccionario de María Moliner se convirtió en una herramienta sagrada, o lo contrario, desmitificadora frente al diccionario canónico de la Academia Española, que igual me encanta estudiar -colecciono ediciones del diccionario de la Real Academia-. El recorrido, no ya de nuestra lengua, que por supuesto, sino de la propia institución académica, es de una riqueza, una contradicción y unos conflictos fascinantes. Pero frente a eso, el diccionario de María Moliner siempre supuso otro modo de pensar la lengua. En María Moliner convergen muchas periferias con respecto a su identidad como hablante. La más obvia de ellas es que era una mujer en una época en que literalmente no se podía ser académica de la lengua, y nunca la recibieron en la Real Academia Española. Fue la primera mujer oficialmente nominada como candidata en casi 300 años, porque después de publicar su diccionario era imposible no nominarla. Y sin embargo perdió esa votación del otoño del 72, que es la escena con la que arranca la novela. Esa periferia del género es tan grande que a veces nos olvidamos de las otras. Había una periferia también de clase: algo que en Argentina no se menciona y a mí me genera mucha curiosidad es que el papá de María Moliner abandonó a la familia y desapareció en Buenos Aires. María Moliner tenía 12 años. En ese momento su vida entra en una precariedad que le costó mucho levantar. Toda su juventud tuvo una enorme conciencia de la precariedad material con respecto al acceso a la educación, a la cultura, la relación entre el conocimiento y el dinero. Se convirtió en una niña trabajadora y una estudiante autodidacta. Y estaba en la periferia académica, porque ella no era filóloga, no había estudiado, no tenía la formación que se le presupone, y sin embargo, sin ninguna, duda fue la lexicógrafa más importante de la historia de la humanidad y ni que hablar de nuestra lengua. Y finalmente estaba en una periferia política, porque ella escribe su diccionario con un pasado republicano que la manchaba y la inhabilitó de por vida para cargos públicos. Fundó un centenar y medio de bibliotecas rurales. María Moliner, y esto nos da el retrato humanista de ella, es una bibliotecaria que estudió historia y escribió un diccionario. Esa era la amplitud de su mirada.


Me gustaría detenernos en los epígrafes y en el título del libro, tomado de Emily Dickinson.

Until it begins to shine. Hasta que empieza a brillar. Y la definición de “contestar” de la Real Academia Española... Bueno, eso es lo que se dedicó a hacer ella, ochenta mil veces. Puntualizar qué entendemos por amor, por política, por madre, por dictadura, palabra por palabra, acepción por acepción y ejemplo de uso por ejemplo de uso, eso es de una disputa infinita y de un coraje incalculable. Hay un dato asombroso: María Moliner escribió su diccionario viviendo en la calle Don Quijote.

En alguna otra entrevista hablaste sobre la idea del diccionario María Moliner como una novela, por la escritura de estos ejemplos, de estos casos.

Yo nunca me había puesto a pensar en estas cosas hasta que leí el diccionario como un libro entero. Cuando estaba estudiando filología, sentí no solamente que era un diccionario más atractivo, más útil y más inteligente y más moderno que el diccionario académico, y ni hablemos del diccionario académico de la época de ella. Y de pronto me digo: ¿por qué sé tan poco? ¿Por qué sabemos tan poco de María Moliner, siendo tal vez una de las hablantes más asombrosas en la historia de nuestra lengua? Nadie pensó todas las palabras de nuestro léxico como ella. Es un artista de la lengua, ¿Qué sé de ella? Y bueno, la respuesta es que nada, casi nadie, salvo que la estudie. Entonces empecé a leer simplemente por desaznarme. Busqué fotos. En la tapa del libro está ella con 22 años y la elegí porque es el primer trabajo que ella tuvo. Ella no quería un marido, quería un sueldo y ahí acababa de conseguirlo, de obtenerlo como archivera y bibliotecaria en el Archivo de Simancas, cerca de Valladolid, que es como una fortaleza de datos. A los 22 años ella consiguió no una habitación, sino un sueldo propio, que era lo que quería. En eso también era muy moderna. No pensó en el amor, ni en casarse, ni en nada hasta que no tuvo su sueldo, cosa que hace más de 100 años era insólita. Seguí investigando y de pronto llegué al dato que me conmovió, que me bajó todas las defensas: su papá la dejó y se perdió en Buenos Aires. Cada dato que iba viendo de ella me iba asombrando más, y pensé: esto es una vida de novela.


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