Prólogos

"Creía que podría escribir el libro más largo del mundo": así comienzan las memorias de Patti Smith

Lumen publica Pan de azúcar, de la escritora, cantante y artista visual estadounidense.


Por Patti Smith.



La pluma garabatea por la página «joroba rebelde joroba rebelde joroba rebelde». ¿Qué significan esas palabras?, pregunta la pluma. No lo sé, responde la mano. Esas son las palabras que se forman, y la escritora, alojada en Dolina Charlotty, en un valle del norte de Polonia, lo decidirá más tarde. Charlotty, un nombre que evoca la cara de porcelana de una muñeca abandonada en la hierba por alguna niña mientras va a recoger moras silvestres. No mucho rato, pero sí el suficiente para olvidarla, y a través del paso del tiempo la muñeca abandonada se convierte en Charlotty bajo la lluvia, Charlotty en medio de la nieve, Charlotty destrozada por un perro juguetón. Su cabeza de porcelana acaba envuelta por las sombras de las hayas que crecen más durante las estaciones de nieve, de hojas rojas y luego muertas. Las estaciones de sol apagan el rosa de sus mejillas, pero no logran atenuar la intensidad impasible de sus ojos de cristal.

¿Por qué una cara de porcelana? ¿Por qué no una muñeca de trapo, como la mía, con ojos de botón en una cara de tela? ¿De dónde sale esa afición por aludir a cosas que nunca tuve? Esa atracción inagotable por las cosas que se consideran más finas y se describen en los libros: un chaleco de lino, unos guantes de cabritilla, suaves botas de piel. Rebuscando entre las páginas, como si fueran baúles de un barco de vapor, a ver si encuentro una capa de terciopelo, un traje para disfrazar al Quasimodo en miniatura atrapado dentro de un cuerpo infantil raro. Mi joroba rebelde, mi repulsiva pero absolutamente necesaria joroba rebelde.

Dejo la pluma en la mesa y sin querer me pongo a tararear una melodía de antaño, una canción del pantanoso bosque en el que en otra época me entretuve bajo unas nubes rápidas, seducida por todo. Joroba rebelde joroba rebelde, avanzando con esfuerzo entre los juncos, los inflexibles helechos, sorteando la hierba hedionda y las nubes de mosquitos y otros insectos. Donde me até un martillo pequeño al cinturón, junto con una linterna en miniatura. Partía piedras en busca de su corazón secreto, hacía señales para que los barcos extranjeros me llevaran lejos, y esperaba con paciencia, deseosa de embarcar. Me quitaba los zapatos, seguía los arroyos plagados de algas y escurridizos renacuajos, alerta por si veía el resplandor de cierta moneda que me permitiera entrar en el inframundo. O el canto dentado de una esquirla de vidrio que, cuando se colocara en el punto exacto, se uniría a los fragmentos correspondientes y crearía el espejo de mano que una necesita, y nada menos que de marfil.


Dejo atrás mi labor y entro en el bosque que rodea Charlotty, inspecciono los mecanismos internos de los árboles más vetustos. Encapsuladas en los anillos concéntricos de crecimiento están las fibras de cuatro vestidos blancos, las células vivas de la infancia. Los pliegues almidonados del vestido de comunión. Los frágiles restos del vestido del arte. Un vestido de fiesta, delicado como un pañuelo, con la absoluta ingenuidad del rock and roll, regalado por mi hermano. Por último, un prístino y elegante vestido victoriano, mi vestido de novia, que encarna los votos y las lágrimas derramadas por mi marido, a quien durante un tiempo amé más que a mí misma.

Dios susurra a través de una arruga en el papel pintado, una gota de agua que estalla como una ecuación. Cae la luz en el bosque. Un anciano se sienta en un barril y canta: «Encontré una moneda de oro en el campo, ¿quién me la cambiará?». Una niña se dirige a él. «Tal vez mi muñeca cuando la encuentre. Tiene un monedero lleno de plata». Solo con desearlo, una muñeca se materializa. Charlotty. Primero un brazo luego un torso luego una cabecita orgullosa cuya fija mirada azul ha sido testigo del destierro del serafín y de la combustión de las estrellas que reverberan.

Todo el mundo ha muerto, todo está olvidado, se hace eco una voz. Hago recuento de quienes todavía me acompañan. Me detengo en la cara de mi hermana, ingenua pero sabedora de todo. Mientras ella esté aquí, nuestros recuerdos estarán a salvo. Pero ¿qué será del futuro cuando faltemos las dos? Escribe para ese futuro, me dice la pluma, por el bien del cordero marginado, barrido como ceniza en un ático en llamas. El reloj de arena se vuelca. Cada grano es una palabra que estalla en un millar más, los primeros y los últimos momentos de todo ente vivo.

Me veo a mí misma de puntillas intentando agarrar un libro color carmesí, objeto de la avariciosa curiosidad de una niñita de corta edad. Quería saber qué había dentro, y en el futuro deseaba escribir uno yo. Creía que podría escribir el libro más largo del mundo, registrar los hechos de todos y cada uno de los días. Lo escribiría todo de tal manera que todo el mundo pudiera encontrar algo propio allí. Habría quien se quedara conmigo, habría quien alzara el vuelo. Por mi parte, me arrojaría desde el borde de un radiante montículo iluminado por los rayos de un sol castigador, una viajera singular en busca del jardín de la hora infantil.

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