Columnas

Memorias de un coleccionista frustrado

Walter Benjamin 

Recuerdos a partir de los textos de Walter Benjamin sobre coleccionismo que, con prólogo de Beatriz Sarlo, acaba de reunir y publicar Ediciones Godot.

Por Martín Kohan.

 

 

 

 

Leo o releo los textos de Walter Benjamin sobre coleccionismo que, con prólogo de Beatriz Sarlo, acaba de reunir y publicar Ediciones Godot. Leo y releo y vienen a mí (¿vienen a mí o voy hacia ellos?) ciertos recuerdos de la infancia. Subrayo dos de las características de la práctica del coleccionismo en las que se detiene Benjamin: la condición de lo potencialmente inacabable (una colección nunca se completa y se cierra, y si se cierra, siempre puede llegar a reabrirse), la sustracción de los objetos de la lógica del mercado (sacarlos de circulación, del uso y del cambio).

Comprendo así, no sin pena, y sin dudas demasiado tarde, que eso que desde siempre consideré la primera colección de mi vida no lo fue en realidad, fue más bien la cosa contraria. Me refiero a mi primera colección (no dejo de llamarla así, pese a todo) de figuritas de fútbol. Recuerdo algunas de sus estampas: la de Vidallé, la de Pagnanini, la de Anhiello (su régimen de visibilidad no era el mismo que el del propio fútbol, era otro, alternativo). Recuerdo su forma, su espesor y su envés con la trayectoria del futbolista en cuestión.

Pues bien: esa colección la terminé. Es decir, completé el álbum. Conseguí la última figurita (siempre había una “difícil” que le otorgaba a un jugador una celebridad que no provenía exactamente de las canchas), la pegué con Plasticola, me entregué con regocijo (aunque también, ahora lo entiendo, con cierta congoja) a hojear y recorrer las páginas del álbum por fin lleno. Cumplido ese largo proceso de espera y acumulación, paladeando todavía lo que era una de mis primeras experiencias de una totalidad consumada, me dispuse a concretar el canje previsto. Para así obtener mi premio: una pelota de fútbol n°5. Porque ese era el mecanismo con la colección de figuritas. El álbum de futbolistas, para varones, se canjeaba al completarse por una pelota de cuero; el álbum de princesas, para nenas (corrían los años ’70, esa clase de distribución se estilaba), se canjeaba al completarse por una muñeca que abría y cerraba los ojos (si se la movía).

Allá fue mi álbum lleno; a cambio, vino una pelota de premio. ¿De premio? ¿Qué premio? Una pelota de fútbol, como esa o parecida, podía finalmente comprarse en cualquier juguetería. Y lo mismo con la muñeca que era el premio de princesas (lo sé, porque la ganó mi hermana). En cambio, el álbum completo, resultado prodigioso del esmero y la paciencia, era único, irrepetible (cabe decirlo a la manera de Benjamin: en cierto modo, tenía un aura). La lógica del intercambio (álbum por pelota) reconquistaba territorio y así estropeaba, sin advertirlo uno, la lógica de la colección. No ganábamos ninguna pelota, perdíamos un álbum lleno.

De la pelota, de hecho, que tuve por años, me acuerdo apenas. Del álbum, en cambio, que habré tenido, como mucho, dos o tres meses, me acuerdo a la perfección. Mi primera totalidad. Y perdida para siempre.

 

 

 

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