Prólogos

La novela haiku de Natsume Soseki

Así presenta Amalia Sato Mi almohadón de hierbas (Abducción Editorial), libro que el maestro japonés escribió en tan solo dos días, lejos de la narración convencional.


Por Amalia Sato.


Natsume Sōseki (1867-1916) es quizá la figura literaria que concita el mayor cariño de los japoneses, a quien hasta el manga ha elegido como personaje, y que es parte de la vida cotidiana desde su retrato en el billete de mil yen. 

Sensible crítico de la europeización a toda marcha que arrasaba con un modo de vida y valores feudales, sus ensayos, sus poemas haikusus novelas, son clásicos que se leen con fervor ético. Su infancia desdichada, hijo de padres mayores a los que creyó sus abuelos cuando retornó al hogar —después de unos años de adopción por un matrimonio de criados de su familia—.

Su carrera como especialista en literatura inglesa y su estadía de tres años en Inglaterra que lo postró en la desilusión y acentuó su neurosis.

Su trabajo como profesor en remotos lugares y también en la cátedra de Filología Inglesa, antes a cargo de Lafcadio Hearn. Sus entregas y tarea como crítico literario en el diario Asahi. Un recorrido vital intenso para sus cuarenta y nueve años de vida.

Mi almohada de hierbas (Kusamakura) fue escrita en dos semanas en 1906, en plena guerra con Rusia (1905-6). Según el autor era una novela haiku (haikuteki shoosetsu) —una novela con un propósito ante todo estético— modalidad en la que no volvió a incursionar. En cierta forma reflejaba su experiencia en las aguas termales de Kumamoto, provincia donde se había desempeñado como profesor, feliz estadía que recreó en días en que la sensación de vacío se acentuaba.

Como dirá en su ensayo La civilización del Japón contemporáneo: «Ya no se escucha la voz que pregona a los extranjeros esa tontería de “en mi país está el monte Fuji”, sino la voz altanera que afirma que, luego de la guerra, seremos un país de primera. Un modo harto cándido de enfocar las cosas».  

El título es metafórico y alude al viaje, a la búsqueda, en un ambiente que homenajea al de los estudiosos bunjinga, los literati y pintores calígrafos de los siglos xviii y xix. Un marco natural de observación, caminatas y ejercicios literarios casuales. En efecto, las escenas se van sucediendo como cuadros, contenidos por la mirada de este pintor que huye de una Tokio infernal y se dirige al interior, en la región del sur.

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Como lo harán más adelante otros novelistas, Kawabata o Tanizaki, también Sōseki romantiza un Japón recóndito.

Quizá lo más atractivo sea la creación de O-Nami, una heroína nueva, capaz de la amistad con los hombres, dotada de curiosidad intelectual, con la experiencia de un matrimonio deshecho, consciente de los juegos de seducción y coqueteo donde es capaz de tomar la iniciativa. Calificada de loca por los del pueblo, sigue adelante con su conducta original e imprevisible, tan personal que no resulta un estereotipo de esa modernidad que angustiaba a Sōseki. Es más bien expresión espontánea de una fuerza que sabe convivir con el marco natural de su aldea. O-Nami, con su frescura para decir lo que piensa y siente, con su conducta que puede leerse como extravagante, es una posible respuesta a esa aspiración al individualismo que preocupaba a los intelectuales de la época Meiji. El vuelo vertiginoso de su cabellera en la escena del baño repite el mismo movimiento que la poeta Yosano Akiko exalta en su canto a la liberación, el poema Dulce desorden de la cabellera (Midaregami, 1901).

El protagonista, el pintor, transcurre sus días con una calma recepción psicológica de los acontecimientos, impregnado por aware —conciencia de alegría y pena— en una abstención que retrotrae a ideales contemplativos de otros tiempos. La paranoia por sentirse controlado, la obsesión por los detectives son los síntomas de neurosis de un habitante de una capital en construcción y destrucción permanente.

Este intento de una novela sin pasiones, un tour de force que para algunos resultó en el texto más bello de Sōseki, se demora en el elogio de un Japón tradicional, pero también en la admiración y la cita de sus artistas occidentales más amados: Shelley, Turner, Millais, Sterne, Wilde, Ibsen, Salvator Rosa, Wordsworth, Lessing, Swinburne, Goodall. Tantas citas, que dedica a los artistas chinos y japoneses que tan bien conocía. Fueron ricos y cruciales esos tres años de soledad y padecimientos económicos en Londres, como becario.

El final de la novela abierto, vertiginoso, con un tren que parte, en una tensión sin solución, con esa maldita serpiente que contamina la atmósfera llevando más jóvenes hacia la guerra, cuyo triunfo se promete como el ingreso al Olimpo de las potencias. ¿Inutilidad del repliegue, irrealidad del apartamiento? ¿Qué anuncia O-Nami, la heroína, con su mirada final impregnada de aware?

Antes del sombrío buceo psicológico de sus novelas posteriores, en este derroche de diálogos intrascendentes y frívolos en un mundo bello pero acechado, un interludio que no volverá a repetirse. La maestría del novelista que se demora deleitada sobre la efímera almohada del viajero.

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