Prólogos

"El azar conspira para que redescubramos a Marianne Moore"

"La mejor poeta del siglo XX en idioma inglés", dicen Oscar Fariña y Guadalupe Alfaro al presentar sus traducciones en editorial Fadel&Fadel.


Por Oscar Fariña y Guadalupe Alfaro.


A grandes rasgos, pueden apreciarse dos momentos en el desarrollo de la obra de Marianne Moore. El primero comprende los años en los que una joven de prodigioso y singular talento publicó los poemas que le granjearon casi de inmediato la admiración de los lectores, la crítica más avezada y los poetas más prestigiosos de esa gran renovación de la literatura anglosajona que se llamó modernismo. El segundo abarca la época en la que una escritora madura y cada vez más célebre, incluso entre sus contemporáneos que no leían poesía, se dedicó a revisar y corregir radicalmente su trabajo en las sucesivas reediciones que le exigía su fama. Cuando todo lo que a la distancia sonara superfluo, accesorio, redundante se suprimía sin mayores recelos. Podía ser apenas un verso o una estrofa, acaso (muchas veces) el poema completo. Aquel rigor presbiteriano que de joven favoreció tanto su genio, también la mantuvo a salvo de la autoindulgencia, aquella imperdonable falta de elegancia. Entonces podó con todo. Con decisión de iluminada (lo era).

Sus lectores de la primera época, acaso los más lúcidos, recibían con algún escepticismo los cambios. Entre ellos, T. S. Eliot. Ya en el prólogo de su propia edición de la poesía selecta de Marianne Moore, en 1935, advirtió:

“La propuesta original era que yo hiciera una selección, tanto de poemas publicados con anterioridad como de poemas más recientes. Pero la señorita Moore ejerció primero sus propios derechos de proscripción, de un modo tan drástico, que me he preocupado de preservar más que de reducir.” Hugh Kenner, en el estudio esencial que abre el presente volumen, traducido ahora por primera vez al español a 50 años de su publicación: “[Sus] escrúpulos eran desesperantes para sus admiradores.”

Podría señalarse como ecuador definitivo el año 1951; con la edición de sus Collected Poems levantó la triple corona de las letras norteamericanas: el Premio Pulitzer, el Premio Bollingen de Poesía, el National Book Award. Le había administrado, a la sazón, tijera a todo; y el éxito transformó esas rotundas alteraciones en canon. No se conformaría. Prosiguió con aquel ejercicio radical de compresión que tantas veces había elogiado en sus musas: aquellos animales exóticos, aquellos objetos delicados, aquellos deportistas y trabajadores expertos que a partir de una precisión y funcionalidad absolutas (aunque en la superficie de los versos resultaran construcciones complejas), en perfecta armonía con su entorno y carentes de todo ripio oficiaban de inspiración estética y moral.

El rigor, sí, hace al diamante. Marianne Moore basó sobre esta máxima uno de los proyectos artísticos más sofisticados del siglo XX. En principio la tomó de inspiración referencial, personificada en sus musas, luego la extremó en la técnica. Buscaba destacar la superioridad de lo simple a partir de simplificar la forma. Predicar con el ejemplo, no solo señalarlo. La concisión era, después de todo, la cumbre del estilo. El silencio, si producto de una abstención consciente, el grado máximo de la elocuencia humana.

En Complete Poems, de 1967, en reconocimiento de las preocupaciones por parte de sus lectores más antiguos, una octogenaria Marianne Moore incrustó alcomienzo de su libro magno un epígrafe abiertamente pendenciero: “Las omisiones no son accidentes”. De modo curioso, éste se convertiría, por encima de una legión de versos con aforismos perfectos, en su línea más rememorada. Pero claro: muchos de tales versos perfectos ya ni estaban. Las revistas más populares le dedicaban un sinfín de ensayos fotográficos. Su tricornio y su capa negra eran patrimonio del acervo iconográfico de la Gran Manzana. El personaje había ganado una centralidad contundente. Solo que a la obra que había sustentado tal centralidad no se la podía someter a examen. Estos “Poemas Completos”, y luego la aumentada versión póstuma de 1981, apenas ofrecen un poco más de la mitad de sus poemas publicados en vida. Marianne Moore, que en su cima jamás se hubiera permitido la licencia de llamar completo lo incompleto, tampoco permitió que sus primeras y aventajadas innovaciones (temáticas, formales) tejieran libremente una capilaridad propia en la cultura de su tiempo, y esto afectó su legado a la larga. Si pudiéramos recuperar algo de esa potencia original, sería evidente la pertenencia incontestable de Moore al podio modernista. Sólo restaría definir cómo se reparten los otros dos contendientes el segundo y tercer puesto.

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2.

La Moore que conocemos desde siempre los lectores de poesía en español se constituyó sobre una sangría de décadas. Basada en la última organización de su obra, la más intervenida. La menos agraciada. Aquellas intervenciones, viva Marianne Moore, por lo menos destacaban la preeminencia del proceso sobre el resultado. Una visión proteica en la que un texto nunca está terminado. (La poesía contemporánea argentina, desde hace años tan propensa a decirse: “ya fue, se imprime” podría repasar un poco este escrúpulo). Una vez muerta la autora, entonces, lo que procedía, de modo lógico, era que arranquemos otra vez a intervenir desde el principio. A reescribir donde antes se borraba.

Todas las versiones de la antología que aquí publicamos son las que leyeron sus primeros lectores, sus críticos, sus amigos poetas en el momento en que se publicaron. Recuperamos versos, estrofas, disposiciones formales, poemas completos que no figuran en los Complete Poems. La selección no es nuestra, corre a cuenta de Hugh Kenner, comprende todos los poemas que se mencionan en su artículo. En el mismo orden, para favorecer la lectura cruzada. Si la consideramos en su conjunto, no se puede creer que incluso la secuencia de la serie no sea producto de un estudio minucioso.

El azar conspira para que redescubramos a Marianne Moore, la mejor poeta del siglo XX en idioma inglés. Podría inspirar a la mejor poesía del siglo XXI en idioma español.

3.

Debiéramos, con todo, declarar una salvedad. Hay un poema en el presente volumen que no figura en su forma original: “The Fish”. El exhaustivo tratamiento que Hugh Kenner le dedica al estudio de su composición repone la versión de 1935, editada y prologada por Eliot.

Se trata, justamente, del poema que Kenner toma de ejemplo para mostrar el ajustadísimo tratamiento que hacía Marianne Moore de las simetrías entre las grillas silábicas y la disposición de las estrofas. Luego de una fina descripción de su estructura de ocho bloques (“tiene veintisiete sílabas por estrofa [en inglés], dispuestas en cinco versos en un esquema de marginado tripartito, siguiendo este número de sílabas por línea: 1, 3, 9, 6, 8”), refiere las diferencias que el poema presenta con respecto a su versión anterior: no eran cinco sino seis versos por estrofa, y las sílabas se disponían en 1, 3, 8, 1, 6, 8. En criollo: Moore, en la revisión para el Selected Poems de Eliot, comprimió el tercer y cuarto verso en uno solo, subió una palabra (monosílaba). El detalle parece mínimo, pero los efectos de sentido que descubre Kenner son notables.

Para hacerlo empieza por el final, se sirve de una inversión en la cronología para impulsar sus argumentos.

Dada la riqueza iluminadora de este pasaje, y en función de que es un aspecto tan difícil de apreciar en otro idioma, quisimos replicar, por lo menos una vez, el rigor de las simetrías silábicas. Solo fue posible con la versión de cinco versos. En español, entonces, nos quedó así: 3, 5, 13, 10, 12. Creemos que el esfuerzo no registra antecedentes. Quedará para una inteligencia suprahumana del futuro reponer, además, el patrón de las rimas (aabbc). Conservando, claro está, la riqueza de los juegos con el significado. A ese nivel operaba Marianne Moore.

Sabemos que esta decisión entra en conflicto con la intención fundacional de este libro. Nos amparamos en las palabras de Heather Cass White, quien tuvo a su cargo la edición de New Collected Poems, volumen de 2017 que ejecuta la proeza histórica de recuperar los poemas de Marianne Moore en su configuración original, y de donde tomamos nosotros nuestras versiones: “En la edición, como en las demostraciones matemáticas, se precisa un juicio riguroso, pero la prueba definitiva es la belleza”.

En esta misma línea moral reside la decisión de presentar para esta edición algunos poemas en sentido apaisado. Moore trabaja muchas veces con versos muy extensos, muy intrincados, que en la traducción al español se extienden más todavía. A la hora de maquetar el libro estos versos no entran de ningún modo, y se cortan por cualquier parte. Pero una gran fuente de la gracia de Moore reside en la dimensión visual de sus textos. Era menester replicar las siluetas gemelas de las estrofas. Ya que (por ahora) nos resulta imposible reproducir siempre aquel corset silábico tan caro a su técnica, que lo sugieran entonces esos perfiles en loop.

Queremos dedicar este libro a la memoria de Mirta Rosenberg, a su generoso y temprano empeño por dar a conocer la obra de Moore. En 1988, junto a Hugo Padelleti, tuvo a cargo la primera antología en español, publicada por CEAL, y en 1993 dirigió un excelente dossier para Diario de Poesía con ensayos críticos, entrevistas y un perfil biográfico escrito por Elizabeth Bishop. Si logramos provocar en alguien la mitad de lo que Mirta Rosemberg provocó en nosotros estaremos justificados

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