Columnas

La sensibilidad de una mirada

Alejandra López

Martín Kohan lee La realidad absoluta, de Luis Sagasti, y se deja encantar por una mirada que “imprime formas sobre lo que sea que ve”.


Por Martín Kohan.


Una mirada de disposición estética bien puede posarse sobre la realidad del mundo, pero no por eso va necesariamente a estetizarlos, ni al mundo ni a la realidad; no por eso va a convertir al cielo de la noche o a la selva en su espesura en pinturas a contemplar. Va a percibirlos, eso sí, bajo su existencia de realidad del mundo, a través de una sensibilidad particular, la de esa mirada moldeada en el arte. No es que vaya a subsumir la realidad en la esfera artística (a la manera de un esteticismo a lo Oscar Wilde), mucho menos a subordinar al arte a la función de representarla tal cual es (a la manera del realismo a lo Balzac o a lo Dickens). Es en la sensibilidad de una mirada (o de una escucha) donde va a inscribirse la impronta estética, como pasa con esas personas que son capaces de detectar que la frase que alguno le dice, en una conversación común, es octosílaba o endecasílaba, sin ser por eso el verso de un poema, o que el timbre del portero eléctrico que acaba de tocar suena en re mayor, sin ser por eso música.

Es esto lo que ocurre, según creo, en La realidad absoluta de Luis Sagasti. La idea misma de “realidad absoluta” podría perfectamente remitir, como remite la de “lo real”, a algo del orden de lo indecible o irrepresentable, de lo que no puede simbolizarse o asirse. Pero esa realidad absoluta es en La realidad absoluta de Sagasti algo que va a sondearse desde esa notable sensibilidad estética que es propia de su mirada de ensayista, no menos que desde la notable sensibilidad estética que es propia de su escritura. Entonces sí: el cielo estrellado, las ramas de los árboles, las manchas de la luna, los cables eléctricos de una ciudad o la selva van a ser sentidos o evocados en una sintonía similar a la que pueden suscitar un cuadro abstracto o un cuadro impresionista, un cuento de Walsh o una novela de Conrad, una película de Herzog o una de Francis Ford Coppola. Y es eso lo que le permite a Sagasti detenerse por ejemplo en cómo suenan los instrumentos de una orquesta, no cuando tocan una sinfonía, sino cuando se aprestan a tocarla; es eso lo que le permite advertir que “en Rusia, todas las escaleras son las de Odessa”; es eso lo que le permite establecer que, en las carreras de cien metros llanos, nunca se tiene la impresión de que los que corren persiguen, se tiene siempre la impresión de que los que corren escapan; es eso lo que le permite ver a Goya o a Tintoretto o a Caravaggio en una foto de las Madres que tomó Eduardo Longoni, que es también ver lo fotografiado por Eduardo Longoni en lo que pintaron Goya, Tintoretto o Caravaggio.

Dice Sagasti en La realidad absoluta: “Lo que de veras importa acá es el hecho de cómo descienden las formas que transmigran por entre los siglos, cuál es la velocísima geometría que los acomoda en el espacio para desaparecer en el instante mismo de su manifestación”. Y antes había dicho: “No hay una narración sino instantes que se expanden de acuerdo a la fuerza con que fue arrojada la piedra cuando la realidad se presenta absoluta”. Entre esos siglos que pueden desvanecerse en un instante y esos instantes que pueden expandirse (y eventualmente, durar por siglos), ubica Luis Sagasti esa mirada extraordinaria: la que acierta a detectar las formas, la que imprime formas sobre lo que sea que ve.

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