Poesía

Sépanlo

© Mario Varela
Eduardo Ainbinder
Eduardo Ainbinder en la tercera entrega de poesía de Miguel Ángel Petrecca y un poema que es "un ladrillo más del extraño edificio que Ainbinder viene construyendo, desde hace años, con sus pequeños libros repletos de monstruos, insectos, conejos y peleles".

Notas y selección de Miguel Ángel Petrecca.


No estoy del todo seguro de cómo leer este poema de Eduardo Ainbinder, en el que por momentos me parece ver la fábula ingenua de un bromista, y en otros una disimulada nota al pie a la época kirchnerista. No es que sea un poema anti (aunque la palabra “tirano” toca una nota muy significativa de nuestra tradición literaria y política), pero cada vez que lo leo me parece encontrar en él un reflejo irónico del clima y la furia de la última década. También se lo puede leer simplemente como un ladrillo más del extraño edificio que Ainbinder viene construyendo, desde hace años, con sus pequeños libros repletos de monstruos, insectos, conejos y peleles. Como el resto de los compañeros de su generación, Ainbinder viajó a Chile a principios de los noventa; a diferencia de ellos, más tarde viajó también a México y visitó a Gerardo Deniz, que vivía todavía en un relativo e inexplicable anonimato (lo comento menos como un hito biográfico que como un anécdota potencialmente significativa). Después de un primer libro ligeramente epocal como Nené, su obra comienza a desarrollarse en una dirección personalísima, caracterizada por un lirismo sin efusión, pero también sin desencanto. A su gusto por la anomalía se añade cada vez más, a nivel de la forma, el trabajo con la rima y con formas menores de la poesía, ligadas a la literatura infantil, como los seudo limericks que cierran su último libro, Párense derecho (Gog y Magog, 2015). A este libro pertence “Sépanlo”. 


 


Sépanlo:


nuestra forma de gobierno


se da mediante un mecanismo de poleas,


cuando sube al poder un enano


baja un gigante, o viceversa.


Mi filosofía no ha ido más allá


de escribir insultos contra el régimen


en el interior de las grutas


que otros inmediatamente leerán como elogios


ya que veinticuatro horas al día funciona


la maquina de transformar


vituperios en alabanzas.


Con más acierto andaban quienes dejaron escritos


sus consejos amorosos en un abanico, lo sé.


Y como de escribir en las grutas


diatribas contra el régimen no se vive,


ante la mirada atenta de mi superior,


puloi en mano, limpiando de cacas e insultos


 


de la estatua del tirano de turno, voy.

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