Entrevistas

“Creo que la filosofía busca la verdad, y que el mejor lugar para encontrarla es la literatura"

Florencia Abadi responde sobre El nacimiento del deseo (Pólvora), uno de los libros más leídos de nuestra sección de filosofía.


Por Valeria Tentoni.


Nacida en Buenos Aires en 1979, Florencia Abadi es filósofa, profesora y escritora, autora de los libros El sacrificio de Narciso y El nacimiento del deseo (Pólvora Editorial). Además es Doctora en Filosofía e investigadora de CONICET, en un campo de trabajo que involucra la estética, los afectos y la filosofía de la historia, en intersección con la mitología comparada, la filosofía griega clásica y el judaísmo.

El nacimiento del deseo, su título más reciente, reúne diez ensayos que indagan el vínculo del deseo con la rivalidad, el conflicto y la paranoia. La vergüenza, la culpa, la traición, la crueldad, el despecho: Abadi profundiza en los mitos y las contradicciones que rodean al enigma del deseo, a contracorriente de la interpretación habitual.


El nacimiento del deseo viene después de tu libro El sacrificio de Narciso: ¿cómo se relacionaron en tu escritura estos dos títulos? 

Creo que El nacimiento es una continuación de El sacrificio en muchos sentidos: profundiza la cuestión del deseo, que estaba ya presente, de una manera menos trágica, menos pesimista, y abandona un poco, al menos en apariencia, a Narciso. También hace algunas rectificaciones. Por ejemplo, en El sacrificio cuando hablo de la idea de misterio femenino y su relación con la misoginia, misterio y enigma son sinónimos, en El nacimiento en cambio aparece una distinción entre misterio, enigma y secreto. También hay temas nuevos, como la culpa, la vergüenza, la deuda, pensados con otros mitos, Adán y Eva, Dioniso o Medea. Pero en esencia, diría que la continuación es clara.

Iris Murdoch decía que la filosofía y la literatura buscaban cosas distintas: mientras que la filosofía buscaba clarificar, la literatura buscaba mistificar. ¿Estás de acuerdo? ¿Cuál dirías vos que es la misión de la escritura filosófica, especialmente en nuestro tiempo? 

Mmm, creo que no estoy de acuerdo. Para decirlo en términos bien impopulares hoy en día, creo que la filosofía busca la verdad, y que el mejor lugar para encontrarla es la literatura. Esto me parece que es lo que hace René Girard, a quien tengo de referente: construye una concepción sobre el deseo mimético, un deseo que nace de un mediador que señala y disputa el objeto de deseo, y para construir la teoría se basa en Cervantes, en Flaubert, en Shakespeare, etc. Él dice que solo la literatura mostró la verdad de la mímesis, que la filosofía jamás pudo dar en el clavo. Yo creo que exagera, pero una exageración no es una mentira. Retomo a Murdoch: ¿la literatura mistifica? Sí en el sentido de que disfraza, pero no el sentido del engaño, que también está implícito en la palabra. Y ese disfraz es la clave de su verdad: el velo sin el cual no hay desgarramiento de velo. La verdad para mí no es un contenido, algo que uno quita el velo y “ahí está”, sino más bien el gesto de desvelar, que exige que haya velo. ¿La filosofía clarifica? A veces, pero creo que como su esencia está en desvelar, mejor que se lleve bien con los disfraces, es decir, con la literatura, los mitos, el cine, las fantasías de la cultura popular.

¿Por qué elegiste un tema como el deseo para trabajar? ¿Qué podés contarnos del procedimiento de escritura?  

No sé si lo elegí, más bien se me impuso. Lo primero que escribí sobre el deseo es el primer ensayo de El sacrificio, que se llama “deseo y odio”, y es un ensayo sobre la pasión, en que aparece por primera vez la oposición entre el deseo –envidioso, odiante, regido por la rivalidad–, y el amor –como cuidado, alianza afectiva, compasión–. El tema me atravesaba en mi vida personal (creo que el sufrimiento de la pasión es un maestro excepcional), y escribía en estados bastante extraños la verdad, tomaba notas en un cuaderno mientras caminaba como un tigre enjaulado por el living. Y mi “método” es: dejar que se arme lo que llamo “la nube”, ese conjunto difuso de ideas y referencias, y recién después sentarme a escribir y dar forma. Claro que después aparecen muchas otras ideas mientras escribo, pero me siento con algo en mente. No escribo todos los días ni por asomo, lo hago cuando tengo ganas y siento que tengo mi nube para bajar.

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¿Cómo leíste y elegiste la bandeja de autores que te acompañan, desde el marqués de Sade a Ovidio? 

En general, las cosas que voy leyendo terminan de algún modo siendo parte de los ensayos. Se va condensando esa nube y todo entra mágicamente de algún modo. Suelo elegir textos clásicos y antiguos, no sé por qué. Nunca fui de estar en lo último, lo actual, la moda. Desde chica me pasaba que todos veían algún programa que yo no, o escuchaban algo que yo no, y quedaba afuera de conversaciones. Hoy se habla de neurodivergencia, quizás sea algo de eso. A Sade lo leí un poco en la adolescencia, y lo retomé cuando dimos un taller con un amigo, y bueno, soy una convencida de que la relación del deseo con la crueldad es un hueso duro de roer, pero que no queda otra que roerlo. A Ovidio volví por Narciso, es la fuente más frecuentada del mito, y cuando leí El arte de amar lo amé mucho. Quizás soy un poco conservadora: es obvio que si agarrás a Ovidio y a Shakespeare te va a ir bien, ¿no?

Hay una larga tradición de libros antiguos de filosofía que funcionaban como “manuales”, a su modo; acompañaban situaciones muy puntuales, ars específicas que las personas podían estudiar para aprender a vivir mejor. Tu libro, de algún modo, se inscribe en ella, ¿no? ¿Cómo pensás a la filosofía en este sentido? 

Bueno, el último ensayo diría que sí, al menos lo titulé “ars erotica”, y juego el juego, digamos, de pensar siete “reglas” del erotismo, haciéndome cargo de que es un intento vano de controlar lo incontrolable. Eros siempre se escapa. De todos modos, mis ensayos sobre el deseo son tan pesimistas que difícilmente puedan ayudar a sentirse mejor, pero es cierto que quizás pueden aprovecharse para vivir mejor, como decís vos, que no es lo mismo. Creo que la filosofía no es pura teoría, que la pura teoría es un invento teórico. La filosofía es una práctica, por eso se vincula a la enseñanza, a la transmisión, a una relación humana y social de transferencia, erótica, asimétrica. Además soy muy fan de ese Foucault que recupera a Hadot, quien recuerda que la filosofía es en su origen una práctica espiritual, y que recién en la modernidad aparece la loca idea de que se puede acceder a la verdad sin una transformación del sujeto.

También sos docente e investigadora. ¿Qué lugar ocupa la escritura en este concierto de búsquedas?  

Al comienzo era una suerte de doble vida escribir textos académicos como investigadora, dar clases en la universidad, y por otro lado escribir ensayos con tono más literario, sin dar cuenta del estado del arte y con libertad para no andar citando cada referencia. Pero diría que con el tiempo fueron confluyendo un poco, y empezaron a aparecer textos más mixtos, las revistas académicas empezar a dar más lugar –un poco al menos- a otras escrituras, y soy muy feliz cuando mis libros de ensayos se reseñan en esas revistas. La escritura está siempre: escribo las clases desde el buenas tardes hasta el hasta luego. Y veo que en esas clases también se va mezclando un poco todo, la filosofía, los mitos, las ideas de los autores que doy con las mías.

¿Qué escritores y escritoras te han inspirado en cuanto al estilo de escritura? 

Sin duda hay uno fundamental: Roberto Calasso. Soy muy mimética así que imagino que todo lo que leo mientras escribo se mete, pero que pueda reconocer, Calasso.

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