Poesía

Tres fragmentos de Paterson

Por William Carlos Williams

Premio Pulitzer de poesía, William Carlos Williams nació en 1883, en Rutherford, Nueva Jersey, Estados Unidos de Norteamérica. Fue poeta, novelista y médico. Tomamos tres extractos de la edición de En Danza de su obra cumbre, en versiones de Silvia Camerotto.

Por William Carlos Williams. Versiones de Silvia Camerotto.


 


William Carlos Williams nació en 1883, en Rutherford, Nueva Jersey, Estados Unidos de Norteamérica. Fue poeta, novelista y médico.


Entre 1897 y 1899 estudió en París, Suiza y Alemania. En 1902 terminó el bachillerato en Nueva York y posteriormente ingresó a la carrera de medicina en la Universidad de Pennsylvania. Desde 1910 ejerció como médico en su ciudad natal y en Paterson. En simultáneo, desarrolló intensamente su actividad literaria. En 1909 publicó su primer libro, Poems, y en 1913 Elkin Mathews, el editor de Ezra Pound, poeta con quien mantuvo una fecunda amistad, lanzó en Londres The Tempers, su segunda obra. Entre sus principales libros de poemas figuran: Sour Grapes (1921), Spring and All (1923), An Early Martyr and Other Poems (1935), Adam & Eve & the City (1936), The Clouds (1948), The Desert Music and Other Poems (1954) y Journey to Love (1955). Póstumamente recibió el Premio Pulitzer.


Hacia finales de la década del treinta comenzó la escritura de un extenso poema considerado su obra cumbre, Paterson, que se extendería a lo largo de cinco libros (1946-1958). La obra contempla aspectos de los procesos sociales de su país, además de abordar el paisaje y los rasgos costumbristas de la vida del pueblo norteamericano a partir de los años de la gran depresión. De ese libro, en la versión de Ediciones en Danza, su editor Javier Cófreces seleccionó los extractos que siguen.



 


 


 


 


Paterson descansa en el valle bajo las cataratas Passaic


sus aguas servidas dibujan su espalda. Situado


a su derecha, ¡la cabeza cerca del tronar


de las aguas que llenan sus sueños! Eternamente dormido,


sus sueños caminan por la ciudad donde permanece


anónimo. Las mariposas se posan en su oreja de piedra.


Inmortal, ni se mueve ni despierta y rara vez


es visto, aunque respira y las sutilezas de sus


maquinaciones


obtienen su sustancia del ruido del río que


fluye


animando a mil autómatas. Quienes, como


ignoran sus orígenes y las bases de sus


decepciones, salen de sus cuerpos en su mayoría


sin rumbo,


encerrados y olvidados en sus deseos— sin emoción.


            —Dilo, no hay ideas sino en las cosas—


nada más que las fachadas blancas de las casas


y los árboles cilíndricos


doblados, divididos por prejuicio y accidente—


partidos, combados, arrugados, moteados, manchados—


secretos—¡hacia el cuerpo de la luz!


 


............................................................ 


 


El pasado arriba, el futuro abajo


y el presente derramándose: el rugido,


el rugido del presente, un discurso —


es, de necesidad, mi única preocupación     •


Se sumergieron, cayeron en un éxtasis  .


o con intención, para dar por terminado— el


rugido, constante, dando testimonio        •          


Ni del pasado ni del futuro


Ni para clavar la vista, amnésicos — olvidando.


El lenguaje en cascada hacia lo


invisible, más allá de: las cataratas


de las que es la parte visible— 


 


............................................................


 


              Sacados de las calles arrancamos


              el encierro de nuestras mentes y somos absorbidos por


              los vientos de los libros, buscando, buscando


              en el viento


              hasta que no sabemos cuál es el poder del viento sobre nosotros


                                                           que lleva la mente lejos


              y en la mente crece


              un olor, quizás, de flores de acacia


              cuyo perfume es en sí  un viento que se mueve


                                                           para llevar la mente lejos


              a través del que, debajo de la catarata


              que pronto estará seca


              el río se arremolina y se amontona


                                                           primero recordado.


              Agotados de vagar por las calles


              inútiles en estos meses, con los rostros inclinados contra


              él, como trébol al anochecer, algo


              lo ha regresado a su propia


                                                           mente    •


                                               en la que una catarata invisible


              tropieza y se levanta


              y vuelve a tropezar —y no cesa, cayendo


              y vuelve a tropezar con un estruendo, una reverberación


              no de las cataratas sino de su rumor


                                                           incesante


 


 



 

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