Ensayos

"La errancia es inherente a la tarea de escribir"

Alejandra López

Alicia Genovese regresa con ensayos a Entropía en Poesía y errancia, del que compartimos un extracto.


Por Alicia Genovese.



La errancia es inherente a la tarea de escribir, un viaje sin rumbo fijo guiado por el impulso, el deseo de la palabra y la capacidad de búsqueda. No posee la certeza de un destino; es un tránsito, un andar en procura del camino propicio que en su hacer pueda otorgar sentido. Como todo viaje, implica un alejamiento, una retirada de lo conocido y del llano aplanado en la reiteración ya sin estímulos para explorar. La capacidad de errancia no teme al extravío, a lo irresuelto, se deja llevar hacia aquello que sucede sin atarse a los caminos direccionados; es mayor la atracción por lo que pueda proporcionar la eventualidad. La errancia es desplazamiento, la felicidad del desplazamiento en una ruta; comienza en el límite que desborda lo adaptado y relativiza logros que sólo invitan al encierro, a la fórmula y la imitación, llama a traspasar una línea desértica. Es la entrada a un lugar estimulante y purificador, un desierto como el que concebía Edmond Jabès, esa nada donde las preguntas fertilizan. Decir no, no es esto, no es acá, conlleva una fuerza impulsora hacia algún sitio que se percibe debe existir, aunque no se lo conozca.

Emily Dickinson hablaba en un poema de una tarea imprecisa que consiste en hacer girar una rueda en la oscuridad sin saber cuál será la meta, pero con la confianza en el desplazamiento para hallar un sentido. La tarea no hace referencia a escribir ni especifica una búsqueda vital, aunque probablemente ambas cosas estén implicadas en esos versos. “Mi rueda está en lo oscuro/ ni un rayo puedo ver/ pero sé que en su avance goteante/ da vueltas y más vueltas”. Y luego: “Mi pie va en la corriente/ una senda inusual./ Mas toda senda tiene/ al final un sentido”.¹ Apoyada en esa rueda la poeta atraviesa un camino infrecuente, se deja llevar por una marea. Si se intentase visualizar una imagen literal podrían ubicarse las ruedas de una bicicleta por una ruta en medio de la lluvia, goteantes, o una travesía por un río en un bote a pedal, esos que luego evolucionaron en los barcos a vapor que surcaban el Mississippi con una rueda cilíndrica en la popa. El tránsito en todo caso enfrenta una zona difusa donde ella se impulsa confiada a través de la corriente. La errancia se proyecta desde este poema activando una rueda propia marca Dickinson que gira y motoriza, en un espacio silencioso, el intento por encontrar algún sentido o llegar a un claro. En un plano simbólico del poema, quien escribe es una errante, sigue su camino a oscuras por un rumbo infrecuente y se templa en ese seguimiento poco predecible hacia algún lugar. Aún hay otro elemento que aparece en este poema de Dickinson: el abandono del lugar conocido, donde están los otros con quienes se contrasta. “En sus atareadas tumbas otros/ encuentran raro empleo;// otros con nuevo y elegante andar,// cruzan la puerta majestuosamente/ arrojando detrás de sí el problema”. Unos tienen empleos como tumbas y otros con elegante andar no tienen en cuenta esa misteriosa búsqueda en la que se empeña la poeta y que la lleva a errar, la convierte en errante.


Pienso en la errancia como búsqueda del poema, de la poesía cuando casi ninguna palabra, ninguna idea produce ese chispazo interrogante para avanzar. Errar implica seguir el camino a tientas en busca de apoyos, circunstanciales qui-zá, pero que actúen como propiciadores de la escritura. Errar es atender el llamado de aquello que permanece sin reconocerse, sin que hayamos podido receptarlo, aquello que parecía no suceder, no ser visible y sin embargo nos detiene hasta transformase en una elección. Cada objeto nombrado, cada ángulo enfocado puede hacer girar una brújula. La errancia fructifica en su posibilidad de afinar la captación sensible, esa potencia receptora, que es convocada y afectada por las cosas. En la errancia se van recolectando datos que en su aparición imprevista comienzan a conectar con otro tipo de información y se convierten, con la guía emotiva que viabiliza toda escritura, en materia primordial, generadora de procesos vitales y expansivos durante la tarea de escribir. En la errancia, con la rueda que gira en lo oscuro, se comienza a vislumbrar el rumbo hacia un poema, el pasaje, la compuerta que empuja hacia su sentido. Cómo se encuentra un derrotero si no se arriesga el paso hacia aquello que el verso libera “sin quererlo”, como decía Alfonsina Storni, “todo eso mordiente, vencido, mutilado”² donde la poesía ha sabido hallar razón de ser, un claro.

La errancia es también un aprendizaje, un recorrido comparable a la improvisación para los músicos de jazz. En su proceso no reina la libertad absoluta, pero es necesario un profundo sentido de libertad, una audacia personal para abrir el campo muchas veces condicionado por el recurso o la respuesta previsible. Se necesita despejar pautas que se comprueban innecesarias y deshacer soluciones remanidas. Se requiere apego al juego, predisposición, osadía para despojarse de preceptos y soportar cierta aridez, para intimar con la emoción, incluso la más incómoda, y errar para ir arrastrando notas, fragmentos significativos. Se requiere aprender a habitar en un espacio sin señales que, sin embargo, se van perfilando. El poema va en pos de un hábitat para respirar allí dentro.


¹ La traducción entrecomillada es de Lorenzo Oliván y está tomada de La soledad sonora, Madrid, Pretextos, 2010, pág. 31. “Clearing” es la palabra en el original que aquí se traduce como sentido, aunque puede ser también un claro.

² En el famoso soneto de Alfonsina “Bien pudiera ser” se alude puntualmente a aquello encerrado en el alma de su madre, aunque más extensivamente también se refiere a los parámetros sociales que actúan como carga restrictiva sobre las mujeres especialmente: “Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,/ todo eso que se hallaba en su alma encerrado,/ pienso que sin quererlo lo he libertado yo”.

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