Kafka escupe sangre
Lunes 12 de enero de 2026
A comienzos de 1917, Kafka estaba decidido a cambiar su vida y dejar el trabajo de oficinista, para casarse y escribir, pero el destino tenía otros planes. Un extracto de Kafka, de Rüdiger Safranski (Tusquets).
Por Rüdiger Safranski. Traducción de Jorge Seca.
A comienzos de marzo de 1917, Kafka se mudó a un piso de dos habitaciones en el palacio de Schönborn. Esto suena más rimbombante de lo que era en realidad. Se trataba de unas habitaciones que olian a moho, sin cocina y sin baño, pero con unas hermosas vistas a un parque. Sin embargo, durante las horas del atardecer y de la noche seguía escribiendo en la casita de Ottla en la calle Alchimisten, situada en el distrito del castillo de Praga. Cuando a comienzos de mayo de 1917 terminó allá arriba su época de escritura, dio las gracias a Ottla por esos meses que habian sido «incomparablemente mejores» que los años anteriores.
A mediados de julio de 1917, acompañó a Felice en un viaje a Budapest. Se trataba de otro intento de salvar su relación. A Ottla le escribió después que no se trató, "como es natural, de ningún viaje para alcanzar algún acuerdos". Sin embargo, seguía aferrándose a los planes que Felice y él habian acordado en Marienbad en el verano de 1916: casarse cuando acabara la guerra, presentar la dimisión de su puesto de trabajo en Praga y mudarse donde Felice a Berlín, permanecer independientes uno del otro en lo tocante a la economía; él intentaría vivir por lo menos parcialmente de la escritura, y Felice seguiría ejerciendo su profesión.
Estos planes continúan siendo para él tan vinculantes que,por precaución, consulta a su editor sobre un respaldo económico por su parte. El 27 de julio de 1917 escribe a Kurt Wolff:
Dejaré mi empleo (esa renuncia de mi puesto de trabajo es la esperanza más robusta que tengo), me casaré y me iré de Praga, tal vez a Berlín. Ciertamente, seguiré sin poder vivir solo de los beneficios de mi trabajo literario, tal como aún creo hoy en dia, pero yo, o, lo que es lo mismo, ese funcionario que está asentado en lo más profundo de mi, sentimos un miedo oprimente sobre esa época nueva; solo espero que usted, estimado señor Wolff, no me abandone del todo, siempre y cuando no lo merezca. Una palabra de usted, pronunciada ya ahora a respecto, significaria muchisimo para mi, más allá de toda la inseguridad del presente y del futuro.
Kurt Wolff contesta a vuelta de correo y se compromete «con la voluntad más sincera y de buen grado, a una ayuda económica continua» durante la posguerra.
Kafka seguia estando decidido a cambiar a fondo su vida. Aunque sus dudas en relación con Felice habian vuelto a crecer, por otro lado era capaz de mirar en retrospectiva alguna de sus buenas fases de escritura, y eso le infundia valor. La respuesta positiva de Kurt Wolff le envalentonó.
Pero entonces, a las cuatro de la madrugada del 11 de agosto de 1917 se produce el primer vómito de sangre; en la siguiente noche, la segunda. Habia habido una premonición. En su diario anotó justo antes de producirse el primer vómito de sangre: "iNo, déjame, no, déjame!", así gritaba yo sincesar a lo largo de la calle, y una y otra vez ella me agarraba, y una y otra vez me golpeaban en el pecho las manos como garras de una sirena, por un costado o por encima de los hombros.
Tras estos dos vómitos de sangre, que posteriormente fueron diagnosticados como un brote de tuberculosis, anota en el diario:
En el caso de que en un tiempo próximo yo muriera o quedara incapacitado por completo para la vida -esta posibilidad es elevada, ya que en las últimas dos noches he tosido intensamente con esputos de sangre-, debo decir que he sido yo mismo quien me he desgarrado. Cuando en otro tiempo mi padre solia decirme con amenazas bestiales pero vacías: «Te voy a desgarrar como a un pescado» y de hecho me tocó con un dedo-, ahora va a cumplirse esa amenaza suya sin que él intervenga. El mundo (F[elice] es solo su representante) y mi yo desgarran mi cuerpo en un conflicto sin solución.
Kafka estaba alarmado y, no obstante, reaccionó al mismo tiempo con un sosiego singular, casi con alivio, como si ahora todo estuviera decidido, el matrimonio, la familia, la profesión, como si todo eso se hubiera acabado ya por fin. Solo permanece su pasión verdadera y única: la escritura. Por esta razón, su primer pensamiento fue también solicitar de inmediato la jubilación. Sin embargo, como deseaban retenerlo a toda costa como empleado valioso, algo que también le halagaba, por supuesto, no insistió en ello. De entrada, tampoco se atrevió a comunicarle directamente a Felice la anulación explícita de su compromiso matrimonial no oficial del verano de 1916, pero en su interior esa separación estaba ya consumada -el vómito de sangre fue también un desencadenante-; de cara al exterior, la separación tuvo lugar en su último encuentro en Praga durante las Navidades de 1917.
Tras una discusión desesperante con Felice, Kafka estásentado el día de Navidad en el estudio de Max Brod y llora, probablemente menos por él mismo que por ella. Un año después se sintió sinceramente aliviado cuando recibiónoticias de la boda de Felice.
Kafka quería cambiar su vida. No obstante, el primer paso que da produce el efecto de una regresión. En consideración a su salud, rescindió el contrato de alquiler del húmedo piso del palacio de Schōnborn y se mudó otra vez a la casa de los padres. Al principio, solo durante algunas semanas. A mediados de septiembre de 1917, después de recibir el diagnóstico oficial de tuberculosis, solicitó un permiso de convalecencia, que también le fue concedido, y se retiró al pueblo de Zürau, situado a dos horas en tren de Praga, donde su hermana Ottla regentaba una pequeña finca agricola. En un principio, el permiso de convalecencia estaba fechado en tres meses, pero después, por solicitud suya, fue prorrogado varias veces. Kafka se reincorporó a su puesto en la aseguradora AUVA el 2 de mayo de 1918. Exceptuando alguna que otra breve interrupción, pasó todo ese tiempo en la vivienda de su hermana en Zürau.
Al comienzo de este retiro, le comentó a Max Brod en persona: «Lo que tengo que hacer, solo puedo hacerlo yo. Aclararme sobre las últimas cosas».
Tres testimonios de una precisión y concisión especiales ponen de manifiesto que Kafka entendió el brote de la enfermedad como un parentesis y con una determinación rayana en la obstinación. A Max Brod le escribe:
Veo ahora una salida nueva que hasta el momento no consideraba posible con esta integridad, una salida que yo no habría encontrado por mis propias fuerzas (en la medida en que la tuberculosis no forma parte de mis fuerzas) [...]. Consiste, consistiría en que yo reconociera (no solo en privado, no solo en un aparte, sino abiertamente, con mi propio talante) que no puedo demostrar mis capacidades en este asunto [...]. La siguiente consecuencia seria entonces que yo me mantendria cohesionado, no me perderia en detalles absurdos, mantendria la mirada libre.
Quiere dejar de quejarse de sus defectos y de justificarse; no le es posible esa vida corriente que se espera de él, no puede demostrar sus capacidades para ella. No es lo suyo. Quiere llevar una vida sin matrimonio, sin formar una familia y sin todo aquello relacionado con lo que se considera natural. Solo quiere una vida dedicada a la escritura.
El segundo testimonio de esa voluntad de volver a empezar es la entrada en su diario del 15 de septiembre de 1917, es decir, la vispera de su llegada a Zürau: Tienes la posibilidad de un recomenzar en tanto en cuanto esa posibilidad exista. No la desperdicies. Si vas a acometerla, no podrás evitar la suciedad que brota de ti, pero no te revuelques en ellas.
Pretende que la escritura lo proteja de tales autohumillaciones. Le deparará instantes de felicidad, «si soy capaz de elevar el mundo hacia lo puro, lo verdadero, lo inmutable»
El tercer testimonio de la conciencia de un recomenzar es la entrada en su diario del 10 de noviembre de 1917: «Hasta el momento no he puesto por escrito lo decisivo, continúo fluyendo en dos ramales. El trabajo que me espera es descomunal».
