Columnas

Historia universal del insomnio

Foto por: Alejandra López

Jorge Consiglio entrega una nueva columna, esta vez desde el sonambulismo lector: de Decartes a Napoleón, de Kafka a Marie Curie.


Por Jorge Consiglio.


 A la madrugada, a eso de las cinco y diez, pasa un tren por las vías del Mitre. Un carguero. No lo oigo llegar: me despierto antes. Primero cambia el aire de la habitación. Después llega el arrastre de los vagones. Son muchos, muchísimos. Cuando el último se pierde, el silencio se modifica y el sueño no vuelve. A veces trato de anticiparme al tren. Espero el momento en que debería pasar. Cuando finalmente ocurre, siento que algo no coincide: el ruido resulta diferente de lo que recordaba o llega desde un punto distinto de la noche. Me quedo con la duda de si el tren pasó o si lo inventé para justificar el desvelo.

Pérez Guzmán es traductor de literatura y tiene una editorial: Duino. Tomamos café en un bar que queda en Freire y Avilés. Pérez Guzmán le dedica años a cada libro que publica. No es una forma de decir: trabaja obsesivamente los textos, las tapas, las solapas, los colofones. Se detiene en los detalles. En algún punto, se considera un orfebre. En abril lanza Pequeño pueblo, una antología del poeta Charles Ferdinand Ramuz. Este autor, entre otras cosas, escribió sobre la naturaleza y sobre su influencia en los hombres de montaña. Pispeo los originales del libro: Ramuz no tiene fondo. Nació en 1878. Era suizo y escribía en francés. Anoto la última estrofa de un poema que se llama “La casa”. Traduce Pérez Guzmán: “Y de noche, sobre los techos,/ la hora del campanario, el mecanismo que chilla/ y el peso que desciende/ y va hacia los campos/ y de pronto despierta/ a todas las casas dormidas.”

Kafka dormía poco. Se levantaba y escribía cartas durante la noche: lámpara encendida, silla de respaldo recto, cabeza inclinada, ojos fijos en la pluma, en las manos, en el blanco de la hoja. Las cartas eran para nadie que pudiera recibirlas. Algunas iban dirigidas a mujeres que se había cruzado en el tranvía. Otras a supuestos vecinos. Otras, lo sabemos bien, a su padre. O al rigor de su padre. O a las formas posibles del rigor; así, en general. Por la mañana doblaba los papeles y los guardaba en el cajón inferior de una cómoda de tocador con espejo vertical.

Adrien Baillet escribió una biografía de René Descartes. La publicó en 1691 con el título La vie de Monsieur Des-Cartes. Es una obra monumental que durante siglos funcionó como la principal fuente sobre la vida del filósofo. Baillet construye un relato que combina distintos registros: reúne anécdotas personales, reconstruye la biografía intelectual de Descartes a través de sus escritos, y sitúa todo ello dentro de un amplio contexto histórico. El resultado es un retrato que se mueve entre la crónica erudita y el relato de episodios reveladores.

En su desmesurada biografía de Descartes, cuenta que una noche de 1619, el filósofo tuvo tres sueños seguidos. En uno caminaba contra un viento fuerte. En otro encontraba un diccionario abierto en una página desconocida. En el último escuchaba una voz que le decía que todo podía empezar de nuevo. Durante el resto de su vida sospechó que su sistema de pensamiento había tenido origen esa vez que tan mal había dormido.

Mi abuelo, mi querido abuelo Pascual —carpintero, con taller en la calle Argerich entre Carranza y Lascano, en Villa del Parque— decía, aunque suene extraño (juro que lo que cuento es real) que el insomnio empieza en los pies. Me decía: Giorgio, el insomnio empieza en los pies. Y agitaba las manos como si fuera Vittorio Gassman en la película La cena. Mi abuelo, a las tres de la madrugada, ya estaba en la cocina con una radio chiquita, una Spica original con funda de cuero. Giraba el dial. Buscaba un ruido continuo, una estática sin voces. Decía que ese sonido acomodaba las ideas. Cuando clareaba apagaba la radio y se acostaba una hora exacta. Con eso tiraba el día entero. Siempre se lo veía despejado, activo y jamás, por ninguna razón, dormía la siesta.

Durante la campaña de Rusia, Napoleón se despertaba en mitad de la noche y pedía que le trajeran mapas. Los extendía en el suelo de la tienda y caminaba descalzo sobre ellos, como si midiera las distancias con el cuerpo. A veces se paraba sobre una ciudad minúscula y permanecía quieto varios minutos. Los oficiales lo observaban desde afuera. Pensaban que estaba rezando.

A las tres y cuarto de la madrugada los perros del barrio ladran todos al mismo tiempo. No sé qué ven. El sonido empieza en una esquina y se propaga como una ola. Dura cinco minutos. O quizás diez, no sé bien, y después desaparece de golpe, como si alguien cerrara una puerta. Nunca me levanto a mirar. Imagino que responden a algo que pasa muy alto, fuera del alcance de la vista.

Marie Curie trabajaba de noche porque decía que el mundo se volvía más preciso. En las madrugadas del laboratorio las sustancias brillaban con una luz tenue que apenas alcanzaba para ver los instrumentos. Durante años guardó frascos con sales de radio en los bolsillos del delantal. A veces los alineaba sobre la mesa y los miraba en silencio. Ese resplandor, decía, era la forma más tranquila de compañía.

En el departamento de arriba, es decir, en el 6° D, vive una arquitecta muy atenta. Se llama Leonilda, nombre que ella odia. El mundo le dice Leo. Practica yoga en Ananda, espacio prestigioso en el barrio, y tiene una nietita a la que cuida tres veces por semana. Sus hábitos son regulares, por eso resulta extraño que ella o quien sea que la acompañe arrastre una silla todas las noches. El movimiento es corto, seco, siempre el mismo. Después hay unos pasos. Y silencio. Nunca oigo otra cosa. Imagino que la silla cambia de lugar cada madrugada. A fin de año debería haber recorrido toda la casa. Una noche conté los intervalos. El arrastre ocurre siempre después de un período largo de quietud, como si antes hubiera alguien pensando. Cuando termina, el silencio vuelve a instalarse con extraordinaria velocidad.

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