Las notas sobre literatura y crítica de Marcel Proust
Jueves 29 de enero de 2026
"Los bellos libros están escritos en una especie de lengua extranjera", apuntó hace un siglo el autor de En busca del tiempo perdido. Páginas de espuma lo recupera en una edición de lujo.
Por Marcel Proust. Traducción de Mauro Armiño.
En cuanto leía a un autor, distinguía enseguida bajo las palabras el aire de la canción que en cada autor es diferente del que hay en todos los demás, y, mientras leía, sin darme cuenta, lo canturreaba, aceleraba la pronunciación de las palabras o la disminuía o la interrumpía por completo, como se hace cuando al cantar se espera a menudo mucho tiempo, según el compás de la melodía, antes de decir el final de una palabra. Era muy consciente de que, por no haber podido trabajar nunca no sabía escribir, tenía ese oído más fino y más preciso que muchos otros, lo cual me ha permitido hacer pastiches, porque en los escritores, cuando se capta la melodía, las palabras vienen muy deprisa. Pero ese don no lo he empleado, y de vez en cuando, en diferentes periodos de mi vida, ese don, como también el de descubrir un vínculo profundo entre dos ideas, dos sensaciones, lo siento siempre vivo en mí, pero no fortalecido, que pronto se habrá debilitado y muerto. Sin embargo, le resultará difícil, porque a menudo, cuando estoy más enfermo, cuando ya no tengo ideas en la cabeza ni fuerzas, ese yo que a veces reconozco percibe esos vínculos entre dos ideas, como ocurre a menudo en otoño, cuando ya no hay flores ni hojas, que sentimos en los paisajes las armonías más profundas. Y ese muchacho que juega así en mi interior sobre las ruinas no necesita ningún alimento, se nutre simplemente del placer que la visión de la idea que descubre le proporciona, él la crea, ella lo crea, él muere, pero una idea lo resucita, como esas semillas que dejan de germinar en una atmósfera demasiado seca, que están muertas. Pero un poco de humedad y de calor basta para resucitarlas.
Y pienso que el muchacho que dentro de mí se divierte con eso debe ser el mismo que tiene también el oído fino y preciso para sentir entre dos impre-siones, entre dos ideas, una armonía muy sutil que no todos perciben. Ignoro quién es ese ser. Pero si crea en cierto modo esas armonías, vive de ellas, se levanta enseguida, germina, crece con todo lo que ellas le dan de vida, y acto seguido muere, por no poder vivir más que de ellas. Pero por prolongado que sea el sueño en que después se encuentra (como ocurre con las semillas del señor Becquerel), no muere, o mejor dicho muere pero puede resucitar si se presenta otra armonía, incluso simplemente si entre dos cuadros de un mismo pintor percibe una misma sinuosidad de perfiles, una misma pieza de tela, una misma silla, mostrando entre los dos cuadros algo en común: la predilección y la esencia del espíritu del pintor. Porque muere instantáneamente en lo particular, e inmediatamente vuelve a flotar y a vivir en lo general. No vive más que de lo general, lo general lo anima y lo nutre y muere instantáneamente en lo particular. Pero el tiempo que vive, su vida no es más que un éxtasis y una felicidad. Solo él debería escribir mis libros. También serían hermosos.
Él es intermitente (…).
Lo que hay en el cuadro de un pintor no puede alimentarlo, ni tampoco en un libro de un autor, en un segundo cuadro del pintor, un segundo libro del autor. Pero si en el segundo cuadro o el segundo libro, percibe algo que no está en el segundo ni en el primero, pero que en cierto modo está entre los dos, en una especie de cuadro ideal, que ve modelarse en materia espiritual fuera del cuadro, ha recibido su alimento y vuelve a existir y a ser feliz. Porque para él, existir y ser feliz, no es más que la misma cosa. Y si entre ese cuadro ideal y ese libro ideal, cada uno de los cuales valen para hacerle feliz, encuentra un lugar aún más alto, su alegría se acrecienta todavía. Si descubre entre dos cuadros de Vermeer (…).
Qué importa que nos digan: de ese modo pierde usted su destreza. Lo que hacemos es remontar a la vida, es romper con todas nuestras fuerzas el hielo de la costumbre y del razonamiento que se forma inmediatamente sobre la realidad y hace que no la veamos nunca, es volver a encontrar el mar libre. Porque ¿nos devuelve la realidad esa coincidencia entre dos impresiones? Tal vez porque entonces resucita lo que ella omite, mientras que si razonamos, si intentamos recordar, añadimos o quitamos.
Bergson, Jacques Blanche y Rolland. Pero, pese a esto, es absurdo (Bataille) negar todo lo antiguo. Lo semejante se llama y se funde a todo. Fragmentos.
Para añadir a la última parte de mi concepción el arte.
Lo que se presenta así, oscuramente, en el fondo de la conciencia, antes de materializarse en obra, antes de hacerlo salir fuera, hay que hacerlo atravesar una región intermedia entre nuestro yo oscuro, y el exterior nuestra inteligencia, pero cómo llevarla hasta ahí, cómo captarla. Podemos permanecer horas tratando de repetirnos la impresión primera, el signo imperceptible que estaba sobre ella y que decía: profundízame sin acercarla, sin hacerla venir a uno mismo. Y sin embargo es todo el arte, es el único arte. Único mérito de ser expresado lo que ha aparecido en las profundidades y habitualmente salvo en la iluminación de un relámpago, o en tiempos excepcionalmente claros, embriagadores, esas profundidades son oscuras. Esa profundidad, esa inaccesibilidad para nosotros mismos es la única marca del valor –igual tal vez que cierta alegría. Poco importa de qué se trata. Un campanario que es inalcanzable durante días tiene más valor que una teoría completa del Mundo.
Ver en el cuaderno grueso la llegada delante del Campanil –y también Zohar.
De este modo no podemos interesarnos cuando se nos habla de un arte más humano, menos humano, eso no tiene sentido para nosotros. Un botón en un sillón de cuero, un punto en un tejido (Vermeer de Kahn), una blusa (Straus) valen tanto como un arte humano (Rolland según Placci, Bernstein, mi Renan (esto más bien a valorar intelectualmente) o ligado a las palabras, sociólogo (Barrès, Bordeaux), todo es una cuestión de distancia interior, de trayectoria, la materia es esa materia misteriosa sin cuyo alimento languidece el espíritu, eso es todo. Las ideas intelectuales, humanas, pero frívolas, pero visibles en el cielo más próximo de la inteligencia tienen menos valor, son menos reales.
Los bellos libros están escritos en una especie de lengua extranjera. Bajo cada palabra cada uno de nosotros pone su sentido o al menos su imagen, que con frecuencia es un contrasentido. Pero en los libros bellos, todos los contrasentidos que se hacen son bellos. Cuando leo el pastor de L’Ensorcelee, veo un hombre a lo Mantegna y del color de la T… de Botticelli. Quizá no sea esto en absoluto lo que ha visto Barbey. Pero hay en su descripción un conjunto de relaciones que, dado el falso punto de partida de mi contrasentido, le dan la misma progresión de belleza. «Les Sept Vieillards» de Baudelaire = La avaricia de Giotto; las serpientes que morderán mis sandalias: «Envidia» de Giotto (?) o Cristo o «¡Qué hermosas son tus sandalias, oh hija de príncipe, etcétera!».
Parece que la originalidad de un hombre genial no sea más que como una flor, una cima superpuesta al mismo yo que el de las personas de talento me-diocres de su generación; pero ese mimo yo, ese mismo talento mediocre existe en nosotros. Creemos que Musset, que Loti, que Régnier son seres aparte. Pero cuando Musset hace de prisa y corriendo crítica de arte, vemos horrorizados nacer bajo su pluma las frases más insulsas de Villemain, quedamos estupe-factos al descubrir en Régnier un Brisson; cuando Loti tiene que hacer un discurso académico o un artículo sobre la mano de obra del Estado, y cuando Musset tiene que entregar un artículo para una revista de poca importancia, al no tener tiempo de horadar su yo trivial para hacer salir el otro que vendría a superponerse, vemos que su pensamiento y su lenguaje están llenos de (…).
Los escritores que admiramos no pueden servirnos de guías, porque en nosotros poseemos, como la aguja imantada o la paloma mensajera, el sentido de nuestra orientación. Pero mientras guiados por ese instinto interior volamos hacia delante y seguimos nuestro camino, a veces, cuando lanzamos la mirada a derecha e izquierda hacia la obra nueva de Francis Jammes o de Maeterlinck, hacia una página que no conocíamos de Joubert o de Emerson, las reminiscencias anticipadas que allí encontramos de la misma idea, de la misma sensación, del mismo esfuerzo artístico que expresamos en ese momento, nos complacen como amables postes indicadores que nos muestran que no nos hemos equivocado, o, mientras descansamos un momento en un bosque, nos sentimos confirmados en nuestra ruta por el paso, muy cerca de nosotros, con vuelo rápido, de unas fraternales palomas torcaces que no nos han visto. [Postes indicadores] superfluos, si se quiere. No del todo inútiles, sin embargo. Nos muestran que lo que ha parecido precioso y verdadero a ese yo de todos modos un poco subjetivo que es nuestro yo que trabaja, también lo es, de un valor más universal, para los yo análogos, para ese yo más objetivo en todo el mundo cultivado que somos cuando leemos, lo es no solo para nuestra mónada particular sino también para nuestra mónada universal.
De manera que las variantes, las correcciones, las mejores ediciones no tienen tanta importancia. Diversas versiones del soneto de Verlaine «Tito y Berenice»,
Saint-Simon, prefacio de Sainte-Beuve
Los grandes escritores franceses no saben mucho francés: «Defaille» en Verlaine y cada vez que se cita una carta de Vigny, de Hugo, de Lamartine, Beaunier y otros están obligados a poner sic. Flau-bert y sus escrúpulos (no gramaticales en el fondo).
A propósito de lo que viene después, habrá que mostrar que, cuando soy mundano, doy demasiada importancia al peligro de la mundanidad, cuando mi memoria se debilita, demasiada importancia al acto reconstructor: las naturalezas enamoradas del ideal siempre piensan que lo más bello es lo que más difícil les resulta, lo cual por lo demás es la moral instintiva para contrarrestar nuestros vicios y nuestras debilidades.
Importante ya sea para la parte de Méséglise, o para Bergotte, o para la conclusión.
Las cosas bellas que escribimos si tenemos talento están en nosotros, borrosas, como el recuerdo de una melodía que nos encanta sin que podamos recuperar su contorno, tararearla, ni siquiera dar un esbozo cuantitativo, decir si hay pausas, series de notas rápidas. Los que son presa de ese recuerdo confuso de verdades que nunca han conocidos son hombres que están dotados. Pero si se contentan con decir que oyen una melodía deliciosa, no indican nada a los demás, no tienen talento: el talento es como una es-pecie de memoria que les permitirá terminar por acercarles esa música confusa, oírla con claridad, anotarla, reproducirla, cantarla. Llega una edad en la que el talento se debilita como la memoria, en que el músculo mental que acerca tanto los recuerdos interiores como los exteriores ya no tiene fuerza. A veces esa edad dura toda la vida, por falta de ejercicio, por una satisfacción demasiado rápida de uno mismo. Y nadie conocerá nunca, ni siquiera uno mismo, la melodía que ble y delicioso.
Acabar ahí.