Columnas

Un ambiente

El vacío de al lado

"Se ha escrito y pensado mucho acerca de la necesidad literaria de un cuarto propio, tal y como célebremente la formuló Virginia Woolf. ¿Qué decir, sin embargo, en este caso, de la necesidad de un cuarto impropio? ¿Qué clase de soledad, o mejor: qué clase de fantasmal compañía, parece postular, de hecho, para la literatura?"

Por Martín Kohan.

 

Mauro Libertella lo cuenta a propósito de Héctor, su padre, en Mi libro enterrado. Habían conseguido por fin un departamento de dos ambientes para él. Dejó el que habitaba, de un solo ambiente, y se mudó. Un día llegaron a visitarlo sus dos hijos (el propio Mauro y su hermana, Malena) y se encontraron con que Héctor Libertella había puesto la totalidad de sus cosas en un solo ambiente, que habitaba de hecho tan sólo ese ambiente, y que el cuarto de al lado, el restante, estaba vacío: vacío de cosas y aun de Libertella, sin uso y desocupado: “De los dos ambientes conquistó únicamente el living, donde puso una mesa grande de madera con la máquina de escribir, una biblioteca contra la pared y una cama en el otro extremo. El ambiente restante fue palideciendo por el uso nulo, y terminó siendo un siniestro juntadero de polvo y suciedad”.

En Maestros de la escritura, Liliana Villanueva recoge diversos testimonios sobre talleres literarios, de parte de quienes los imparten y de parte de quienes los toman. Una de los asistentes al que dictaba Alberto Laiseca en su casa, menciona esta circunstancia: habiendo dos cuartos en esa casa, todo transcurría en uno, el taller en sí y la propia vida de Alberto Laiseca; el otro cuarto, el de al lado, permanecía sencillamente vacío: “En ese departamento de dos ambientes del que me habló María Virginia, Laiseca sólo usaba el living, donde él amontonaba sus muebles, los libros de tapas forradas de blanco sin títulos ni autor como en una biblioteca anónima, las resmas de papel escrito con su escritura de gigante miope, las botellas de cerveza, los ceniceros colmados de colillas, y quizás también sus miedos. El dormitorio permanecía totalmente vacío”.

Se ha escrito y pensado mucho acerca de la necesidad literaria de un cuarto propio, tal y como célebremente la formuló Virginia Woolf. ¿Qué decir, sin embargo, en este caso, de la necesidad de un cuarto impropio? ¿Qué clase de soledad, o mejor: qué clase de fantasmal compañía, parece postular, de hecho, para la literatura?

 

 

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