El pájaro muerto
Viernes 27 de febrero de 2026
Con los espectros de Saer y Di Benedetto, Jorge Consiglio regresa a un recuerdo de infancia que cruza animalidad y destino.
Por Jorge Consiglio.
La primera vez que fuimos a La Lucila del Mar teníamos dieciséis años, edad en la que los viajes no se hacen tanto para conocer lugares como para inaugurar estados de ánimo. La casa pertenecía al padre del Negro Mateos y estaba a unas pocas cuadras de la playa, lo suficientemente lejos del centro (un almacén, un kiosco y una ferretería) como para que la sensación de libertad fuese inmediata, casi administrativa: nadie preguntaba nada, nadie controlaba nada, y esa ausencia de supervisión —lo comprendí después— era el verdadero lujo de la zona. Diciembre recién empezaba y el balneario parecía un decorado sin actores. La playa era un espacio en suspenso, como si el verano estuviera todavía ensayándose. El mar, más que un paisaje, era una especie de mecanismo: estaba ahí, funcionando. Respiraba en ciclos, indiferente a nosotros pero, al mismo tiempo, dándonos una importancia exagerada: cada ola ocurría para ser vista por primera vez. A esa edad, los fenómenos naturales no existen antes de que uno los presencie.
Una mañana encontramos en la orilla una foca muerta. Las gaviotas la habían trabajado con una prolijidad que relacioné con un oficio antiguo, transmitido de generación en generación. Sin embargo, el animal estaba todavía entero y las olas lo empujaban y lo retiraban con una insistencia que no llegaba a convertirse en decisión. Ahora que lo escribo, pienso en el cuerpo de ese mono que, al comienzo de Zama, de Di Benedetto, aparecía entreverado entre los palos de un viejo muelle y estaba “por irse y no”. Nos quedamos mirando la foca bastante tiempo; las primeras vacaciones entre amigos tienen la particularidad de revocar la duración de los acontecimientos.
Pero lo verdaderamente extraordinario no fue el mar sino el pinar que se extendía hacia el interior de la provincia. Una tarde entramos a caminar sin plan, obedientes a esa lógica primaria según la cual internarse en un lugar desconocido equivale a conquistarlo. Los árboles eran idénticos, tan perfectamente idénticos que uno tenía la impresión de que no formaban un bosque sino una repetición mecánica, como si hubieran sido plantados con la severidad de una máquina. El suelo, cubierto de agujas secas, producía un silencio acolchado que nos hacía sentir protagonistas de una expedición secreta. Caminamos bastante hasta que apareció la sospecha —no el miedo, la sospecha— de que podíamos no encontrar la salida. Esa posibilidad, lejos de alarmarnos, introdujo una alegría nueva, la alegría abstracta de quien empieza a perderse. Años más tarde, cuando leí Walden, de Thoreau, me sorprendió reconocer en aquellas caminatas algo de ese impulso de internarse en la naturaleza no para comprenderla sino porque el gesto mismo ya parecía suficiente.
Volvimos al año siguiente, convencidos de que repetir el viaje equivalía a consolidarlo. La casa estaba igual, pero el bosque había cambiado. Lo atravesaban unas franjas negras de brea, largas, rectas, perfectamente paralelas, como si alguien hubiese empezado a dibujar un enorme cuaderno de caligrafía sobre el terreno. Supimos después que era el comienzo de un futuro asfaltado, aunque en ese momento la explicación no resultaba necesaria: las líneas se explicaban solas. Brillaban al sol con una elegancia teatral, casi optimista. Auguraban un progreso que todavía no sabía muy bien qué hacer consigo mismo.
Entramos al bosque con cierta nostalgia prematura, que es la forma más inmediata de la melancolía. Entonces vimos al pájaro. Era grande, oscuro, y estaba pegado a una de las franjas de brea con las alas abiertas, en una posición que recordaba vagamente los diagramas de los manuales de biología. Al principio pensamos que estaba muerto, pero no: respiraba. Sus ojos tenían una intensidad que no parecía dolor sino sorpresa, como si tampoco él entendiera el procedimiento en el que había quedado atrapado. Intentamos despegarlo. Nos llevó bastante tiempo, porque cada movimiento suponía una negociación entre la compasión y el asco. Finalmente lo conseguimos, aunque el resultado no fue alentador: el cuerpo había quedado rígido, recubierto por una película negra que lo transformaba en una especie de estatua improvisada. El pájaro no podía moverse. No podría moverse nunca más. Recuerdo que le abrí el pico con un palito —un acto que hasta hoy me resulta inexplicable— y comprobé que también adentro estaba la brea, como si la inmovilidad hubiera colonizado incluso la garganta.
Nos sentamos alrededor a deliberar. En muchos relatos de Saer, la naturaleza no ofrece moralejas ni consuelos: simplemente obliga a decidir. Algo de ese clima, aunque nosotros no lo supiéramos todavía, estaba presente en la escena. Nadie proponía soluciones, porque la única solución posible estaba demasiado cerca de la palabra “matar”, que a los dieciséis (diecisiete) años todavía conserva una resonancia exageradamente ficcional. Alguien dijo que había que hacerlo. No recuerdo quién. Lo cierto es que fui yo el que levantó la piedra. Había una cerca, inesperadamente pesada. El golpe fue único, preciso, y el asunto quedó resuelto con una eficacia que nos dejó en silencio. Durante unos minutos no pasó nada, que es lo que ocurre después de los actos irreversibles. Acto seguido nos levantamos y seguimos caminando. El bosque era el mismo, las líneas de brea seguían brillando, y el olor a resina mantenía intacta su serenidad química. El episodio había ocurrido en un plano lateral de la realidad, un plano que no interfería con el resto.
Con el tiempo entendí que aquel viaje no había sido exactamente una iniciación, tampoco una lección, ni siquiera un recuerdo trágico en sentido estricto. Fue más bien la introducción de una pequeña irregularidad en la continuidad de las cosas. Desde entonces, cada vez que entro a un bosque demasiado ordenado o veo una ruta recién asfaltada, tengo la impresión —leve, casi burlona— de que el mundo se modifica a partir de intervenciones mínimas, decisiones tomadas sin plena convicción que, sin embargo, permanecen allí, pegadas al paisaje, del mismo modo en que la brea había quedado pegada a las plumas del pájaro, silenciosamente convertida en destino.