En defensa de la literatura menor
Martes 03 de marzo de 2026
Prólogo de Juan Mattio a La literatura del tercer mundo en la era del capitalismo mundial, de Fredric Jameson (Ediciones Godot, 2026) .
La obra crítica de Fredric Jameson orbita en el campo de la teoría como un satélite solitario y, a la vez, imprescindible para comprender lo que él mismo llamó lógica cultural del capitalismo tardío. Sus aportes desde el campo del marxismo — un marxismo, hay que decirlo, situado en los Estados Unidos y, dentro de ese universo, especialmente en el ámbito académico — fueron fundamentales para mantener, después de la caída de los socialismo reales y el clima de victoria generalizada que ofreció el neoliberalismo a partir de los años 80s, un foco de teoría radical ahí donde el relativismo lingüístico, especialmente azuzado por la escuela francesa, parecía estar arrasando con cualquier propuesta que propusiera volver a la idea básica de que existe y está en curso una guerra entre clases social es. Desde este punto de vista es difícil pensar en la producción de autores más jóvenes como Mark Fisher, o incluso como Slavoj Žižek, sin la influencia — y, tal vez, la polémica — con Jameson.
Su capacidad, por otro lado, para poner en relación el campo del marxismo con esa sustancia esquiva llamada deseo — que viene , por supuesto, de la teoría psicoanalítica — lo introduce en una conversación que se negó a aceptar las formulaciones teóricas oficiales que se desplegaban en las vías culturales del socialismo oficial. Más cercano a autores como Walter Benjamin o, en general, la Escuela de Frankfurt, desplegó sus hipótesis teniendo en cuenta eso que nombró como inconsciente político y que le permitió construir una serie de ideas que prescindían de las tesis mecanicistas del marxismo vulgar.
Y este libro, que ahora presenta Ediciones Godot, nos propone un Jameson con intención de pensar el Tercer Mundo y, en especial, a Latinoamérica. Pensarlo desde su producción literaria, es decir, desde sus comportamientos imaginarios donde se desplazan y se condensan los restos diurnos del mundo social. No es esta la primera vez que nuestro continente ingresa a su territorio reflexivo. En un prólogo del año 1989 a Calibán de Roberto Fernández Retamar, Jameson ya había ensayado algunas ideas sobre nuestra producción literaria preguntándose, por ejemplo, si existe algo que pueda ser llamado cultura latinoamericana. La cual no es una pregunta menor si tenemos en cuenta que la idea de una unidad cultural continental es, de mínima, novedosa y arriesgada. Novedosa en tanto que la idea de cultura nacional prevaleció durante dos siglos sobre la idea de una identidad latinoamericana. Arriesgada en la medida en que engloba distintos usos de la lengua, diferentes maneras y concepciones en la producción artística, enormes desigualdades socioeconómicas y asimetrías en relación al contacto y la influencia con otras zonas culturales.
En este libro, en cambio, Jameson va a indagar otro tipo de problemas. En lo esencial, la relación entre el canon — fundamentalmente europeo y norteamericano — y la posición que el Tercer Mundo puede tomar en relación a ese dispositivo de prestigio. Por ejemplo, “ Si el propósito del canon es restringir nuestras afinidades estéticas, desarrollar una gama de percepciones profundas y sutiles que solo es posible ejercitar con la lectura de un corpus pequeño y selecto de textos, desalentar la lectura de cualquier otro texto o impedir que esos textos se lean de diferentes maneras, entonces el canon es empobrecedor para el ser humano ”. La idea que subyace parece ser de que el canon es sólo una forma de leer, una manera en la que se nos predispone a la recepción de textos con la expectativa de encontrar ciertas características y cualidades. Dicho de otro modo, si el canon se presenta a sí mismo como la selección de lo mejor es porque presupone que la literatura es o debe ser de determinada manera. La propuesta de este ensayo nos obliga a identificar la operación ideológica que esa afirmación esconde. No habría una sola forma de leer y, por lo tanto, no habría una sola forma de concebir la práctica literaria.
El problema es que esto nos ab re un nuevo interrogante: ¿hay — y es deseable — una forma latinoamericana de escribir literatura? En un mundo donde las tendencias cada vez más abstractas del Capital conducen a mayores niveles de globalización (o al menos así era hasta hace muy poco tiempo) Jameson nos propone que cierto nacionalismo del Tercer Mundo puede ser una estrategia de desacople y defensa. Y aunque a primera vista la idea parece tener cierto potencial enmancipatorio, lo cierto es que deberíamos ponernos en guardia ante sus consecuencias prácticas.

Cuando Jameson dice: “ La forma en que todo esto afecta el proceso de lectura parece ser el siguiente: como lectores occidentales cuyos gustos (además de otras cosas) fueron formados por nuestros propios modernismos, una novela del tercer mundo, popular o realista social, tiende a parecernos, no de inmediato, como algo que ya hemos leído ” está abriendo un desarreglo temporal que deberíamos mirar de cerca. En principio, porque parece describir una literatura — la latinoamericana — que escribe lo que ya fue escrito en las culturas centrales. Es posible notar que acá ya no discutimos la pertinencia del canon como instrumento de organización del campo literario, lo que se nos propone es una distribución desincronizada — con cierto eco condescendiente, también hay que decirlo — en lo que podríamos llamar una división mundial del trabajo literario.
Este tipo de maniobras teóricas fueron, muchas veces, fundadoras de cierta expectativa europea sobre las literaturas latinoamericanas. Se nos de mandaba — y todavía se nos demanda — la producción de un tipo de literatura que tuviera que ver con esa concepción que, al fin de cuentas, no hace más que reforzar la tensión entre centro y periferia.
Y esto fue visto, por ejemplo, por el escritor peruano Mario Bellatin cuando en una entrevista para Entre libros decía: “No sabemos qué estaba pasando por ejemplo en Europa, donde después de la Segunda Guerra Mundial se necesitaba una literatura determinada, y justamente lo que estaban haciendo Robbe - Grillet o Perec, etc, estaba yendo a reflejar esa tragedia, esa destrucción, ese no ir más, y curiosamente nos echaron el pato a nosotros, los latinoamericanos, que teníamos que cumplir el rol de escribir las literaturas que ellos no podían hacer. Entonces Latinoamérica como un espacio de salvación de estas literaturas nos significó retroceder al siglo XIX. Para mí era demasiado curioso y hasta sospechoso que nos obligaran - en esa época - a hacer la literatura que ellos precisamente no podían hacer. Porque si ellos hacían una literatura nacionalista, costumbrista, indigenista, realismo urbano, no sé, todo lo que supuestamente conforma ese canon latinoamericano, devenía en una literatura fascista, porque si eso lo hacían en Alemania pues era fascismo puro ”.
La hipótesis de Jameson parece responder, entonces, a una discusión pertinent e sobre la idea de una literatura mundial, pero su contrapropuesta nos sitúa, como latinoamericanos, en un ámbito relegado y acaso empobrecido de la discusión. Es inevitable volver, en este punto, al Borges de El escritor argentina y la tradición cuando plantea que las posiciones culturale s periféricas deben hacer usos — espurios — de todas las culturas, incluyendo las centrales, sin resguardarse en ningún tipo de localismo o regionalismo refractario. La condición artificial de toda tesis que proponga un ser nacional (ya sea en un país o en un continente) fue la llave que permitió a Borges escribir, precisamente, en sincronía con las propuestas literarias más arriesgadas de su tiempo. La diferencia sustancia entre escribir desde la periferia y no para la periferia.
En algún punto, eso mismo que se supone que está afirmado por el canon, durante el siglo XX, se escribió sigui endo la estrategia de Borges: ¿qué es Kafka sino un judío checo que escribe en alemán? ¿Qué es Joyce sino un irlandés que reniega de la tra dición celta y el gaélico, hace uso de Shakespeare , y escribi lo que ningún inglés de su siglo pudo escribir en su lengua? ¿Qué son Beckett, Nabokov, Katherine Mansfield? Como pensaban Deleuze y Guattari en Por una literatura menor, el canon fue asaltado por la periferia: “ Incluso aquel que ha tenido la desgracia de nacer en un país de literatura mayor debe escribir en su lengua como un judío checo escribe en alemán o como un uzbeko escribe en ruso. Escribir como un perro que escarba su hoyo, una rata que hace su madriguera. Y, para ello, encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto”.
Entonces, a pesar de los cambios y mutaciones que configuran nuestra época, el canon, en tanto forma de lectura específica, si bien es mayormente construido y modelado en instituciones de los países centrales, no merece una respuesta defensiva — cierto nacionalismo, en este caso — sino, más bien, un ataque en sus cimientos desde la periferia. Y ese ataque depende, creo, de toda la astucia de la que seamos capaces convertir el Tercer Mundo en una posición desde la cual enunciar y no, en cambio, una realidad que necesita ser representada. Utilizar el canon y las culturas centrales. Apropiarlas. Usarlas mal. Borro near su fisonomía. Desmarcarlas de su origen. Aportar nuestra propia monstruosidad. Volver así marginal lo que se pretende, ideológicamente, el centro.