Éste soy yo
Alejandra López
Jueves 16 de abril de 2026
Martín Kohan lee y piensa Vidas en tránsito, de Lucas Mertehikian: un ensayo sobre los pasaportes, un relato personal alrededor del viaje.
Por Martín Kohan.
Se puede leer Vidas en tránsito como lo que más evidentemente es: un ensayo sobre el tema de los pasaportes, que Lucas Mertehikian complementa con la puesta en contexto de esa misma investigación. Los pasaportes: cómo surgieron, por qué razones, de qué manera se fueron transformando a lo largo del tiempo, qué pasó con ellos al cabo de la primera guerra mundial, o en Italia bajo el fascismo, o en la Unión Soviética, o en los Estados Unidos en la actualidad. Y luego el contexto en el que Mertehikian lleva a cabo su indagación sobre el tema, ya sea en su fase bibliográfica más formal, ya sea en su fase de rastreo de pasaportes por pasión de coleccionista: su llegada desde la Argentina a los Estados Unidos para encarar un proyecto de doctorado (Mertehikian se doctoró en literatura latinoamericana en la Universidad de Harvard). Un ensayo sobre el tema de los pasaportes, gratamente complementado con referencias al contexto en el que el autor del ensayo se encuentra: es posible, en efecto, leer así Vidas en tránsito. Pero es posible leerlo también, y con igual pertinencia, alterando la disposición de esos planos: leerlo como el relato personal de alguien que viaja por un buen tiempo a otro país en el que habrá de vivir en otro idioma y con otros hábitos, y que esa circunstancia concreta, que no es la de viajar y llegar, que no es la de llegar y quedarse un poco, que es la de un tiempo largo de “vida en tránsito”, haya desacomodado hasta tal punto su sentido de la identidad y de la pertenencia que de ahí terminó surgiendo, por reflejo de necesidad, toda una investigación acerca de los pasaportes. Ese pasaporte de hallazgo casual, con el que todo empieza, se le habría pasado acaso por alto, no habría significado nada para él, de no encontrarse en esas circunstancias. Vidas en tránsito es entonces, al mismo tiempo, una investigación que da cuenta de su propia historia, o una historia que por sí misma desencadena una investigación.
La cuestión que los pasaportes pone en juego no es solamente la de la identidad, sino la de la identificación; y no se dirime en un simple estar, sino en un desplazarse (de dónde viene, adónde va, por cuánto tiempo, por qué motivos). A Lucas Mertehikian lo inquieta comprensiblemente haber dado con el pasaporte de su abuelo, reconocerse en su legado y asumirse como armenio, pero advertir que lo que está escrito en armenio él no lo puede leer. Lo inquieta la carta de presentación que debe presentar ante la universidad a la que se postula, cuando le aclaran que en ella no debe hablar de su trabajo, sino de él mismo: no debe explicar en qué trabaja, sino quién es. Lo inquieta el problema del acento (porque tiene que hablar en otra lengua y lo hace con acento, y quiere quitarse ese acento que tiene) y encontrarse con que le explican que acento tenemos todos, que no existe el sin acento, que nadie habla sin acento.
Ahí donde la identidad se desestabiliza, surge el asunto de la identificación: la posibilidad de establecer quién es alguien, y por ende reconocerlo. Los pasaportes surgieron antes de poder contar con fotografías, y hubo que apelar entonces a eso que no ha dejado de llamarse “señas particulares”. Y las primeras fotografías que se adosaron a los pasaportes eran borrosas, en blanco y negro, no terminaban de resolver la cuestión. Pero aún ahora, pudiendo recurrir a la fijación de los datos biométricos, persiste en cualquier caso ese factor de perturbación que interpela a Lucas Mertehikian, que es que pueda uno mismo no reconocerse en el propio pasaporte o en la propia fotografía; no ya el funcionario de migraciones, no ya el controlador de fronteras, sino uno mismo.
Y es que lo que subyace en Vidas en tránsito, y subyace porque el “en tránsito” les cabe también a los que no viajan, a los que no salen ni llegan ni se van a otro país, es la instancia en la que uno puede ya no reconocerse a sí mismo; pero no por la imprecisión eventual de una foto o un documento, sino por el hecho de haberse convertido en otro para sí: “El problema no es que nadie se parezca a su retrato, sino que nadie se parezca todo el tiempo a sí mismo”. Una de esas tantas veces en que no terminamos de reconocernos, porque somos de hecho un otro para nosotros. Y eso aun cuando el funcionario de migraciones asienta y nos deje ingresar, aun cuando el lector de pupilas dé luz verde y nos abra el paso.