Columnas

Un libro escrito para ser leído

The New York Times

Hernán Ronsino escribe sobre El vuelo de madrugada, de Sérgio Sant’Anna (Hueders).


Por Hernán Ronsino.


Un día cualquiera, de pronto, buscando un libro en mi biblioteca descubro un ejemplar de El vuelo de madrugada. No tengo recuerdo de cómo llegó ese libro ahí. Cosa que me intriga. Pero más allá de ese misterio, me alegra saber que hay un ejemplar de Sérgio Sant’Anna para leer. Me habían hablado mucho sobre este autor brasileño fallecido en 2020. Pero nunca lo había leído. Las recomendaciones llegaban de distintos lugares: columnas de Tabarosvky, reseñas de Oliverio Coelho o el mismo César Aira siendo el traductor de muchos de sus libros en castellano y publicados en Argentina por Beatriz Viterbo. Entonces de pronto todo eso sumado, en este caso, a la hermosa edición de Hueders, traducida por Ariel Magnus, me lanzó a la lectura. Descubrir un universo nuevo, con su particularidad, siempre genera una conmoción.

Primero, intento evitar las contratapas para no tener información que condicione la lectura (los efectos que producen las contratapas matan, muchas veces, el trabajo silencioso, digamos, el truco que planea un escritor durante mucho tiempo: surge así un problema cuando los libros se escriben para ser reflejados en contratapas explicativas; cuando un libro no puede ser reducido en una contratapa entonces es un libro que fue escrito para ser leído).

Empecé a leer El vuelo de madrugada pensando que se trataba de una novela. Sant’Anna comienza contando la historia de un auditor que trabaja para empresas farmacéuticas y viaja por distintos lugares de Brasil. En este caso, la historia comienza en un pueblo llamado Boa Vista. El tipo debe regresar a Sao Pablo al día siguiente pero esa noche se le presenta como una noche infernal. No sólo por lo que pasa afuera del hotel –cerca hay un boliche bailable, la música es ensordecedora– también por lo que pasa por adentro de su cabeza – “la imaginación puede ser mucho más aterradora que la realidad”–. Por eso decide bajar a las calles bulliciosas y allí se cruzará con una muchacha que quiere ofrecer sus servicios. En el diálogo con ella y el proxeneta que la ofrece se da cuenta de que la muchacha es una niña. Huye espantado y en el hotel pide el cambio de vuelo, porque sabe que no podrá atravesar la noche sin sacarse de la cabeza a esa niña; teme que su presencia lo haga caer en la tentación. A pesar de la urgencia, logra cambiar su vuelo para el primero que sale en la madrugada. Es un vuelo especial, le dicen. En el aeropuerto confirmará por qué es especial. “La imaginación, insiste el narrador, puede ser mucho más aterradora que la realidad”.

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Ahí hay una clave que despierta cierta alarma en la lectura. Una alarma sobre los bordes y las fronteras. Y cómo funciona en este universo el pasaje al otro lado. En todos los relatos –porque en algún momento descubrí que no se trataba de una novela sino de una serie de relatos, y que además incluye la nouvelle El Gorila– la escritura de Sant’Anna coquetea con la transgresión, la merodea, la insinúa con una escritura sutil y cuidada. Hay otra clave allí: la fuerza de estos textos radica en esa combinación entre la inminente transgresión y la prosa de un estilista.

Pero la transgresión no sólo es una insinuación, también se pone en práctica. Por ejemplo, en el relato “¿Un cuento nefando?”, uno de los más duros del libro. Un muchacho drogadicto, poeta maldito, seguidor de Rimbaud, está celoso de su madre. Cree que su madre sale con un hombre joven y por eso la considera una prostituta. Entonces lanza una amenaza aterradora: “Si puedes hacerlo con él, puedes hacerlo conmigo”. Se despliega una escena dramática donde el hijo viola a la madre. Y en medio de ese horror se produce un viraje en la actitud de la madre que complejiza la escena, la vuelve más perturbadora.

Sant’Anna demuestra a su vez que la combinación de géneros, su transgresión en la escritura provoca efectos más potentes que los que puede generar el dogma o el culto de un género. Por ejemplo, el género weird o también el terror. A veces hay textos que no responden al culto de lo raro o del terror y producen una extrañeza o un terror más lacerante que el que puede provocar el género mismo. La libertad de lecturas y la combinación de herramientas narrativas hacen de un texto, siguiendo el modo de trabajo de Sant’Anna, un artefacto potente e imprevisible. Lo raro y lo fantástico o el terror pueden habitar en cualquier página, de cualquier historia, no es exclusiva de un género. Basta con leer a Sant’Anna para comprobar el horror que produce la realidad que construye en sus páginas.

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