Columnas

Detrás de todo gran hombre

Una imagen que se diluye

"Tengo la impresión de que, cuando mencionamos la calle Borges, o cuando mencionamos al Centro Cultural Borges, tenemos presente a Borges, el nombre nos lo hace presente. Con Lugones, según creo, ese lazo se ha cortado, diluido fatalmente".

Por Martín Kohan.

 

Borges sigue remitiendo a Borges. El nombre Borges, quiero decir, ese fuerte sustantivo propio, sigue remitiendo al autor de Ficciones y El aleph, incluso a la persona que habitaba en la calle Paraguay, que se casó con Elsa Astete, que enseñó literatura inglesa en la universidad, que tuvo una hermana llamada Norah.

Distinto es el caso, me parece, de otros nombres que, inscriptos en tal o cual parte para designar esto o aquello, van perdiendo, con el tiempo, su poder referencial, la remisión a una persona concreta. ¿No pasa eso, por ejemplo, me pregunto, con Leopoldo Lugones? Tengo la impresión de que, cuando mencionamos la calle Borges, o cuando mencionamos al Centro Cultural Borges, tenemos presente a Borges, el nombre nos lo hace presente. Con Lugones, según creo, ese lazo se ha cortado, diluido fatalmente. ¿Pensamos acaso en él, en sus textos o en su vida, al tomar la curva del desenlace de General Paz y traspasar a la avenida que lo evoca? ¿Pensamos acaso en él cuando bajamos del ascensor en el décimo piso del Centro Cultural San Martín y pisamos ansiosos la alfombra que lleva a la sala que lo conmemora?

La avenida Lugones, la sala Lugones. Llamativamente, al mencionarlas, es el sustantivo común el que cae: decimos “la Lugones” (agarrá la Lugones, y salí en Dorrego), decimos “la Lugones” (dan un ciclo de Resnais en la Lugones). En esas fórmulas, curiosamente, se lo feminiza: decimos la Lugones como decimos la Lobato, la Alfano, la Legrand. Como si nos inclináramos (no nosotros, sino el lenguaje) por el Lugones sentimental, esa clase de sentimentalismo que la convención social remite al imaginario de lo femenino, en lugar del Lugones recio, viril, castrense, el de “La hora de la espada”, el del fascismo. Como para sugerir, de un modo por demás interesante, que a una cosa subyace la otra; que la habita y que la inquieta, que la acecha y la perturba. 

 

 

De la imagen: desde la izquierda de pie Horacio Quiroga, Samuel Glusberg, Leopoldo Lugones y Arturo Cancela; sentados: Baldomero Ferández Moreno, Alberto Gerchunoff y Roberto F. Giusti. 1928, Archivo General de la Nación. 

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