Poesía

Tres poemas de Juana de Ibarbourou, a 100 años de su primer libro

Las lenguas de diamante

Publicados cuando "Juana de América" tenía solamente 22 años de edad, estos poemas del su primer libro Las lenguas de diamante (Estuario) irrumpieron en la escena montevideana en 1918 y cumplen ahora 100 años. "Su misterio es el peor de todos, el de lo luminoso y el de lo sombrío", predicó de ella Gabriela Mistral.

"Su misterio es el peor de todos, el de lo luminoso y el de lo sombrío", predicó de ella Gabriela Mistral. "Por algo lleva nombre geográfico adobado al de la pila bautismal; no es ningún azar ese apelativo que le dieron y que le deja sola con la América, dueña de la llave inefable de nuestro mujerío".

Juana de Ibarborou nació en Melo en marzo de 1892, y falleció en Montevideo en 1979. Publicados cuando tenía solamente 22 años de edad, estos poemas del su primer libro, Las lenguas de diamante, irrumpieron en la escena montevideana en 1918.

De la edición de Estuario, comentada, que incluye cuarenta miradas críticas, seleccionamos los tres que siguen para celebrarla:

 

 

La pequeña llama

 

Yo siento por la luz un amor de salvaje.

Cada pequeña llama me encanta y sobrecoge.

¿No será, cada lumbre, un cáliz que recoge

El calor de las almas que pasan en su viaje?

 

Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas,

Lo mismo que las almas taciturnas y buenas.

Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas.

Hay otras casi rojas: espíritus de rosas.

 

Yo respeto y adoro la luz como si fuera

Una cosa que vive, que siente, que medita,

Un ser que nos contempla transformado en hoguera.

 

Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado,

Una pequeña llama de dulzura infinita

Para tus largas noches de amante desolado.

 

 

 

 

Insomnio

 

No he podido dormir. Esta noche

Me ha sido negada

La gracia sencilla

Del sueño habitual.

En un zumo de lirios morados

Se anegan mis ojos sombríos y largos

Y en un zimo amarillo de cera

O de vara de nardo marchita,

Se han ahogado las llamas rosadas

Que coloran la piel de mis labios.

 

Si me pongo recta, cruzadas las manos,

La boca estrujada,

Abrochados los párpados lacios,

Parezco una muerta.

El insomnio taladra mis sienes

Con sus siete clavos de vigilia ácida.

Y retoñan, retoñan deseos.

¿Dónde se halla, Señor, el amante

Que mis finos cabellos peinaba

Con sus manos morenas que olían

A mazos de trigo y a ramos de dalias?

En mi lecho, que es nata de linos,

Su vacío lugar mana angustia.

Y en el blanco mantel de las sábanas

Me agito intranquila,

Como un haz de culebras trenzadas

Que el látigo rojo

Del insomnio, implacable, fustiga.

 

No sentir... No pensar... Más ahora,

¿Qué imprevista dulzura ha llegado

A sentarse a los pies de mi cama?

A mis párpados largos parece

Que una venda de bronce desciende

Y mis manos nerviosas se aquietan

En cruzado ademán de reposo.

No sentir... No pensar... ¿Es el sueño,

O eres tú, monja negra, que llaman

Los hombres, La Muerte?

 

 

 

 

Tregua en el campo

 

Mujer que te has venido con el alma estrujada

Por la ácida y torva vida de la ciudad:

Cúrate en el silencio, ama tu casa aislada,

Bendice este paréntesis, suave, de soledad.

 

Torna a ser como antes dulce y despreocupada,

Olvida que conoces cansancio y saciedad.

¡Que bajo tu corteza gris de civilizada,

Surja la campesina que adurmió la ciudad!

 

Con esta primavera tan cálida y soleada,

Mujer, ¡ue te avergüence tu taciturnidad!

 

 

 

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