Columnas

Contraluz

En una nueva entrega, Martín Kohan lee Borges a contraluz (Emecé): "Estela Canto le asigna a Borges una 'ceguera voluntaria' en materia política", escribe.




Por Martín Kohan


 

Es en un mismo párrafo, y más aún, es en dos oraciones consecutivas, que Estela Canto define a Borges como “apolítico” y como “antiperonista”. ¿Cómo puede conciliar esos dos términos, poner uno a continuación del otro, sin contradecirse, sin desmentirse a sí misma? Uno indica prescindencia, abstención, indiferencia; y el otro supone en cambio una toma de posición bien definida. Estela Canto los yuxtapone, sin embargo, y unidos por esa yuxtaposición, se los atribuye a Jorge Luis Borges.

Estela Canto fue una férrea opositora al peronismo. No dejó de ver, ante su aparición, ciertas líneas de continuidad con el fascismo; y sumó sin vacilar su firma a algunas declaraciones colectivas de disenso con el régimen. Y aun así, o en verdad, por eso mismo, alcanzó a establecer la diferencia sustancial que había entre su postura y la de Borges: qué significaba oponerse, para ella, y qué significaba oponerse, para él.

La disidencia de Estela Canto se sustentaba en un desacuerdo ideológico de fondo. Ella veía en el peronismo (como veía en el Martín Fierro de Hernández) una rebeldía por rencor que terminaba por agotarse en sí misma, que no alcanzaba a constituir un desafío verdadero al poder al que dirigía sus protestas. El antiperonismo de Borges, en cambio, anidaba en él como un asunto personal (“Borges sentía el peronismo como un agravio

personal”, dice Canto), ahí donde lo personal no es político, ahí donde es justo lo contrario, la neutralización de lo político, un factor de despolitización. Borges no quiso entender el peronismo, y no queriendo, no lo entendió. Entenderlo se le volvía una forma de admitirlo, y no estaba dispuesto a admitirlo. Canto narra escenas concretas, caminando los dos por la calle, por Constitución, en las que Borges lisa y llanamente se niega a la evidencia de la existencia de peronistas, es decir, del peronismo. Resistencia y negación de una realidad que luego afloraba para él en los sueños (le cuenta eso a Estela Canto: la vez que soñó que se encontraba con Perón en un viaje en subterráneo). El peronismo había traído a la ciudad, a la escena, a la vista, gente que por cierto existía, para incordio de los que pretendían que no existía o que no existiera.

Estela Canto le asigna a Borges una “ceguera voluntaria” en materia política, que es la que lo lleva incluso a defender lo indefendible (los golpes y las dictaduras militares, por lo pronto). Y es que el antiperonismo no era para él, en sentido estricto, objeto de una pura discrepancia política, incluso drástica, sino más bien algo del orden de la animadversión personal: algo tan visceral, tan impulsivo, tan difícil de manejar como lo es un sentimiento muy arraigado. Un sentimiento. En este caso, el odio: “Todo era muy confuso, pero el odio era real”, escribe Canto; y más adelante, en relación con Evita: “El odio que inspiró a las mujeres de clase alta de su país fue despiadado, cruel y envidioso. Este odio, insípido, reiterativo, terco como suelen ser los poco lúcidos odios femeninos, encontraba –casi treinta y cinco años después de la muerte de Evita- eco en Borges”.

Estela Canto era una opositora política del peronismo. El antiperonismo de Borges era otra cosa, era un encono irreductible y obstinado por el que cualquier fuerza, cualquier hecho, cualquier iniciativa que sirviera para contrarrestar el peronismo (y por extensión, el comunismo), lo complacía (satisfacía su odio) y concitaba su adhesión. Cualquiera, sí: no importaba cuál. Y es en esta aversión sin matices ni condiciones, sin mayor elaboración de fundamentos, que radicaba para Estela Canto el carácter apolítico de Borges, el carácter apolítico de su antiperonismo. Para ejercerlo y para sostenerlo a lo largo de los años, no era preciso interesarse en la política (de hecho, él no se interesó), ni era preciso “meterse” en política.

En un punto literariamente muy alejado de todo esto, que es la novela No habrá más penas ni olvido, Osvaldo Soriano le hace decir a un personaje: “Pero si yo nunca me metí en política, yo siempre fui peronista”. Ocurre en ocasiones, y en verdad, muy a menudo, que el antiperonismo adopta mecanismos de las pasiones del peronismo, sólo que puestos a funcionar en reversa.

Borges a contraluz, de Estela Canto, se reeditó hace unos meses. Salió por Emecé en agosto de 2023.

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