No Ficción

Bali, Indonesia: una crónica de Martín Rejtman 

El escritor y cineasta argentino publica Cuarto sucio, ubicación peligrosa en la chilena Ediciones UDP. Compartimos una de sus crónicas imperdibles.


Por Martín Rejtman.



Vamos con la moto y nos bajamos en el primer hotel que vemos. Nos piden demasiado por el cuarto, que es muy chico, en el viejo estilo indonesio-balinés, un poco monumental; ya me hace acordar al estilo peronista de los años 40. Recorremos tres o cuatro bahías pero no vemos ningún hotel que resulte atractivo, todos parecen sin personalidad y los pueblitos que van de una bahía negra a la siguiente también. Las bahías son negras por la arena volcánica. Hasta que aparece un cartel que dice «Restaurante Aiona Garden of Health, Hotel, vegetarian-guest house, museo de caracoles, cocina orgánica, yoga, meditación, masaje ayurvédico» y paramos ahí. Nos atiende el dueño, un hombre de unos cincuenta años, no muy alto, canoso, de barba, con un acento difícil de ubicar. Parece nervioso.

–What can I do for you? –nos pregunta como si estuviéramos invadiendo su propiedad privada.

Le digo que buscamos un cuarto.

–This is not a cheap accomodation –responde–. ¿Por cuántos días?

–Una noche.

–If you are just passing through this is not for you. We have a minimum 2 day stay.

En las paredes hay carteles con el menú vegetariano. El hombre dice que la cena hay que reservarla con anticipación y que con la entrada al museo de caracoles hay un tour guiado de 15 minutos. Gratis. Habla sin parar, no me da tiempo a decir nada.

–Si van a estar solo una noche les sugiero que vayan a Le Jardin, en la próxima bahía, sobre la colina.

–Creo que acabamos de pasarlo –le digo–. Es hacia la izquierda, ¿no?

–Dije en la próxima bahía –me responde perdiendo la paciencia–. Es obvio que es a la izquierda.

Más tarde me fijo en internet y veo en su sitio web que el hotel está bajo Swiss German management y hay una foto del imbécil con un gorrito negro sonriendo.


Seguimos con la moto por la colina hasta la siguiente bahía y llegamos a Le Jardin. La dueña es una francesa que parece sacada de Asterix, es casi igual a la mujer del jefe. Está sentada detrás de un escritorio con su laptop en actitud colonial, rodeada de sus empleadas balinesas. Le pregunto en inglés si tiene cuartos y me responde inmediatamente en francés.

–Me pareció detectar el acento –me dice–.

Es cierto que hablo inglés con un poco de acento francés, cargo con ese lastre, siempre me lo dicen.

Los bungalows son correctos. Ella los llama «bangaló».

Tienen una cama doble abajo y mosquito net y un entrepiso con otro colchón doble en el suelo. Con aire acondicionado cuesta 300 rupias, y sin aire 250. En el que nos muestra hay un aire acondicionado instalado.

–¿Podemos ver uno con ventilador solamente? –le pregunto.

–Es el mismo, si lo alquilan sin aire no les doy el control remoto.

La arena de la playa es negra, volcánica, el agua transparente, clarísima.

A la noche, cuando volvemos de cenar, dos mujeres francesas de unos cuarenta años bastante robustas, una de pelo rubio ondulado, la otra de pelo blanco corto, les enseñan francés a las dos empleadas balinesas del hotel en el

lugar del desayuno. La dueña aparece en el salón y enciende inciensos por todos lados. Se ve que se estuvo cepillando el pelo; lo tiene muy inflado.

Duermo arriba, sin mosquito net, y me despierto en medio de la noche completamente picado por los insectos. La solución es meterme bajo las sábanas, no hace tanto calor acá. Me vuelvo a despertar con los gallos y otras aves; son miles. Hago siete saludos al sol. A las ocho los gallos siguen cantando.

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