Ensayos

Literatura o muerte

Denise Giovanelli

Agustina Bazterrica abre, junto a Liliana Heker, una nueva colección en Godot de libros sobre los procesos creativos detrás de la escritura. Este es el texto que inicia su ejemplar.


Por Agustina Bazterrica.



Si no escribo, me muero. Es así de simple y así de contundente. Y no estoy recurriendo a una metáfora trillada y un poco dramática. Es literal.

Necesito estar en contacto diario con la literatura. Los pocos períodos de mi vida en los que decidí alejarme de los libros, me enfermé. El deterioro físico empezaba con una leve molestia, después seguía con una sensación de estar más débil, como si el bicho del almohadón de plumas de Quiroga estuviese pegado a mi cabeza absorbiendo mi energía y, por último, terminaba con un resfrío que me dejaba de cama, por ejemplo. Conozco la diferencia con un resfrío clásico. Este no lo era. Este se gestó porque me había alejado de los libros.

Con los años entendí que la literatura es mi fuerza vital, es el torrente que necesito para seguir respirando. Es casi un reflejo automático. Para mí, leer es el equivalente a inspirar, y escribir es expirar. Es parte del mismo proceso, no hay escisión. Leer es tan importante como el acto de escribir. Leer me da la posibilidad de enriquecer el material con el que trabajo, de complejizar la palabra. Hay una imagen que me gusta mucho: la de pensar la palabra como el mármol, o la madera, o el material con el cual trabaja un escultor. La lectura le da flexibilidad al mármol para que a la hora de esculpirlo tenga la maleabilidad que necesito. Leer, además, me habilita a pensar: “Si esta autora fue por este camino, yo también lo puedo transitar”. Incluso aprendo de los libros que no me interesan o que me parece que no funcionan, porque me ayudan a tener en claro lo que no quiero hacer, lo que intuyo que no funciona para mí, por dónde no iría jamás.

La literatura, además de mantenerme viva, me hace vivir más, con mayor intensidad. Amplía mi universo mental, me multiplica los planos de esto que llamamos realidad. Voy a caer en el lugar común (perdón) de decir que los libros son portales mágicos, pero ¿no es una locura hermosa poder leer lo que pensó un señor hace doscientos años? ¿No es maravilloso poder conversar en silencio con alguien al que nunca viste, que quizá vive en la otra punta del mundo y que nunca vas a conocer? ¿No es fantástico acceder a cómo conciben la realidad distintas personas y que eso expanda tu visión de la vida? Ah, sí, definitivamente los libros son portales mágicos.


Si bien no estoy escribiendo las veinticuatro horas los siete días de la semana, sí estoy una gran cantidad de tiempo leyendo o escuchando cuentos o pódcasts sobre literatura (mientras hago tareas inevitables como limpiar mi casa), pienso en el texto que estoy escribiendo mientras lavo los platos; en definitiva, me conecto con todo aquello que enriquezca mí inconsciente, o ese espacio ignoto donde se deposita nuestro conocimiento, lo que leemos, vivimos, sentimos. Es el lugar del que habla Juan José Saer. Saer es un santo al que le rezo y lo voy a nombrar muchísimo en esta confesión o texto. En “Literatura y crisis argentina”, publicado en El concepto de ficción, Saer afirma: “Por otra parte, el escritor escribe siempre desde un lugar, y al escribir, escribe al mismo tiempo ese lugar, porque no se trata de un simple lugar que el escritor ocupa con su cuerpo, un fragmento del espacio exterior desde cuyo centro el escritor está contemplándolo, sino de un lugar que está más bien dentro del sujeto, que se ha vuelto paradigma del mundo y que impregna voluntaria o involuntariamente, con su sabor peculiar lo escrito. Ese lugar se escribe, por decir así, a través del escritor, modelando su lenguaje, sus imágenes, sus conceptos. Ese lugar no es, desde luego, el lugar en el que el escritor escribe, sino, como queda dicho más arriba, el lugar desde el que escribe, ese lugar que lo acompaña dentro de sí, donde quiera que vaya”. Saer lo llama lugar, yo lo llamo universo interno o subconsciente, pero no importa el nombre, lo que me interesa es que ahí está la clave. Porque de eso se trata, en definitiva, la literatura: de la mirada, del punto de vista, del recorte. Enriquecer la mirada, el lugar, la cosmovisión para crear una voz propia tan singular que no haya dudas de que solo esa persona lo pudo haber creado porque su manera de ver el mundo, de abordar un tema, de pensar una historia parece única, aunque sepamos que no lo es. Un ejemplo de ello, al que siempre me remito cuando tengo dudas de si escribir sobre un tema o no, porque ya fue abordado, es el de Borges y Cortázar. Los dos tuvieron accidentes graves de los cuales surgieron cuentos que hoy son clásicos. En 1938, Borges subió corriendo una escalera y se lastimó la cabeza con el batiente de una ventana abierta que estaba recién pintada. La herida se infectó y lo tuvieron que internar. Como consecuencia de esa internación, Borges escribió uno de sus cuentos más famosos: “El sur”. Años más tarde, en 1953, en París, Cortázar estaba manejando una moto y, para no matar a una anciana que se le cruzó, hizo una maniobra que lo dejó internado más de un mes con fracturas e infecciones. De esa experiencia surgió “La noche boca arriba”. Dos cuentos que dialogan, dos cuentos que surgieron de experiencias de vida similares, dos cuentos que tienen la mirada única, inconfundible, de su autor.

Eso me gustaría lograr: una voz única. A eso voy a aspirar siempre, porque todo mi trabajo apunta a que parezca que no puede existir otra manera de narrar esa ficción, aunque ese tema haya sido abordado por muchos otros autores.

Por eso, siempre es más importante el cómo voy a narrar una historia que el qué voy a narrar.

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