Columnas

Viaje alrededor de una desilusión

Foto por: Alejandra López

Jorge Consiglio inaugura la temporada 2026 de columnas con un relato que trae el clásico de Xavier de Maistre de regreso.


Por Jorge Consiglio.



Durante la secundaria estudiaba mucho. No lo digo con orgullo retrospectivo ni con ironía: estudiaba, simplemente. Segundo año, en particular, fue un ciclo al que le dediqué una concentración casi obsesiva. Entraba a la escuela a primera hora de la tarde y las mañanas —de lunes a viernes— quedaban reservadas para repasar materias, adelantar trabajos o volver sobre lo ya visto. Incluso cuando no había tareas urgentes, me sentaba igual: subrayaba, releía, copiaba. El estudio ocupaba el lugar de un hábito y, como todo hábito, se volvió una forma de disciplina silenciosa. Cuando terminó el ciclo lectivo, ese año, sentí con fuerza algo que hasta entonces no había experimentado del todo: un deseo urgente de huida. Quería irme de vacaciones. Salir de Buenos Aires. Escapar a la costa. Tenía una fantasía minuciosa y persistente: aunque nunca había pescado, me imaginaba pasando la noche entera frente al mar, una caña clavada en la arena, el ruido regular de las olas y largas charlas con mi viejo mientras tomábamos mate. Había algo íntimo en esa escena, algo que no necesitaba demasiados acontecimientos. La desolación nocturna de la playa hacía el resto.

Di por hecho que nos íbamos a ir. Yo era un adolescente y no tenía ninguna posibilidad de viajar solo. Las vacaciones eran, todavía, un asunto familiar. Sin embargo, pasaron los días y no hubo preparativos. Nadie hablaba de pasajes, de reservas, de fechas. La casa seguía igual. Cuando finalmente pregunté qué pasaba, mi viejo me contó que ese año no habría veraneo. El motivo era económico. Si la memoria no me engaña, la excusa fue que la cuota de un crédito se había vuelto impagable. Mi decepción fue tremenda. Sentí la desolación como un yunque en la nuca. Después del sacrificio que creía haber hecho durante el año, consideraba una injusticia no recibir una compensación vacacional. No podía creer que nos quedaríamos en la ciudad. Buenos Aires en verano me parecía una condena. No tenía consuelo. Mi viejo entendía mi aflicción, pero no podía hacer nada para remediarla. La verdad es que yo, en su lugar, no sé qué hubiera hecho. Lo cierto es que él —vestido con ropa deportiva y con los bigotes más renegridos que nunca: lo recuerdo como si fuera hoy— me dijo algo que se me quedó para siempre: “Hasta que no conozcas todos los árboles de la plaza de Villa del Parque no tiene sentido que te muevas de casa. Ese es tu gran desafío para el verano”. Juro que dijo más o menos esas palabras que, por supuesto, no me conformaron. La desilusión y mi deseo de mar permanecieron intactos. Sin embargo, hubo algo en ese pensamiento que empezó a trabajar en mí de manera subrepticia. Creo que entendí —aunque todavía no podía formularlo— que la quietud no era necesariamente una mala opción. Que el ocio, incluso forzado, habilitaba una mirada distinta sobre lo cotidiano.

Mucho tiempo después supe ponerle nombre a esa intuición. La literatura lo llama extrañamiento. Viktor Shklovski hablaba de ostranenie: el arte permitía ver el mundo no como algo ya reconocido, automático, sino como si fuera la primera vez. No identificar, sino mirar. No confirmar lo sabido, sino interrumpirlo, hacerlo trizas. Someter los espacios más familiares a una forma de sospecha perceptiva. Eso fue, de algún modo, lo que mi viejo me propuso sin saberlo. Interrogar a la plaza como si fuera un territorio nuevo. Mirar los árboles no como parte del decorado sino como sujetos, abierto a su extraordinaria complejidad, opacos y luminosos, valga la contradicción. Acercarse a lo conocido con la paciencia de un entomólogo. Explorar sin moverse demasiado.

Décadas más tarde, encontré un libro que me deslumbró y que vino a cerrar, retrospectivamente, aquel episodio. La quietud en movimiento, de Bernd Stiegler. El texto, que estuvo al cuidado editorial del luminoso Christian Kupchik, dialoga con otro mucho más antiguo: Viaje alrededor de mi cuarto, escrito en 1790 por Xavier de Maistre, un militar saboyano que aprovechó un arresto domiciliario para narrar un viaje sin desplazamiento, fundando —casi sin proponérselo— un género entero. El exotismo de lo cotidiano. El viaje como operación mental antes que geográfica. El quid de esa literatura es simple y perturbador: ¿cómo es posible viajar si la premisa es quedarse en casa?

Hoy pienso que aquel verano sin mar fue menos una privación que una experiencia inaugural, aunque entonces no pudiera reconocerla como tal. La fantasía del viaje —la costa, la noche, la caña inmóvil frente al agua— quedó suspendida, pero en su lugar se impuso otra forma de tránsito, más discreta y menos celebrada: la permanencia. No hubo desplazamiento ni cambio de paisaje, pero sí una lenta modificación de la mirada, una atención que, forzada por la quietud, empezó a detenerse en lo que antes pasaba desapercibido. El ocio, despojado de promesas épicas, se volvió una práctica involuntaria de observación, una manera de habitar el tiempo sin la coartada del movimiento. Con los años supe que aquella inmovilidad no fue una carencia sino una condición: la necesaria para que el mundo inmediato dejara de presentarse como evidente.

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