Ensayos

El origen de la lectura silenciosa

Uno de los ensayos que componen Una historia de la lectura y de la escritura, de Martyn Lyons (Ampersand).



Por Martyn Lyons.




Si bien la lectura silenciosa ciertamente existía en la Antigüedad, a principios de la Edad Media comenzó a producirse un cambio decisivo en la historia de la lectura. En las Confesiones de San Agustín, el autor manifiesta su sorpresa cuando observa a San Ambrosio, obispo de Milán, leyendo exclusivamente en silencio porque “cuando leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón profundizaba el sentido, pero la voz y la lengua descansaban”. “Quizás”, pensó Agustín, “Ambrosio se está cuidando la voz o está cansado de que lo importunen con preguntas sobre cuestiones eruditas y está enviando la señal de que no quiere ser interrumpido durante algún tiempo”. Agustín no podía hallar una buena razón que explicara el comportamiento de Ambrosio, ya que concebía a la lectura como una actividad oral que comprometía a toda una comunidad textual en un esfuerzo compartido por entender las Escrituras. 


En el siglo VII, Isidoro de Sevilla declaró que la lectura en voz alta obstaculizaba la comprensión del texto y recomendó la lectura en silencio, en la que los lectores movieran los labios y murmuraran el texto. Esto indica una transición de la lectura en voz alta a una apropiación más individual del texto. La lectura en voz baja era considerada cada vez más una ayuda para la meditación profunda y la memorización. De acuerdo con Paul Saenger, a partir del siglo VII aproximadamente, la separación de palabras contribuyó, en gran medida, a la difusión de la lectura individual en silencio. En el mundo antiguo, tal como vimos, los textos en latín y griego solían escribirse en forma continua, con letras mayúsculas uniformes y sin ninguno de los elementos que ayudan a la lectura silenciosa y que ahora damos por sentado en la transcripción moderna. El proceso de cambio se gestó en la periferia del mundo romano, donde el conocimiento del latín tal vez era escaso. Los monjes y escribientes de Irlanda y las Islas Británicas iniciaron la práctica de separar en palabras, lo que introdujo una serie de técnicas de escritura que permitieron aclarar el significado de los textos en latín y ayudaron a los lectores que leían en silencio a decodificarlos. Las nuevas prácticas de escritura le imprimieron velocidad a la lectura y comenzaron a transformar la relación entre el autor, el lector y el texto. En un poema del siglo ix escrito en lengua vernácula, un monje irlandés de la abadía de Reichenau (Suiza) comparó la lectura a un gato que acecha silenciosamente a un ratón, evocación harto moderna.


Después del colapso de las instituciones romanas de enseñanza, la Iglesia jugó un papel de liderazgo en la promoción de la cultura escrita, pero su evolución fue muy gradual. A veces se insertaban puntos (llamados “interpuntos” por entonces) entre sílabas y palabras. Otras veces se insertaban espacios para “airear” el texto, pero al principio no se hacía de manera sistemática ni regular. Sin embargo, hacia el siglo xii, la separación de palabras ya se había universalizado en Europa, y surgió un sinnúmero de marcas de puntuación e indicadores en los textos que ayudaban a su comprensión. A veces, los escribientes incluso se remitían a manuscritos más antiguos escritos en scriptio continua y agregaban rayas para señalar intervalos entre palabras. 




Luego se sucedieron otros avances importantes. Las escuelas catedralicias del siglo xii promovieron el uso de la lectura silenciosa. En el siglo xv, se adoptó por primera vez la norma de hacer silencio en las bibliotecas de las universidades de Oxford y de la Sorbona; hasta ese momento, los lectores iban a las bibliotecas a “hablar” o a dictar sus textos, no a leerlos en silencio. La lectura oral es, por supuesto, mucho más lenta que la lectura silenciosa; de allí que las bibliotecas monásticas solían prestar a sus lectores un único volumen en Pascuas, que debía devolverse al cabo de un año. Especialistas monásticos en el acto de leer comenzaron a reconocer la lectura privada y silenciosa como un signo de sincera devoción y profunda meditación, mientras que el canto de salmos y responsorios podía volverse mecánico, no surgir “del corazón” y no necesariamente reflejar una espiritualidad superior. En los siglos XIV y XV, las representaciones de la Anunciación en las pinturas francesas y flamencas retrataban cada vez más el acontecimiento como una revelación experimentada por María mientras estaba absorta en la contemplación solitaria de un texto sagrado.


La lectura silenciosa pasó a asociarse con una profunda devoción espiritual. Hacia el siglo xiv, por ejemplo, los libros de horas se habían vuelto sumamente populares. Contenían programas de rezos y salmos para cumplir a determinadas horas del día, eran de uso individual, fáciles de portar y muy usados por los laicos con instrucción; algunos eran objetos lujosos con iluminaciones suntuosas. El libro de horas demostraba hasta qué punto el libro había logrado ocupar un espacio más privado e íntimo. Sus imágenes y devociones despertaban un mundo espiritual privado. La lectura ahora exigía una participación individual más activa en relación con los textos, más allá de que el lector sintiese empatía o escepticismo respecto de lo que leía.




EL CÓDICE: UNA REVOLUCIÓN PARA LA LECTURA Y LA ESCRITURA


En el siglo I d. C., los romanos comenzaron a adoptar el pergamino, denominado así por la ciudad turca de Pérgamo (tal su nombre en turco moderno), donde supuestamente fue inventado. El pergamino, hecho con piel de animal, era más resistente que el papiro, que tenía la desventaja adicional para los romanos de que debía importarse del Oriente Medio. A diferencia del papiro, el pergamino podía borrarse y volver a usarse (que es el significado original de la palabra “palimpsesto”). Sin embargo, la tecnología del pergamino hacía un uso intensivo de la mano de obra y, por esta razón, era costosa. Se hacían borradores raspando con un estilete sobre tablillas untadas con cera antes de encargárselo a un escribiente. La piel del animal se raspaba, se alisaba con una piedra pómez y luego se pulía con dientes de cabra. El pergamino se hacía con piel de vaca, oveja, cabra, conejo e, incluso, ardilla. Pero la piel del ternero (vellum) era superior. La Biblia de Winchester (1160-1175) necesitó 250 pieles de ternero elegidos a partir de 2.000 cueros, puesto que se descartaron todos los que presentaban alguna mancha en la superficie.

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