Diccionarios: pequeño ensayo ilustrado
Jueves 12 de febrero de 2026
Visitamos el nuevo libro de Eduardo Muslip, novedad de Objetos personales: cruza de ensayo, novela y crónica sobre la relación con los diccionarios y las enciclopedias.
Por Eduardo Muslip.
Cuando era chico, mis diccionarios y enciclopedias eran todos en español. El inglés aparecía en mi casa en libros carísimos que compraba mi hermana, que iba a un instituto de inglés. Se conseguían en una librería del centro. Libros bien encuadernados, una puerta de entrada formal y medio oficial a la otra lengua, una bienvenida cortés y no del todo cálida, como si quisieran otorgar una ciudadanía limitada en el mundo británico. Me resulta raro no recordar ningún diccionario de inglés de esa época. También fueron forrados en plástico; mi hermana les ponía un hule transparente. En la escuela primaria y secundaria estaba inglés como materia, pero aparecía sin gracia ni especificidad, yo aprendía algo como aprendía algo de contabilidad o física, una cosa volátil como conocimiento enciclopédico sin enciclopedias. Les dije a mis padres que quería estudiar inglés, supongo que sin mucho énfasis. Un deseo que se forjó dentro de mí, habrá crecido, le habrá costado aparecer y, cuando lo hizo, habrá surgido en una frase débil, nada imperativa, el estilo normal en que terminaban de emerger, cuando lo hacían, mis expresiones de deseo. Entonces fui enviado a estudiar guitarra, a una pequeña academia de barrio, de unas señoras mayores en una casa antigua. Estuve un año. No aprendí nada.
La fantasía de hablar otras lenguas continuó, continuó justamente sólo como una fantasía, y lo siguió siendo aunque más o menos desde los veinte años me anotara en cursos de inglés en distintos institutos. No me acuerdo de haber comprado libros caros; recibía fotocopias con ilustraciones que no sé cómo serían en el libro original, pero en las copias quedaban feas como manchas. Iba a las clases, escuchaba, contestaba, y después no hacía nunca las tareas, sólo fantaseaba que hablaba y entendía. Fantaseando no se aprende nada. Me anotaba en niveles de inglés, y avanzaba de nivel, dos, tres, cinco, ocho. Pero ese paso de nivel no suponía un avance real: cada vez que pretendía cambiar de instituto, me tomaban una prueba de nivel y me bajaban al tres o al dos. No conseguía ser un estudiante avanzado de inglés. Igual me seguía anotando, me salteaba algún semestre, me anotaba de nuevo, dejaba por la mitad, retomaba al siguiente, lo terminaba o no.
Mientras tanto tenía empleos administrativos y estudiaba Letras, horas sentado en oficinas o en aulas o de pie en colectivos, siempre cansado y mal dormido y mal despierto y mal alimentado entre café, alfajores, aspirinas y panchos, soñoliento escuchando compañeros de trabajo o profesores de la facultad. Lo cansado o soñoliento no me impedía responder más o menos apropiadamente a lo que se pedía de mí, y creo que en eso sigo siendo igual; tampoco tenía una conciencia sufriente: creo que me habría sorprendido si alguien me hubiera dicho qué cansado estás, qué mal comés, etcétera. Me relacionaba sobre todo con compañeras, casi todas más de lingüística que de literatura. Ellas tenían un aire más despierto, más solvente, más firme que yo; siempre tendí a hacerme amigo más de mujeres que de hombres, de mujeres más sólidas que yo, de gente más disciplinada que yo. ¿Por qué esas personas se relacionaban conmigo? Con la gente más orientada a la literatura me llevaba menos, sus especulaciones tomaban caminos inciertos, pero los sostenía una especie de convicción de que en ese camino habría revelaciones, verdades que se desplegaban o construían o revelaban en ese continuo, una convicción que tampoco se me daba bien a mí.

Después dejé los trabajos de oficina. Empecé a dar clases, en escuelas secundarias, en cursos de ingreso a la universidad, en lugares con muchos alumnos, lugares distantes, más transporte público, más cansancio, muchas compañeras de trabajo y jefas que a veces eran mis ex compañeras lingüistas de la facultad. Me pagaban por hora. Pagar por hora era como decir que sólo merecía ser pagado por ese rato preciso en el que estaba con los estudiantes; nada de lo que hiciera alguien como yo fuera de esas estrictas horas y minutos de clase merecía ser pagado. En el otro polo del universo de la vida de trabajo en la universidad, había gente que cobraba mucho más y podía aparecer muy cada tanto, o tener un año pagado con sueldo completo para hacer sus cosas. Mientras no se la veía trabajando, la gente como yo apenas estaría tirada cansada o des-cansando, soñolienta, no estudiando o seriamente pensando o especulando, sino fantaseando.
A los treinta y pico, se me juntó dinero de esos trabajos y otros ocasionales, dinero que en ese momento representaba mucho, como para viajar, y decidí ir a Inglaterra por dos meses. A estudiar inglés, pensaba. Terminé en un departamento en el que vivían españoles e italianos que también tenían la idea de estudiar inglés; yo era el único con cuarto propio, pequeño y con forma de altillo. Vivía también una chica inglesa que hablaba español. Ni los españoles ni los italianos ni yo aprendimos mucho, aunque pasaba el tiempo intentando leer libros en inglés y, sobre todo, el Diccionario Oxford para estudiantes avanzados. También compré libros de cuentos y novelas cortas. Pero lo de leer era relativo, cada página era una escala de días, me quedaba en las palabras nuevas como conocidos que hacía en un viaje y que me costaba dejar atrás. Así no vas a llegar a ninguna parte, me decía la chica inglesa cuando veía mi modo de leer. Ella trabajaba en una agencia de viajes que quedaba en un punto de Londres tan lejano como los lugares en los que yo daba clase en Buenos Aires, y compartía su cuarto con una chica española que trabajaba en Burger King.
Yo me veía entre el diccionario y los otros libros y entraba en un estado de ensoñación complacida. Una mexicana que pasó ocasionalmente por la casa les dijo a los otros que yo, con cuarto propio y llevando libros de acá para allá, me creía la divina garza. ¿Yo me creía un estudiante avanzado? Yo no era un estudiante avanzado de inglés, pero la expresión estudiante avanzado me resultaba atractiva, promisoria. Una de mis compañeras lingüistas, Laura Kornfeld, la que hace avistamiento de aves y de palabras, me había dicho que un estudiante avanzado era alguien mucho más interesante que un graduado de mediana edad. El estudiante avanzado suele ser soberbio, mira con desdén a los no tan avanzados. Además, los estudiantes avanzados imaginan que su futuro tendrá un brillo superior al de los que ya no avanzan porque supuestamente llegaron a destino pero parecen haber tomado un camino equivocado o haberse empantanado sin remedio. Yo terminé la carrera de Letras pero la terminé sin sentirme nunca un estudiante avanzado. Suelo sospechar que el que tuvo una única clase ya sabe cosas que yo, supuesto estudiante avanzado, no sé. Algunos de mis compañeros de estudios fueron claramente estudiantes avanzados, y aunque ya no lo son siguen con la misma arrogancia burlona. ¿Soy uno más de ellos? ¿Es el pantano uno de los lugares del infierno para castigar la soberbia específica de los estudiantes avanzados?
¿Estoy en el pantano de los que se dan cuenta que están allí, o en el pantano de los que se creen la divina garza? Una garza, dice el Oxford, es un ave caminadora que habita lugares con agua, comedora de peces, con patas largas, un cuello largo con forma de “S” y pico largo y puntiagudo. ¿Somos la garza y yo animales de pantano? Todo en ella es largo, estilizado, alto, blanco, espléndido. Vi garzas en medio del barro del Riachuelo, alguien me las mostró como una señal de que los bordes del Riachuelo estaban recuperándose; en otro momento alguien me dijo que las garzas estaban en los lugares más inmundos, con lo que ya no serían una señal de mejoría del Riachuelo y, además, me tiró abajo la estilizada dignidad de la garza misma.