Poesía

La invención del equilibrio: tres poemas de Alicia Genovese

La poeta y ensayista argentina acaba de publicar un nuevo libro por Fondo de Cultura Económica.

Nacida en Buenos Aires, Argentina, en 1953, Alicia Genovese es poeta y ensayista. Se desempeña actualmente como profesora titular en la carrera de artes de escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Obtuvo un doctorado en literatura latinoamericana en University of Florida. Recibió la beca a la creación en poesía otorgada por el Fondo Nacional de las Artes en 1999 y la John S. Guggenheim en 2002. En 2015, le otorgaron el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su obra La contingencia.


Publicó críticas y notas periodísticas en diversos suplementos culturales y revistas especializadas. Entre sus libros, se cuentan: El cielo posible (1977); El mundo encima (1982); El borde es un río (1997); La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas (1998); Química diurna (2004); La hybris (2007); Aguas (2013); La línea del desierto (2018); Ahí lejos todavía (2018); Sobre la emoción en el poema (2019), y Oro en la lejanía (2021).


El Fondo de Cultura Económica ha publicado Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco (2011), por el que recibió el Premio Municipal en la categoría Ensayo. Ahora publica La invención del equilibrio, del que tomamos los tres poemas que siguen.





El equilibrio de la memoria


(los perfumes-fuerza)




Un olor intenso a jazmines


innumerables, plenos, en su repentino florecer,


y girar esta mañana en una órbita


que traspasa aquel otro jardín


siempre revivido


con una silueta rondando.


Un cuidado de madre


que suscitaba a los jazmines


a su fuerza


como incitaba a persistir


con un chasquido de palmas


en la escurridiza felicidad.


La lluvia sobre el asfalto se detiene


y en sus vahos húmedos


un aire de familia que reubica


la calle suburbana llena de baches,


el ansia de mis libros sobre el antebrazo


para leer entre la penumbra


olorosa de las plantas.


Unos instantes que sueltan


el habla perfumada de la memoria.


Jazmines desde un antes,


una suavidad reconocible


que gravita desde lo ido. Vapor


que tocó los árboles, el cemento cuarteado,


los oasis caseros y se esparce.


Un empuje


con dos manos sobre la espalda


que atraviesa túneles, desentendimientos,


en soplos incansables.


Llega y me apura a reinventar


un deseo a oscuras


un tejido inalcanzado,


un día cualquiera, este,


perceptivo de aromas


en noviembre.








Deriva 


(la escena de una línea)




Buscar con una línea



el tiempo y el espacio,


un universo donde el blanco


se conmueva


con la más simple aparición,


donde ninguna cosa del mundo


sea igual a su inmovilidad.


Una línea que suba, baje


se redondee, se quiebre;


otro trazo y una caja entra


dentro de otra caja


entre la fuerza del cuerpo


que se aligera


en procura de un equilibrio.


Una palabra en una línea


hace zumbar otras,


mueve un bosque anestesiado,


burla


la apatía del plan inconseguible.


Los grandes proyectos se desarman


en su ineficacia


sin tinta extendida


ni mano alzada que se incline.


Solo un trazo como brotado de una nube


y vuela un pájaro,


elevada del horizonte crece una hoja.


Las proporciones se relativizan,


la desproporción


del ansia anidada se abalanza


en el asombro de alguien


que pregunta hacia dónde


a tientas


en la escena de la línea.








El equilibrio en los otros


(tiempo de abrazar)




Esa demora donde el tiempo


deshace sus señales,


ese alargar el encuentro


cuando dispone su ceremonia


y se niega a cerrarla. Otro café,


otro traguito, otro suceso mínimo


para contar.


Esa tardanza abstraída,


tácita en el ocio que se mezcla


con los pigmentos amarillos y violetas


de las luces bajas, nocturnas.


Otra cerveza, otra vuelta,


otra historia se rearma


y se hace tarde


pero no cesa la brasa. El lar


que anida en los otros. La risa


que se adentra repicante


y ese miraje tristón,


repuesto para no malograr


la cercanía, las presencias


que de a poco diluyen


la tracción de algún daño.


Sed, no es más que sed


esta laxitud


donde un agua subterránea


nos humedece las bocas,


las palabras.


El lazo amoroso enredado


que se despliega.


Sed no es más que sed


el celo en los próximos,


el alma susurrada


al acompasarnos,


al ir de bares


y entre palabras encimadas


destapar la hostilidad de un devenir


por un instante, menos furioso.


Tendidos los gestos


como flores repentinas


en una mata de iris azules.


Y ya no enmudecer


arrojados en soledad


sobre una roca desnuda.


No es más que sed


seguir la caminata


entre las briznas de una calle


con luminarias


atenuadas por el follaje,


el asfalto acallado de autos.


No es más que sed


que se calma


asida al abrazo.


Agua sostenida


que se entrega.


En el otro, un equilibrio.


Abrazar es un equilibrio


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