Columnas

Las dedicatorias en los libros como una de las bellas artes

Ramos de flores

"Libros al maestro como manzanas sobre el pupitre. Libros para los hijos. Libros para los amigos. Libros para quien nos dio la historia del libro. Libros para la pareja": Luciano Lamberti rastrea las gemas de intimidad que dejan los escritores en las primeras páginas de sus libros para escribir esta columna.

Por Luciano Lamberti.


 


El hombre casado está parado frente a su biblioteca. No está buscando nada, o no sabe, en realidad, lo que busca, pero a veces le gusta pararse frente a su biblioteca y mirar el lomo de los libros como si fueran objetos mágicos, y su sola contemplación otorgara alguna clase de poder. El hombre casado piensa, parado frente a su biblioteca, que en realidad los libros son mensajes íntimos. Chats privados. Cartas de una persona a la otra, solo a una, por más que el libro venda millones de ejemplares, y se lea en una decena de lenguas. Siempre hay, piensa el hombre casado, una persona que es la destinataria secreta o pública del libro, la persona para la cual ese libro lo es todo, porque cuenta un pedazo de su vida, o porque coincide con su mirada, o porque es su íntima pesadilla, o porque puede ayudarlo a sobrellevar las dificultades y los vaivenes emocionales de este extraño mundo incomprensible. Un regalo personal. Un mensaje. Eso piensa el hombre casado. Piensa en las dedicatorias de los libros, que es donde esa intimidad es más evidente, piensa en que las dedicatorias son un género literario en sí mismo, piensa en que debería haber, en alguna parte, una rama de la crítica literaria que las estudie. Piensa que un libro de análisis de dedicatorias no estaría nada mal. Piensa que leyó esa idea en alguna parte, pero no sabe dónde. Piensa en una de las dedicatorias más hermosas que leyó alguna vez, la de El Principito, de Saint Exupery, y que todo el mundo debe haber leído pero que nunca está de más recordar:


 


“(A León Werth)


Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande.


Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo.


Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo; incluso los libros para niños.


Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío.


Tiene verdadera necesidad de consuelo.


Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo.


Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.)


Corrijo, pues, mi dedicatoria:


(A León Werth, cuando era niño)”.


 


El hombre casado lee esa dedicatoria y se le pone la piel de gallina. El hombre casado recuerda, en el último año de la escuela primaria, haber leído esa dedicatoria por primera vez, en la cama de su cuarto, con la ventana abierta (debía haber hecho calor) y un gato que se llamaba Nito y que se perdió irremediablemente poco después, dormido a sus pies. El hombre casado piensa en la historia que hay detrás de esa dedicatoria. O en la dedicatoria con la que Elliot le entrega a Ezra Pound La tierra baldía, ese largo poema, lleno de frases enigmáticas, de hermosas imágenes enigmáticas, de referencias oscuras, de collage y de montaje cinematográfico. Piensa, el hombre casado, en que entre Elliot y Pound se produce la primera gran colaboración literaria. Pound le mete mano al poema de Elliot hasta el absurdo, y Elliot lo deja, y se lo dedica con un verso de Dante que significa “el mejor artesano”. Hay, en ese acto, un abandono del ego, una idea “comunitaria” de la literatura, una desesperación.


 


“A Ezra Pound


il miglor fabbro


 


Hay muchos libros de King en la biblioteca del hombre casado, y el hombre casado piensa que King es un gran dedicador. Le dedica El resplandor a Joe Hill, “que esplende”, y esplenderá después en sus propios libros. Le dedica Carrie a su mujer “que me metió en esto y después me ayudó a salir”. Le dedica Ojos de fuego a Shirley Jackson “que nunca necesitó levantar la voz”. Esa entrega que todos los libros significan los vuelve distintos, ahora, ante la mirada del hombre casado. El hombre casado no ve libros, ahora: ve cajas de bombones, ve tarjetas de felicitación, ve ramos de flores. Borges le dedica El hacedor a Lugones, ese libro extraño y heterogéneo, tan amateur, que mezcla poesía y cuento y otra cosa que no tiene nombre, como si fuera otra vez el primer libro. No solo es un cuento, piensa el hombre casado: es un cuento fantástico. Y es un cuento en el que Borges, que tanto se había peleado con Lugones cuando vivía, se reconcilia con él: “lee con aprobación algún verso”. Como en el caso de Elliot, se entrega al libro al maestro, aunque en este caso el discípulo lo supere ampliamente. Libros al maestro como manzanas sobre el pupitre. Libros para los hijos. Libros para los amigos. Libros para quién nos dio la historia del libro. Libros para la pareja. El hombre casado piensa que la dedicatoria es algo que debería pensarse en serio. No es chiste que te dediquen un libro, piensa el hombre casado, y que tengas que hacerte cargo de él. No es chiste que la mayoría de los libros estén dedicados a la pareja: son ellos los que nos cuidan en nuestras cuevas, son ellos los que bajan el volumen del televisor o nos preparan el desayuno, son ellos los que nos sostienen la cabeza cuando vomitamos. O deberían serlo, por lo menos. Por más violento, sádico, cruel, revulsivo o incomprensible, un libro es siempre un acto de amor.


 


 

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