Columnas

Una trama familiar

Hernán Ronsino lee Todas las familias felices, de Hervé Le Tellier


Por Hernán Ronsino.


Hay una larga tradición de novelas familiares. Y en Francia, sin duda, esa tradición tiene grandes referentes. Pienso de un modo rápido, por ejemplo, en Las palabras de Sartre. Esa especie de memoria, de autobiografía en donde la figura de la madre modela sentimentalmente la vida y la mirada del joven estrábico. Traigo a Las palabras de Sartre porque no solo es citado varias veces sino también porque hay, justamente, “un aire de familia”, una aproximación en el modo de pensar esa trama íntima con Todas las familias felices, el libro de Hervé Le Tellier. Tal vez el punto en común sea la forma en que la trama familiar modela la sensibilidad y el deseo de alguien que elegirá pensar la realidad y narrarla.

Hervé Le Tellier es un escritor francés, contemporáneo, con varios libros publicados y reconocido con el premio Goncourt en 2020 por su novela La anomalía. Esa novela se transformó de inmediato en un éxito internacional porque, de alguna manera, la trama estaba jugando o anticipando la anomalía que atravesaba al mundo con la pandemia. Un avión que se dirige de París a Nueva York, luego de atravesar una tormenta se duplica. Es decir, aterrizarán dos aviones exactamente iguales con el mismo pasaje y tripulación. Todo ha sido duplicado. El desafío de la novela está en la diseminación de los iguales y en descubrir lo que puede suceder cuando un mismo personaje se cruce, se encuentre con su propio reflejo.

En Todas las familias felices el tono y la búsqueda es distinto. O, al menos, en apariencia. Porque el modo de narrar las historias y la exploración de una identidad se asemeja como temática. En este caso está enfocado en su propia vida: en su madre, en su padre biológico, en su padrastro, en sus primeros amores. La vida de cualquier persona es importante en la medida que haya un narrador para contarla. Porque cualquier vida es potente y valiosa para ser contada. Como dice Schwob, lo importante es descubrir su singularidad. Y Le Tellier despliega en esta novela, porque así la piensa, como una novela familiar, una maestría narrativa notable para construir personajes, justamente desde su singularidad (la madre desmadrada; el padrastro neurótico que guarda una fortuna; la novia bipolar que lo marca profundamente) y además modela un entramado minucioso. Pone cada pieza en su lugar, pero el despliegue de la trama es por acumulación, no es una flecha que avanza de manera lineal.

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Abandonado por su padre biológico recién nacido, vive con su madre y sus abuelos en el mismo edificio. La curiosidad es que sus abuelos viven en el piso sexto y él con su madre y su padrastro en el piso octavo. Habían fantasiado con tener el séptimo, pero fue imposible. Así que la casa familiar expandida estaba desfasada, sin unidad, atravesada por el departamento de un extraño. Un buen reflejo de una familia disfuncional. Los abuelos actuarán, en sus primeros años, como un refugio ante los brotes y la desaparición también de su madre. A los diez meses de haber tenido a su hijo la madre entró en crisis y “huyó” a Inglaterra. Con el tiempo, Le Tellier supo que su madre no podía con la maternidad y sus abuelos decidieron enviarla a Londres para evitar una internación. Regresó con su nueva pareja, Guy, quien será el padrastro del escritor.

El único recuerdo de su padre biológico aparece narrado por su madre. Su padre le dice a su madre que le gustaría tanto tener un hijo. A lo que su madre le responde: pero si ahí está. Y señala al hijo de pocos días durmiendo. Luego de eso su padre biológico se disuelve. Entonces Guy, su padrastro, encarnó la figura paterna y le dio su apellido. El apellido del escritor: Le Tellier.

Lo que hace de este libro un libro entrañable y duro es el modo en que Le Tellier trabaja con los elementos, cómo los articula, cómo escapa del sentimentalismo, cómo se revisa incluso él mismo, el tono en que retrata alguna situación. La ironía a veces se le escapa de las manos –en especial con Guy, con sus obsesiones– pero ahí aparece también su manera de convivir con eso. No escribe desde una distancia neutral, escribe atravesado por esos padres terribles.

La posibilidad del humor, del juego –como buen miembro del OuLiPo– tal vez sea lo que le permita desplegar un movimiento de aproximación y de distancia cuando es necesario sin que eso afecte a la propia escritura. Una soltura, una fluidez que no pierde tampoco nunca su densidad y su seriedad.

En cada capítulo aparece una cita, en general de autores franceses, que funciona, sin duda, como una huella también de su formación sentimental. Si el libro narra lo íntimo, las citas condensan las marcas de lectura, los golpes que un texto provoca. El título del libro viene de la famosa frase de Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen: las desdichadas lo son cada una a su modo”. Desfilan, entre otros, en los epígrafes de cada capítulo: Sartre, Romain Gary, Queneau, Céline, Modiano. Pero hay una cita que irrumpe como una matriz que contiene al libro. Se trata de la siguiente idea de André Gide en Los alimentos terrestres: “El presente estaría lleno de todos los porvenires si el pasado no proyectase sobre él una historia”. Eso hace Le Tellier en este libro. Contar una historia y, mientras la cuenta, devela su pasado, su sombra terrible.

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