Entrevistas

Gonzalo Maier: “La originalidad es una trampa”

El escritor chileno llega a Eterna Cadencia Editora con libro nuevo: Hong. En esta conversación, repasamos sus obsesiones y recurrencias.


Por Valeria Tentoni.


No todos los libros del chileno Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981) han llegado a Argentina, pero sí sus pequeños ejemplares de Editorial Minúscula. Títulos como Leer y dormir, Otra novelita rusa o Cuando cumplí cuarenta conformaron la avanzada transcordillerana, pero a muchos otros, como Piña o Hay un mundo en otra parte, por el momento sólo pudimos imaginarlos. Ahora, Eterna Cadencia Editora publica Hong, que saldrá en simultáneo en Chile y España. Se trata de otra de sus apuestas inclasificables, deudora y traidora en partes iguales del ensayo, la crónica y la novela. Misceláneas, menudencias, historias y digresiones hilvanadas bajo el ángel permanente de Montaigne, en las que un hombre cambia su vida, podría decirse, a partir de la compra de una computadora de pantalla chica, doce pulgadas, marca Dell.

Es en ese cine privado e intermitente, alimentado por la banda ancha, que el narrador se cruza con las películas del cineasta surcoreano Hong Sang-soo. Se abre un espejo donde podría haber un portal, o un portal donde podría haber un espejo: el protagonista de esta historia lo cruza para salir convertido en padre, casi sin darse cuenta, como si fuera una digresión más de las que pueblan estas páginas donde se reflexiona sobre la vida en el mundo del arte. “Lo importante es escribir y encontrar un lugar en que permita hacerlo. El problema (que comparto con Hong y Virginia Woolf y no sé cuántos más) es siempre el mismo: de dónde sale la plata. Quién paga”, leemos.


¿Podemos decir que la neurosis es un componente clave de tu literatura?

Yo creo que sí es una literatura muy neurótica. Está en dos niveles; hay un nivel de temas o de intereses, y hay una cosa con la escritura que encuentro muy controladora. Creo que por eso tiende todo a la brevedad, a la contención, por no querer decir mal, por no querer decir de más, como para tratar de mantenerlo todo bajo control. Al final no sé si es tanto una neurosis como una necesidad de control. A los personajes sí los veo muy neuróticos. Es una neurosis productiva, en el sentido de que permite escribir, imaginar, pensar.

En Hong regresa algo que ya se puede leer, por ejemplo, en Cuando cumplí cuarenta, sobre la idea de ser un público de cine tardío, un placer que llegó en tu edad adulta. Te quería preguntar por la idea de “llegar tarde” a las cosas. ¿Cómo te llevás con eso?

Hay una trampa en la pregunta, ¿cuándo es llegar a tiempo? Yo siempre he estado muy en contra de eso. Mi tiempo es el presente, entonces no me veo llegando tarde. Uno llega cuando llega. Creo que de los pocos talentos que tengo es el de no tener culpa cultural. Digamos, leer cosas a destiempo, leer cosas que están canceladas... O sea, me da lo mismo. No tengo ningún tipo de filtro mayor, entonces llego cuando llego. Creo que puedo vivir en ese estado con bastante comodidad. Lo que sí creo es que hay intereses tardíos, como hay estilos tardíos. Ciertos intereses sí responden a un lugar más adulto, a un lugar más de padre, en mi caso, de persona de 40 años. Uno va encontrando otros interlocutores que pueden ser cineastas, músicos, escritores, poetas, lo que sea.

¿Y cómo empezaste a pensar en que este placer por el cine de Hong podía ser un libro? Es un libro a la vez muy minimalista, ¿decidiste afinar el estilo del libro en paralelo a la obra que estaba inspirándolo?

No fue planificado ni programado, digamos, pero sí fue muy consciente. Era un libro que tenía flotando por ahí, amorfo, y de repente con la idea de la pantalla de doce pulgadas cuajó todo. Está este intento de jugar con un espejo medio deforme, que sería Hong. Veo que había un intento también de mirar hacia atrás y articular no sé si una estética o una ética, pero sí de mirar ciertas formas de hacer, de pensar en los procedimientos, en cómo he venido haciendo cosas, por qué las he venido haciendo. Es un libro que condensa bastante bien ciertos intereses que yo tenía, que aparecen en Leer y dormir, por ejemplo, y ahora regresan de un modo un poco más orgánico.

9789877123876.jpg

En Cuando cumplí cuarenta está todo ese pasaje dedicado a pensar por qué escribir o no novelas, ¿cómo pensaste al género de Hong? ¿Lo pensaste como novela, más en la línea de Otra novelita rusa?

La verdad es que no lo pensé mucho, lo escribí. Tenía en mente un género que en mi cabeza sería como el ensayo literario, muy en la onda inglesa. En general, el género me da lo mismo. Es una decisión de vida que tomé hace mucho tiempo. A mí me gustan los libros. Me gusta leer libros y escribir libros. Eso de si es novela, si es autoficción o si es ensayo era una conversación que estaba entretenida en 2003, 2004, pero ya pasó. Estoy siempre en esta especie de género híbrido, medio incómodo. Igual puedo hacer la novela narrativa, como Piña, que es una cosa súper ortodoxa.

¿Y qué respondés cuando acusan a tus libros de demasiado breves?

Es que ahí, obviamente, no estoy de acuerdo. A mí no me parece que sean breves. A mí me toman muchísimo tiempo, me parecen larguísimos. Yo escribo libros largos, pero cuando los imprimen, los miro y casi no hay lomo. Hay una disonancia muy grande entre el novelón que yo escribí y esta cosa, medio un panfleto, medio un fanzine, que aparece impreso. Imagino que a los poetas les puede pasar algo parecido. Hay gente que puede escribir libros largos, que es otra cosa, pero yo no tengo por qué hacerme cargo de eso. Más allá de si es largo o breve, es cierto que hay un ritmo que me queda cómodo. Hay algo en ese formato que también me parece muy contemporáneo, ajustado a nuestra incapacidad atencional, generacional.

La digresión también es una operación que regresa en tus libros, incluido Hong, ¿cierto?

Sí, a mí me gusta mucho eso. Me cuesta mucho fijar un tema y la aproximación a los temas siempre lleva a otros temas. Es más, creo que una de las cosas más aburridas en la literatura son las novelas de temas, o las películas sobre temas puntuales. Me parece muy aburrido, muy poco sexy. Me gusta que puedan convivir varias cosas al mismo tiempo. En la literatura, ese tránsito tiende a ser más castigado. Creo que en la digresión hay una cosa exploratoria, muy del pensamiento, muy de la conversación, que me atrae mucho. Este es un libro muy conversacional, dialógico, aunque no haya diálogo, porque es como un monólogo y como es neurótico ese monólogo tiene todo el rato un otro presente. Inventa su interlocutor, convive con él, con ese fantasma.

¿Cuándo lo escribiste?

Lo escribí más o menos de una sentada. Te podría decir el año exacto: creo que el segundo semestre del 2022. Y ahí quedó. Escribo en bloques muy breves, como de tres o cuatro meses, y siempre me parece malo, entonces lo dejo todo y luego vuelvo, un tiempo después, y lo sigo editando. Agregué otras cosas, pero siempre más o menos con esa estructura original. Siempre los textos quedan como aparcados un año y luego vuelvo a entrar en esa sintonía. Además, siempre escribo de cosas que tengo muy a mano. Siempre son cosas súper cotidianas, súper cercanas, súper ordinarias. Lo infraordinario. Y hay momentos donde hay que dejar que el texto se aleje, ir, volver, tomarlo, editarlo.

Ya que lo trajiste a Perec, quería preguntarte por esa tradición de Levé, Breinard, OULIPO, etcéctera, ¿te pensás ahí? Vuelvo a la fórmula de “Cuando cumplí cuarenta”, que te resulta muy productiva.

Yo soy un gran defensor y fan del procedimiento, del procedimiento como estructura, incluso aunque no se vea, un poco como en Aira. Si a Aira tú lo miras con suficiente distancia, verás que está el procedimiento, pese a que no sea un procedimiento textual. Levé, por ejemplo, es uno de mis escritores más queridos. Creo que hay también una disposición muy de máquina de producción, en la época de la reproducción. No por casualidad estos libros aparecen en el siglo XX, no por casualidad lo seguimos haciendo ahora. Creo que también habla de una posición muy poco romántica frente a la escritura. Me parece que son estrategias y formas de entender la literatura muy de oficio, artesanales, centradas en la escritura misma. El procedimiento, a su modo, te entrega una libertad: no tengo por qué ser original todo el rato. La originalidad es una trampa.

Artículos relacionados

“María Moliner fue la lexicógrafa más importante de la historia de la humanidad”
Andrés Neuman visitó la librería para una entrevista alrededor de su nuevo libro, la biografía novelada de María Moliner, Hasta que empieza a brillar (Alfaguara).
Laura Wittner: “En la escritura, a la música la siento en primer plano”

La poeta, traductora y autora de libros para niñas y niños, autora de Se vive y se traduce, visitó el depósito de la librería para leernos sus versos.

“Creo que la filosofía busca la verdad, y que el mejor lugar para encontrarla es la literatura"

Florencia Abadi responde sobre El nacimiento del deseo (Pólvora), uno de los libros más leídos de nuestra sección de filosofía.

Del libro a la partitura, de la partitura al libro 

Pablo Dacal y Antonio Birabent presentan sus últimas novedades editoriales mientras Francisco Garamona lanza nuevo disco.

Beatriz Vignoli: “La poesía es mi centro”

La poeta, narradora, traductora, crítica y periodista rosarina se alzó con el Primer Premio Nacional de Poesía por su libro Tálamo.

Ursula K. Le Guin: “Hay que mantenerse buscando un nuevo camino para llegar al viejo”

Diana Bellessi entrevistó a la estadounidense en 1981, y editorial Rara Avis rescató este intercambio en su flamante edición de Las gemelas, el sueño.

×
Aceptar
×
Seguir comprando
Ver carrito
0 item(s) agregado tu carrito
×
MUTMA
Seguir comprando
Checkout
×
Se va a agregar 1 ítem a tu carrito
¿Es para un colectivo?
No
Aceptar