No Ficción

Cinco días en la vida de Julio Ramón Ribeyro

Tomados del diario personal del gran escritor peruano, bajo el título La tentación del fracaso (Seix Barral).

“Uno de los más fascinantes diarios literarios del siglo pasado", dice Enrique Vila-Matas en el prólogo de La tentación del fracaso, los diarios del gran escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1928-1994). Y agrega: “Es muy probable que, entre otras cosas, La tentación cuente la historia de la transformación de un diarista (obsesionado, como tantos, por sí mismo) en un fracasista, es decir, alguien especializado en las derrotas propias, pero también en las ajenas”.

Desde finales de los años cuarenta, Ribeyro comenzó a llevar un diario personal que lo acompañó durante múltiples viajes y estancias en España, Francia, Alemania, Bélgica y Perú. Originariamente no estaba destinado a su publicación, y estaban inéditos hasta hace muy poco en nuestro país. Seix Barral acaba de publicar los diarios que abarcan el periodo 1950-1978. "El diario se convirtió para mí en una necesidad, en una compañía y en un complemento a mi actividad estrictamente literaria. Más aún, pasó a formar parte de mi actividad literaria, tejiéndose entre mi diario y mi obra de ficción una apretada trama de reflejos y reenvíos", confesó el autor de novelas como Crónica de San Gabriel o Cambio de guardia.


Lima, 30 de agosto 1958

Cuando era más joven me decía: “Antes de cumplir los 30 años debo hacer algo importante”. Mañana los cumplo y no he realizado nada que valga la pena. Otros han hecho dinero o se han casado. Yo no he hecho sino gastar el dinero y perder o renunciar a las mujeres (C. se ha casado en Estados Unidos con un médico italiano y Mimí espera en Amberes desde hace mes y medio una importantísima respuesta mía que todos los días aplazo). Todo esto es el precio de una carrera literaria, en este pobre país. ¡Si por lo menos me dieran el premio de teatro! Sería suficiente para justificar todo mi último año de vagancia, de mala noche, de enfermedad y de despilfarro. Con su importe podría también incrementar mi ya escuálido capital y tentar el regreso a Europa. Pero pasan los días y nada, nada, nada. Interrumpido mi relato “Al pie del acantilado”. La casa a punto de alquilarse y no sé dónde iré a vivir. Hay algo que cruje en medio de todo esto, algo que va a derrumbarse. Hace dos noches con Hernando Cortés en un bar sentimos pesar nuestro desánimo y nos dijimos que ya no teníamos juventud.


París, 3 de marzo 1961

La sensación de fracaso en la que permanentemente me encuentro reside en haber querido establecer un compromiso entre los “placeres de la inteligencia” y “los placeres de la vida”. He querido llevar una existencia intelectual, pero sin renunciar a las perspectivas de una vida holgada, cuando teniendo en cuenta mi escasa capacidad de acción, la obtención de uno de esos objetivos apareja el sacrificio del otro. De este modo, careciendo de fortuna y no poseyendo un gran talento, estoy condenado a ser un mediocre vividor y un escritor mediocre.


París, 1963 (sin fecha)

Al escribir trato de narrar algo de lo cual he sido testigo real o imaginario, algo que ocurrió en mi contorno o que inventé pero que me impresionó y que me parece da una versión subjetiva, tal vez parcial, pero nunca falsa, de mi realidad, realidad generalmente sombría o inaceptable, que yo trato de imponer a mis lectores, apasionadamente, para comunicarme con ellos y hacerles compartir mis predilecciones y odios.


París, 8 de mayo 1964

Desde hace dos días, desde que terminé mi novela Los geniecillos dominicales, trato de darme cuenta si he escrito una porquería o algo bueno. Para las obras ajenas mi juicio es infalible. Para las propias, torpe y brumoso. Aún no la he releído de un tirón, como si fuera un lector X, sino por partes y al azar. Hay mucho que suprimir. Párrafos cursis, fatuos o charlatanes. Incluso capítulos. Sobre todo al comienzo: debo hacer de los cuatro primeros capítulos solamente dos. Hay partes buenas, inmejorables. Pero temo haberme dispersado mucho, haber proyectado la acción en muchas direcciones. Quedan partes oscuras. No sé si la lectura lineal le conferirá la unidad que parece faltar a la lectura salteada. En resumen, no estoy muy entusiasmado. Lejana aún la obra maestra.


París, 11 de mayo 1975

Cuando no estoy frente a mi máquina de escribir me aburro, no sé qué hacer, la vida me parece desperdiciada, el tiempo insoportable. Que lo que haga tenga valor o no es secundario. Lo importante es que escribir es mi manera de ser, que nada reemplazará. Cuando imagino una vida afortunada, millonaria, veo siempre el lugar donde pueda seguir escribiendo. Si no fuera necesario comer, dormir, trabajar, no abandonaría este sitio, donde nada me incomoda, donde gozo del más completo albedrío, donde soy dueño del mundo, de mi mundo, sus fabulaciones, hazañas, torpezas, locuras, el mundo irreal de la creación, al lado del cual no hay nada comparable.

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