Un viaje por el imaginario de Silvina Ocampo
Martes 21 de abril de 2026
Agustina Rabaini presenta Una nube brillante, un homenaje a los relatos de la escritora argentina con ilustraciones de Gabriela Salem (Editorial mareMíum).
Por Agustina Rabaini
Hubo una vez una escritora argentina que supo desplegar una curiosidad y una imaginación desbordantes en relatos, poemas y cartas. Se llamaba Silvina y fue la séptima hija mujer de Manuel Silvio Cecilio Ocampo Regueira y de Ramona Máxima Aguirre.
Nacida y criada en Buenos Aires, la niña que iba a convertirse en una autora prolífica –la mejor de su generación– creció como la menor en la casa de una familia rica de la ciudad. Desde chica encontró modos de refugiarse –en el último piso, en “las dependencias”, o en un estudio donde dibujaba bocetos y retratos-. Temprano fue moldeando su personalidad, comenzó a hacerse preguntas y fue en busca de aquello que llamara su atención o le sirviera de anzuelo para sus juegos con la plástica y la escritura.
Primero estudió Bellas Artes y, a los 26 años, viajó a tomar clases a París, donde tuvo de maestro a Giorgio De Chirico. Fue recién en los años 30 que comenzó a publicar sus escritos, juegos de invención con el lenguaje, relatos inquietantes, ingeniosos, geniales. inesperados.
Ya de chica era particular y supo que la infancia no siempre es un lugar feliz. Los traumas, el dolor y lo crueles que pueden ser los niños, el descubrimiento de la soledad y del amor como un terreno tan deseado como esquivo y la locura, son lugares recurrentes en sus poemas y relatos. Y aunque sus cuentos suelen tener a los niños como protagonistas, pueden ser leídos por lectores de todas las edades: la infancia, para Silvina, está lejos de ser un paraíso y es un lugar al que siempre regresó.
Vivió gran parte de su vida en el interior de sus domicilios, tejiendo historias de fantasía, inspiradas en la vida real y en los libros que leía (de niña, Andersen, Perrault y los hermanos Grimm). De grande leyó a autoras como Clarice Lispector, y en otros ratos escuchaba música clásica (Brahms) u oía a otros conversar y adoraba los chismes; prefería las reuniones pequeñas a los grandes eventos.
Si no deslumbró en la vida pública como sí lo hizo su hermana más famosa –Victoria Ocampo–, Silvina Ocampo supo edificar un universo propio y asumió riesgos, fue audaz y rigurosa en su escritura.
Su marido, Adolfo Bioy Casares, era doce años más joven y juntos hicieron, de la literatura, un estilo de vida; él alguna vez la definió como “inevitablemente original” y juntos criaron a Marta Bioy Ocampo, la hija del matrimonio de la que solo él era el padre biológico.
De chica, Silvina dibujaba más de lo que escribía y cuando fue grande, decía que dibujaba cuando no podía escribir. A menudo su voz parecía venir del mismísimo adentro, y también era singular, quejosa, trémula, irónica y musical, cuando cantaba. En un documental que le dedicó la cineasta Lucrecia Martel (Las dependencias, 1999), se la oye cantar.
Su mirada rebelde –siempre crítica de lo que la rodeaba–, y su humor disparatado se forjó en los primeros años. Esta mujer "irisada, sabia, compleja, mesurada, inocente, cruel", como la describió su amigo Jorge Luis Borges, desde chica desplegó una curiosidad tan particular como maliciosa. Sus cuentos reflejan sus derivas, viajes creativos que toman de lo de todos los días para ir hacia una zona de sueños – fantástica o siniestra– y nos sumergen en un tiempo que Silvina evoca a través de recuerdos y reminiscencias, sombras, fantasmas, recovecos.
Silvina usaba unos lentes oscuros con marco blanco que hicieron época y se mantuvo al margen de las estridencias sociales y de los eventos de los que sí participaron tres grandes nombres: su hermana, Victoria Ocampo, su marido, Adolfo Bioy Casares, y su amigo Georgie, el propio Borges.
Lo que Silvina estuvo haciendo fue una obra que dio vida y voz a personajes y objetos que antes permanecían callados. Un objeto, un animal, una máscara, un disfraz o un paisaje sostienen hoy sus universos narrativos tanto como la fascinación por el misterio del otro, los vínculos afectivos y los amores siempre difíciles, que la desvelaban.
Tenía fascinación por los animales, por elementos de la naturaleza y por simples objetos a los cuales metamorfoseaba y otorgaba vida propia. A cada recuerdo o motivo de interés, los reinventó para cruzar umbrales.
Y salvo cuando realizó colaboraciones con otros (Bioy, Borges, Wilcock) o escribió a cuatro manos (con su marido, Bioy Casares, en Los que aman, odian), Silvina creó en soledad.
Ya de joven escribía largas cartas, y siguió haciéndolo durante toda la vida, pero a veces no las mandaba. Algunas de esas impresiones e ideas se entrecruzan en sus relatos y a veces asoman como indicios; elementos que abren intrigas y que hay que saber descifrar.

“Y el amor
el amor que es tan diverso,
tan ardiente
y tan puro,
tan impuro,
vagando por los jardines
y por las casas,
trenzándose en el agua de las fuentes,
descalzo,
pordiosero muchas veces,
con un prestigio de sabiduría
que conocen los niños solamente,
la persiguió".
(en Invenciones del recuerdo, su biografía escrita en verso,
hallada después de su muerte).
Entre lo imaginario y lo real, escribió hasta volverse una máquina de inventar personajes adorables, crueles o vengativos, entre otros seres extraños, videntes, voces, fantasmas y otras apariciones.
Como si en algún lugar, ella misma escribiera para vivir otras vidas o para volverse otra, convertirse en otros, metamorfosearse o escapar de sí misma, tantas veces.
“No soy sociable, soy íntima”, dijo la que supo poner en tensión lo femenino en lo cotidiano, eso que, de un momento a otro, podía volverse siniestro.
Silvina Inocencia Ocampo murió en Buenos Aires el 14 de diciembre de 1993. En el medio supo vivir mil aventuras, casi sin alejarse de las paredes de su casa.
En este libro quisimos regresar a algunos de sus relatos más o menos breves –todos fabulosos–, adentrarnos en su universo, un lugar en el que las certezas se escabullen y las puertas llevan a
lugares imprevistos, historias que ondulan hasta volverse laberintos, de la ingenuidad a la ambigüedad y a la perversión.
Queremos homenajearla con fervor, por su creatividad, su poesía y laboriosidad con el lenguaje, por sus historias de amor y de muerte, a treinta años de su partida, ese momento exacto en el que, para los lectores, su obra comenzó a hacerse más visible, como un árbol raro, con brazos abriéndose y ramificándose, como si pintara con palabras o nos hablara desde esa voz que contaba y contaba y nunca quiso dar explicaciones.
Silvina narraba para hacer algo más que recordar; al escribir creaba mundos enteros.
Pero mejor escucharla a ella, en uno de sus poemas más recordados:
La esfinge
El ser más inesperado es uno mismo
hasta las esfinges nos miran con ojos asombrados.