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Notas de lectura

"Hay algo que tal vez pueda decirse de las críticas que Siegfried Kracauer le dirigió a Theodor Adorno, respecto de las que le dirigió a Jean-Paul Sartre: que, en cierto modo, y curiosamente, fueron las mismas".



Por Martín Kohan.




Hay algo que tal vez pueda decirse de las críticas que Siegfried Kracauer le dirigió a Theodor Adorno, respecto de las que le dirigió a Jean-Paul Sartre: que, en cierto modo, y curiosamente, fueron las mismas. Y si no las mismas, porque en términos conceptuales diferían, sí al menos equivalentes. Adornianos y sartreanos (si es que no Adorno, si es que no Sartre) bien pudieron disgustarse, no sólo por las objeciones en sí mismas, sino además por la posibilidad del parangón. De Adorno dijo Kracauer (y se lo dijo a él mismo) que “se ocupa de las sustancias sin estar vinculado a ninguna sustancia”, que en su dialéctica hegeliana debía admitir “alguna perspectiva ontológica”, y no como verdades fijas o eternas, sino como percepción de “entidades concretas” (a la manera de Walter Benjamin, especificó, y el que lo trajo a colación fue Kracauer). De Sartre por su lado dijo Kracauer que “su infatuación con la libertad tiene algo de estéril”, porque “rara vez nos dice qué deberíamos hacer con nuestra libertad”, y “la libertad significa poco, a menos que se materialice en acciones definidas”. De Adorno dijo además Kracauer que “se había quedado sin argumentos”, aunque “no lo admitirá ante sí mismo”; y a Sartre a su vez lo definió así: “un arquero que eternamente tensa el arco sin disparar jamás la flecha”.


Sartre y Adorno estaban muy lejos el uno del otro a la hora de pensar las relaciones entre arte y sociedad. La noción sartreana de compromiso precisó liquidar sin tregua toda forma de autonomía estética; y la noción de autonomía de Adorno, concebida como negatividad crítica y no como mero escapismo, reprochaba en el compromiso político una claudicación irremontable ante la lógica venal de la utilidad. Estaban entonces claramente en las antípodas. Y aun así, lo que Kracauer le reclamó a la dialéctica adorniana es en cierta forma análogo a lo que le reclamó a la libertad sartreana: el anclaje de una materialización concreta. No necesariamente en términos de algún pasaje a la práctica, sino más bien como un movimiento trazado al interior del mismo pensar. La referencia para esto bien puede ser de nuevo Benjamin, sabiendo que para Benjamin una referencia era el propio Kracauer.

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