Columnas

La lección del maestro

Admiración y mensajes que llegan a destino

Martin Jay se dedicó por años a estudiar la Escuela de Frankfurt, escribe Martín Kohan. "De esa laboriosa constancia resultaron un extenso ensayo, La imaginación dialéctica, y además una biografía, Adorno, sobre uno de sus principales referentes, puede que el principal". Pero una carta lo cambiaría todo.

 

Por Martín Kohan.

 

Los fervores pueden medirse a veces en el tiempo que se le dedica a algo o a alguien: qué tanto ha de extenderse y durar un interés determinado para que pase a convertirse en un fervor, una pasión. Y luego, por añadidura: qué tanto pueden ese fervor o esa pasión sostenerse, antes de declinar, si es que declinan, o antes de agotarse, si es que se agotan.

Martin Jay se dedicó por años a estudiar la Escuela de Frankfurt. De esa laboriosa constancia resultaron un extenso ensayo, La imaginación dialéctica, y además una biografía, Adorno, sobre uno de sus principales referentes, puede que el principal. Años de lecturas y entrevistas (incluyendo alguna con el propio Adorno), bajo el notorio impulso de la admiración discipular.

Concluidos esos dos grandes trabajos, Jay no dejó de sentirse atraído, de indagar, de investigar, acerca de la Escuela de Frankfurt, acerca de Theodor Adorno. Así fue que llegó más adelante hasta el archivo de la correspondencia entre Adorno y Herbert Marcuse. Y así fue que llegó hasta esa carta en la que Adorno, el admirado, le había escrito a Marcuse su opinión ¿sobre quién? Sobre él: sobre Martin Jay.

Y resultó que esa opinión no era buena: nada buena. Adorno había dicho de Jay que era un “tipo horrible” y que, en la entrevista, no había hecho más que “enlodarse” (tomo los términos de Gran Hotel Abismo de Stuart Jeffries, otra historia de la Escuela de Frankfurt).

Para entonces, Adorno ya había muerto. Y ahí estaba Martin Jay, leyendo aquella vieja carta. ¿Demasiado tarde? ¿O justo a tiempo? Porque, si nos atenemos a lo que propuso Lacan, que toda carta llega siempre a destino, habría que pensar que esa de Adorno había sido escrita, no solamente para Herbert Marcuse, sino también para Martin Jay. No importa si es improbable, no importa si es imposible, conviene pensarlo así: pensar que no hubo infidencia, que no hubo intromisión; que Adorno dejó escritas esas agraviantes líneas sobre Jay para que las leyera Jay.

Porque Jay, después de la entrevista, debe haberse quedado pensando en la impresión que había dejado en el maestro. Y acaso entrevió, o presintió, o temió, que esa impresión podía haber sido algo desfavorable. Tal vez entendió que había agradado, pero tal vez sospechó que algo no había ido del todo bien. Cualquiera de las dos alternativas, en todo caso, tanto la del vanidoso engaño como la de la intuición del desprecio, lo habrían dejado fijado a Adorno (no a Adorno, sino a su mirada; no a sus libros y sus ideas, sino a su parecer). Quizás para toda la vida: volviendo siempre al maestro, pensando siempre en él, sometido para siempre a su visión.

La carta a Marcuse, leída por Jay, ha de haber tenido entonces un efecto liberador. Si Jay en la entrevista se sintió apreciado, por error, ahora Adorno lo sacaba del error. Y si Jay en la entrevista se quedó con la duda, ahora Adorno lo sacaba de la duda. El maestro lo liberaba, ¿de quién? De sí mismo. Ahora Jay podía pasar por fin a otra cosa. Que es lo que efectivamente hizo, escribiendo algunos otros libros que también resultaron muy buenos.

 

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