Qué hacer
Alejandra López
Viernes 06 de marzo de 2026
¿Qué sentido tiene escribir en momentos como este? ¿Y cómo debería hacerse? María Sonia Cristoff se enfrenta a la vieja pregunta, a la gran pregunta que nunca deja de interpelarnos.
Por María Sonia Cristoff.
He notado últimamente que resuena con bastante insistencia acá y acullá la pregunta por qué hacer frente al estado fatal de las cosas en el mundo desde la literatura, con la literatura, en la literatura. Razones sobran, claro, y no hace falta que las enumere. He notado también que algunas voces, las que se las dan de más radicales, de más osadas, empiezan a denostar la práctica literaria por inevitablemente burguesa, por irremediablemente alienada, por indefectiblemente inocua. Al menos esos tres adjetivos escuché anoche mismo, en una mesa improvisada a la que no sé cómo fui a parar. No puedo estar más en desacuerdo con esa postura. Incluso, si me apuran, creo que hoy, cualquier persona que haga todo lo posible por encontrar la forma de hacerse un rato para estar a solas, un rato en el que no se pondrá a averiguar formas de hacer crecer su dinero ni a inventar frases efectistas para descollar o destrozar en alguna red, sino un rato en el que no hará otra cosa que leer y escribir, que armar un mundo en una página, es ya de por sí un revolucionario. Estoy peleando con esos comensales extremos, se entiende. Desde ya que no un revolucionario, pero sí un conspirador, una persona capaz de ir contra las pasiones feroces y mezquinas de época, alguien capaz de sustraerse al mandato de rapiñar y descollar, a las ansias destructivas que ahí subyacen. Es que a veces las virtudes de una práctica están no solo en lo que esta produce sino en lo que rechaza, en lo que elude, en lo que desdeña.
Eso no evita hablar de lo que la escritura produce, desde ya, de los distintos tipos de proyectos que propone. Queda claro que hay quienes escriben para intentar socavar el estado opresivo de las cosas, y con esto me refiero a esas escrituras que, no importa qué género o mundos transiten, están indefectiblemente apegadas a una función crítica, transformadora; y hay quienes lo hacen para aliviar el estado de las cosas, y con esto me refiero a pergeñar historias que entretengan. Saben los dioses lo distante que estoy de esta última opción, saben que si yo en lo personal tuviera que renunciar al sentido crítico de la literatura, preferiría dedicarme al marketing para hacerme rica o al trabajo social para hacerme buena, pero no por eso me confundo, no tomo a quienes escriben para entretener como el enemigo. Al menos no en este contexto macro del que estoy hablando: cualquier conspirador sabe cuáles son los momentos para entrar en las diferencias más sutiles. Porque convengamos que el enemigo no está practicando el tipo de entretenimiento que propone cierta literatura, más bien está armando planes de poderío, rapiña y destrucción, y quienes lo siguen, a sabiendas o no, tienen esa misma tríada en sus horizontes perceptuales. Que los escritores que se embarcan en entretener en medio de esta catástrofe son cómplices de esa destrucción me dijo anoche cuando llegamos a este punto uno de los comensales, y está en lo cierto, pero son cómplices muy menores, no pequemos de inocentes ni de megalómanos, que acá, cuando hablamos del enemigo, estamos hablando de seres que digitan escenarios nucleares, trafican vidas de todo tipo y destruyen la tierra que los acoge.
Escribí esta mañana la última frase del párrafo previo y, confieso, vi cómo se iba extendiendo sobre mí un manto de impotencia. Incluso de un candor que me avergüenza. Pensar que se puede hacer algo desde la literatura, con la literatura, en la literatura. Entré entonces en uno de esos conos de sombra, los mismos que me agobian frente a algunas declaraciones y noticias que leo, uno de esos estados que jamás confesaré frente a comensales como los de anoche. Salí a caminar un rato. En algún punto del trayecto un mensaje me recordó que estoy atrasada con algo. A la vuelta, me puse a buscar algún párrafo para leer en una mesa, en este caso una mesa pública en la que acepté participar, para la cual me pidieron que lea un texto de alguna autora o autor que no solo me haya marcado sino que, fundamental, me haya gustado mucho. Me aboco a la tarea. Me quedo a solas, me pongo a leer. Me armo un festín, la verdad: al rato estoy rodeada de interlocutores queridos, de pasajes que me vuelven a maravillar, a provocar carcajadas, a inspirar subrayados sobre las páginas ya marcadas. Al rato estoy sintonizada con otro mundo, en suma. Un mundo dichoso. Hay un tipo de compromiso social de la literatura del que nunca se habla, dice Ariel Schettini en un texto sobre Puig que leí hace años, y es el compromiso social que la literatura tiene con la diversión y el placer. Ya no me acuerdo de qué hablaba el texto, pero esa frase quedó grabada en mí para siempre. Qué pena no habérmela acordado anoche en la discusión con los derrotistas.
Solo recordarlos hace que sobrevuelen otra vez sobre mi cabeza sus frases incriminatorias y, occidental y culposa como soy, empiezo a sospechar de la alienación que puede haber en el hecho de estar encerrada leyendo, feliz, en medio de esta debacle, pero justo unos segundos antes de que sus frases posen sus garras sobre mí, logro hacer un contraataque acordándome de algo que vi el otro día, el extracto de una charla que Judith Butler dio en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) en la cual instiga precisamente a no creer que la realidad que vemos todos los días en las declaraciones y las noticias constituyen el único mundo posible, en la cual invita a pensar mundos alternativos, aun si para hacerlo hay que desafiar a quienes dicen que solo un tonto puede creer que hay opciones en este mundo cruel, aun si entonces hay que ocupar el lugar del tonto. El lugar del candor. ¿No es en definitiva el lugar que se le suele adscribir a la literatura, el universo de los tontos que se dedican a cosas improductivas? ¿No es mejor habitar el lugar de los tontos frente a lo que hoy se entiende por inteligencia? Inspirados en la insurrección de los locos que proponía Soiza Reilly, hagamos la insurrección de los tontos. No puedo asegurar que nos depare el futuro deseado, pero sin dudas encenderá la chispa en el mientras.
El tema es cómo actualizar constantemente momentos como esos, cómo hacer de la literatura un modo de sintonizarlos, de encender la chispa. Y de expandirlos, de armar brigadas conspiratorias con otros. Me acuerdo de pronto de otra frase, una que leí hace poco en Oreja madre, el imperdible libro de Dani Zelko en el que, sintetizando, se propone indagar en lo que significa el hecho de ser judío en estos tiempos atroces, en la distancia radical que hay, o que debería haber, entre el hecho de ser judío y el hecho de ser sionista, y sobre todo un libro que, aunque no lo diga explícitamente, está constantemente preguntándose qué puede hacer la literatura, la escritura, frente al estado de las cosas en el presente. Un presente en el cual el Estado sionista de Israel lleva adelante su etapa más atroz de exterminio sobre el pueblo palestino. Pero la frase, voy a la frase. Está dicha por una de las tantas personas a las que Dani Zelko entrevista, Perla Sneh, una investigadora del idish y traductora que dice que el idish, al contrario del hebreo, nunca fue una lengua institucional, nunca fue la lengua de un Estado, nunca fue la lengua de ningún poder y, en cambio, fue siempre la lengua de la resistencia, de la clandestinidad, de las organizaciones secretas. Y después cuenta que, paradójicamente, en los guetos para judíos creados por el nazismo durante la Segunda Guerra, en esas condiciones de hacinamiento y tortura feroces, hubo un impulso de escritura extraordinario, uno que provocó alianzas y complicidades salvadoras que pueden rastrearse en muchísimos documentos. La respuesta judía a la destrucción, concluye Perla, fue siempre la escritura.